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Virus Junín y hantavirus: similitudes y diferencias de 2 historias virales argentinas

El virus Junín y los hantavirus comparten un rasgo central: ambos son zoonosis transmitidas por roedores y capaces de producir enfermedad grave en humanos. Sin embargo, pertenecen a familias virales diferentes, afectan regiones distintas de Argentina y producen cuadros clínicos profundamente diferentes. Uno quedó asociado históricamente a la fiebre hemorrágica argentina y al desarrollo de una vacuna nacional. El otro, al síndrome cardiopulmonar por hantavirus y a algunos de los brotes respiratorios más letales registrados en Patagonia. Lo revisamos en INFOMED.

Puntos Clave

  • El virus Junín y los hantavirus son zoonosis virales transmitidas por roedores silvestres, pero pertececen a familias completamente diferentes: Arenaviridae y Hantaviridae, respectivamente.
  • La fiebre hemorrágica argentina fue reconocida inicialmente en la década de 1950 en trabajadores rurales de la región pampeana húmeda, especialmente alrededor de Junín, provincia de Buenos Aires, mientras que el síndrome cardiopulmonar por hantavirus comenzó a identificarse en América recién en la década de 1990.
  • El reservorio principal del virus Junín es el ratón Calomys musculinus (“ratón maicero”), mientras que el virus Andes Sur se asocia principalmente al ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus) en Patagonia.
  • Ambas enfermedades se transmiten principalmente por inhalación de aerosoles contaminados con saliva, orina o heces de roedores infectados, lo que convierte a galpones, depósitos, cabañas cerradas y ambientes rurales en escenarios epidemiológicos clásicos de exposición.
  • La fiebre hemorrágica argentina produce predominantemente un síndrome hemorrágico sistémico con trombocitopenia, petequias y compromiso neurológico, mientras que el hantavirus genera un cuadro dominado por aumento de permeabilidad capilar, edema pulmonar e insuficiencia respiratoria aguda grave.
  • El virus Andes constituye una excepción epidemiológica entre los hantavirus porque puede transmitirse entre personas en determinadas circunstancias, fenómeno documentado en brotes de Argentina y Chile, incluido el brote de Epuyén de 2018-2019.
  • Antes del desarrollo de terapias específicas, la mortalidad de la fiebre hemorrágica argentina podía alcanzar 15–30%. En hantavirus, distintas series continúan mostrando letalidades cercanas al 30–40%, especialmente en variantes asociadas a Patagonia. Para los hantavirus no hay tratamientos específicos.
  • La vacuna Candid #1 contra fiebre hemorrágica argentina representa uno de los hitos históricos de la biomedicina argentina y modificó de manera sustancial la incidencia de la enfermedad en áreas endémicas. En contraste, los hantavirus todavía no cuentan con una vacuna ampliamente aprobada para uso poblacional en Occidente.

Dos enfermedades argentinas con impacto histórico

Mucho antes de que el hantavirus ocupara titulares internacionales por brotes en Patagonia o por el reciente episodio del crucero MV Hondius, Argentina ya tenía una larga historia con otra zoonosis viral transmitida por roedores: la fiebre hemorrágica argentina (FHA), producida por el virus Junín (1).

La enfermedad comenzó a reconocerse a principios de la década de 1950 en trabajadores rurales de la región pampeana húmeda.

Los primeros casos aparecieron en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, especialmente alrededor de la ciudad de Junín, de donde tomó su nombre el virus (1,2).

En aquellos años, la mortalidad era extremadamente elevada.

Antes de la disponibilidad de plasma inmune y vacunación, la letalidad podía alcanzar el 15–30% (1). Los brotes afectaban principalmente a trabajadores agrícolas jóvenes, especialmente varones vinculados a cosechas y manipulación de granos.

La situación era tan importante desde el punto de vista sanitario y económico que Argentina desarrolló uno de los programas científicos más emblemáticos de su historia virológica: la vacuna Candid #1, aprobada en la década de 1990 y considerada hasta hoy uno de los grandes hitos de la medicina argentina (1,3).

Los hantavirus, en cambio, tuvieron otro recorrido histórico. Aunque existían antecedentes internacionales desde la Guerra de Corea, donde se describió la “fiebre hemorrágica coreana”, el síndrome cardiopulmonar por hantavirus de América recién fue reconocido en 1993 durante un brote en la región de Four Corners, Estados Unidos (4).

Poco tiempo después comenzaron a identificarse variantes sudamericanas, incluyendo el virus Andes en Argentina y Chile (5).

Dos familias virales completamente distintas

Aunque muchas veces se los agrupa como “virus transmitidos por roedores”, Junín y hantavirus no tienen parentesco cercano.

El virus Junín pertenece a la familia Arenaviridae, género Mammarenavirus (2). Los hantavirus pertenecen a la familia Hantaviridae, género Orthohantavirus (4,5).

La diferencia no es solamente taxonómica. Cada familia viral tiene mecanismos diferentes de replicación, interacción inmunológica y daño orgánico.

El virus Junín produce predominantemente una enfermedad hemorrágica sistémica, mientras que los hantavirus americanos producen un síndrome caracterizado por aumento masivo de permeabilidad capilar, edema pulmonar e insuficiencia respiratoria grave (4–6).

Roedores: los protagonistas silenciosos

Ambas enfermedades dependen ecológicamente de roedores silvestres, aunque de especies diferentes.

El reservorio natural del virus Junín es principalmente Calomys musculinus, conocido como “ratón maicero” (1,2). Se trata de un pequeño roedor ampliamente distribuido en áreas agrícolas de la región pampeana.

Los hantavirus argentinos utilizan distintos reservorios según la región geográfica. El más conocido es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), asociado al virus Andes Sur en la Patagonia (5).

La dinámica ecológica explica parte importante de la epidemiología: cambios climáticos, expansión agrícola, modificaciones ambientales y floraciones de ciertas especies vegetales pueden alterar la densidad poblacional de roedores y modificar el riesgo humano (5,6).

Geografía y reservorios: una diferencia clave para entender ambas enfermedades

La distribución geográfica de ambas infecciones está íntimamente ligada a la ecología de sus reservorios. En otras palabras: donde vive el roedor reservorio, existe potencial circulación viral.

En el caso de la fiebre hemorrágica argentina, el protagonista es Calomys musculinus, el “ratón maicero” (1,2). Este pequeño roedor se adapta especialmente bien a ambientes agrícolas de la región pampeana húmeda. Por eso, la FHA históricamente quedó concentrada en áreas rurales de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa, particularmente en zonas de cultivo extensivo de maíz y cereales.

Durante las décadas de mayor incidencia, la enfermedad estuvo fuertemente vinculada al trabajo rural: cosecha manual, manipulación de granos, permanencia en galpones y exposición a rastrojos o malezas donde habitaban los roedores (1).

La expansión agrícola y las modificaciones ambientales de mediados del siglo XX favorecieron el aumento del contacto entre humanos y reservorios.

Los hantavirus argentinos, en cambio, muestran una distribución mucho más amplia y heterogénea porque existen distintos reservorios según la región ecológica (4,5).

En Patagonia predomina el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), asociado al virus Andes Sur (5). Este roedor habita ambientes boscosos, ecotonos bosque-estepa, áreas de matorral y sectores periurbanos cercanos a vegetación densa.

En el norte argentino y región centro aparecen otros reservorios pertenecientes también a roedores sigmodontinos, asociados a variantes como Orán, Bermejo, Lechiguanas o Laguna Negra (5).

Esto explica por qué el mapa epidemiológico del hantavirus argentino es mucho más diverso que el de la fiebre hemorrágica argentina.

Mientras la FHA históricamente quedó concentrada en una “zona endémica” relativamente bien delimitada, los hantavirus pueden aparecer desde Patagonia hasta el norte del país, con variantes virales y reservorios diferentes según la región (4–6).

La geografía, entonces, no es un detalle secundario: forma parte central de la epidemiología de ambas enfermedades.

La transmisión: una diferencia epidemiológica crítica

Ambas enfermedades se adquieren principalmente por inhalación de aerosoles contaminados con orina, saliva o heces de roedores infectados (1,4).

Sin embargo, existe una diferencia crucial: el virus Andes tiene capacidad demostrada de transmisión persona a persona (7). Este fenómeno fue documentado en distintos brotes de Argentina y Chile y constituye una excepción entre los hantavirus conocidos.

El brote de Epuyén, Chubut, entre 2018 y 2019, fue probablemente el ejemplo más emblemático en Argentina: se confirmaron 34 casos y 11 muertes, y los análisis epidemiológicos y genómicos apoyaron claramente la transmisión interpersonal (7).

En la fiebre hemorrágica argentina, en cambio, no existe transmisión interpersonal sostenida demostrada.

La clínica: hemorragia versus insuficiencia respiratoria

Desde el punto de vista clínico, ambas enfermedades pueden comenzar de manera engañosamente inespecífica.

Tanto la FHA como el hantavirus pueden iniciar con:

  • Fiebre
  • Cefalea
  • Mialgias
  • Decaimiento
  • Síntomas gastrointestinales (1,4).

Pero luego los caminos fisiopatológicos divergen.

En la fiebre hemorrágica argentina predominan:

  • Trombocitopenia
  • Alteraciones hemorrágicas
  • Gingivorragia
  • Petequias
  • Compromiso neurológico
  • Shock hemorrágico (1,2).

En el síndrome cardiopulmonar por hantavirus predominan:

  • Aumento de permeabilidad vascular
  • Edema pulmonar no cardiogénico
  • Insuficiencia respiratoria aguda
  • Shock
  • Hipoxemia severa (4–6).

La progresión clínica puede ser extremadamente rápida. Algunos pacientes evolucionan desde síntomas inespecíficos a insuficiencia respiratoria crítica en menos de 24–48 horas (4,6).

La letalidad: 2 enfermedades potencialmente devastadoras

Antes del uso sistemático de plasma inmune, la FHA tenía mortalidades cercanas a 30% (1).

El uso precoz de plasma de convalecientes modificó radicalmente el pronóstico y redujo significativamente la mortalidad (3).

Los hantavirus americanos continúan teniendo letalidades elevadas: distintas series reportan mortalidades de 30–40%, aunque varían según la variante viral, el acceso a cuidados críticos y la rapidez diagnóstica (4–6).

La vacuna argentina: un hito poco conocido

La vacuna Candid #1 representa uno de los desarrollos biomédicos más importantes de América Latina.

Fue desarrollada a partir de trabajos iniciados en el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Dr. Julio Maiztegui”, en Pergamino (3).

Desde su implementación, la incidencia de fiebre hemorrágica argentina disminuyó de manera muy marcada en zonas endémicas.

En hantavirus, en cambio, todavía no existe una vacuna ampliamente aprobada para uso poblacional en Occidente (4–6).

Las conclusiones: ¿qué nos deja esta comparación?

Virus Junín y hantavirus forman parte de la historia sanitaria argentina, pero representan modelos muy distintos de enfermedad viral emergente.

Ambos dependen de reservorios roedores y ambos pueden producir cuadros graves y letales.

Sin embargo, difieren en familia viral, fisiopatología, geografía, manifestaciones clínicas y estrategias terapéuticas.

La historia del virus Junín muestra además cómo una enfermedad endémica devastadora pudo transformarse mediante vigilancia, investigación local, plasma inmune y vacunación.

Los hantavirus siguen representando un desafío abierto: alta letalidad, reservorios silvestres difíciles de controlar y, en el caso del virus Andes, la singular capacidad de transmisión interpersonal.

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