La depresión: una epidemia global
La depresión resistente al tratamiento es un problema sanitario actual de alta relevancia.
Si bien la prevalencia de esta enfermedad varía de acuerdo con distintos criterios,
se ha especulado que hasta el 50% de los pacientes deprimidos no responden al tratamiento.
Es evidente además que, a pesar de las múltiples drogas antidepresivas desarrolladas por la industria farmacéutica,
se habría llegado a un límite en la capacidad de tratamiento de la depresión.
En busca de nuevas alternativas
Dada la necesidad de nuevas herramientas terapéuticas, en los últimos años
ha resurgido el interés por el uso de drogas psicodélicas como la psilocibina y el MDMA (3,4-metilenedioximetanfetamina, o éxtasis), en el tratamiento de la depresión resistente y también en el tratamiento del estrés postraumático.
De hecho, instituciones como el
Johns Hopkins y el Imperial College of London poseen centros dedicados específicamente al desarrollo de estos compuestos.
Si bien hay un enorme entusiasmo en relación con el uso de la psilocibina en la depresión resistente, hay algunos puntos que obligan a tener una postura cautelosa al respecto.
El
esquema terapéutico del uso de la psilocibina en pacientes con depresión resistente al tratamiento se basa en una conjunción de apoyo psicoterapéutico (previo, durante y después de la toma) y la toma de la psilocibina.
En los
protocolos de fase 2 realizados hasta este momento, se suelen utilizar una o 2 dosis de psilocibina separadas por 2 o más semanas.
Los investigadores y los defensores de esta terapia utilizan el término “microdosis”. Este es un término inadecuado ya que, no se ha determinado aún cuál sería la dosis terapéutica.
El término “microdosis” lleva al engaño, ya que lleva a la creencia de una dosis sub-terapéutica y por ende “benigna”, situación no determinada aún.
Además, quienes se dedican a la prescripción de psicofármacos conocen la enorme variabilidad de respuesta y tolerancia que existe en la población expuesta a estos compuestos.
¿En qué quedamos con el uso terapéutico de los psicodélicos?
Hasta el momento, los
resultados de los estudios de fase 2 (con números pequeños y de corta duración) no han mostrado clara eficacia en el tratamiento de la depresión resistente.
Más aún,
un estudio realizado en el Imperial College of London que comparó a la psilocibina con el escitalopram (antidepresivo inhibidor selectivo de la serotonina), no halló que la psilocibina sea más eficaz que este compuesto.
Otra situación que genera controversia en cuanto a la determinación de la eficacia de la psilocibina es que
en los estudios de desarrollo no se ha evaluado el efecto de la psicoterapia asociada.
Por otra parte, existe una limitación metodológica importante que es la imposibilidad de mantener el doble ciego en los ensayos clínicos.
Dado que
la psilocibina tiene potentes efectos psicodélicos que alteran la percepción del paciente, tanto el paciente, el facilitador de la psicoterapia como el investigador identifican rápidamente quién está expuesto al principio activo y quién al placebo o a otra droga sin efecto psicodélico.
Una situación clave en relación con la psilocibina es la creencia general de que sería un compuesto inocuo o de alta seguridad.
La medicina tiene como viejo adagio el principio de
“primero no dañar” o “primum non nocere”. Un excesivo entusiasmo es contrario a la postura neutra que debe mantener un investigador en relación con las expectativas.
Existen múltiples reportes de que los compuestos psicodélicos pueden
tener múltiples efectos adversos (algunos de ellos graves), tanto generados en el
aspecto sensoperceptivo (lo que se conoce habitualmente como “mal viaje”), como así también cuadros somáticos como el
potencialmente letal Síndrome Serotoninérgico.
La revisión plantea que la psilocibina y los psicodélicos no son nuevos en la terapéutica psiquiátrica.
Fueron utilizados durante la década del sesenta y su uso fue abandonado a principios de los setenta por falta de eficacia, porque fueron reclasificados como una droga de lista I
(droga sin uso médico actualmente aceptado y con un alto potencial de abuso) en casi todo el mundo, a excepción de los Países Bajos.
También tuvieron notoriedad pública, ya que
los crímenes que realizó la familia Manson estuvieron asociados con el uso de psicodélicos.
Un punto fundamental de esta revisión es que se debe tener
enorme cautela en relación con el regreso de los psicodélicos como parte de la farmacopea psiquiátrica.
Los autores plantean que múltiples compuestos con efectos psicotrópicos como
los opioides, la cocaína, las anfetaminas siguen un patrón específico que habitualmente finalizan con una tragedia sanitaria.
Todos estos compuestos tienen en común que cuando fueron descubiertos despertaron un enorme entusiasmo entre sus seguidores
(de hecho, Sigmund Freud fue uno de los fanáticos del uso médico y cotidiano de la cocaína).
A partir de esta desmesura en el entusiasmo y de la creencia de que se está frente a un “elixir” que puede aliviar los males de la vida cotidiana, su uso se generaliza y se termina con una
crisis sanitaria grave.
En la actualidad, particularmente en los
Estados Unidos, la crisis del uso indiscriminado de los opioides ha generado un
desastre sanitario que ha costado un número enorme de vidas. Lo mismo ha ocurrido con las anfetaminas y la cocaína.
Los autores concluyen que los registros históricos revelan que, si bien los primeros informes clínicos sobre tratamientos médicos pueden ser prometedores,
el proceso de desarrollo de fármacos tiende a ser prolongado e incompleto hasta que se completan ensayos controlados, aleatorios y ciegos, lo que justifica un enfoque cauteloso a la hora de interpretar los hallazgos positivos iniciales.
Numerosas preguntas importantes sobre el desarrollo de la psilocibina siguen sin respuesta.
Además, los antecedentes históricos del uso de psilocibina en el tratamiento de la depresión ocurridos hace más de cincuenta años obligan a la toma de una postura mesurada.
El entusiasmo excesivo por estos tratamientos plantea un riesgo conocido y observado en la historia:
exponer a los pacientes a tratamientos ineficaces e inseguros puede, potencialmente, generar una nueva crisis de salud debido al uso indebido de compuestos psicoactivos.
De manera concomitante, la perspectiva excesivamente optimista de investigadores y activistas puede promover la
automedicación en entornos no médicos y recreativos sin supervisión médica, por parte de personas altamente vulnerables.
Esta tendencia ya está surgiendo en todo el mundo, donde personas con depresión buscan
tratamiento ilícito con psilocibina sin supervisión profesional ni control de calidad de su ingesta.
Los autores finalizan comentando que debe haber un énfasis en la importancia de la evaluación crítica al explorar el uso potencial de tales tratamientos en psiquiatría.