Toda la actualidad de la medicina en español. Escrita y revisada por médicos.

Vigorexia: cuando nunca es suficiente músculo

Entrenar, ganar masa muscular y cuidar la alimentación son conductas saludables. Pero en algunas personas la búsqueda de un cuerpo cada vez más musculoso se convierte en una preocupación dominante, acompañada de ejercicio compulsivo, dietas rígidas y, en ocasiones, uso de esteroides anabólicos. La popularmente llamada vigorexia tiene un nombre médico: dismorfia muscular. Una reciente revisión publicada en The Lancet Child & Adolescent Health actualiza lo que sabemos sobre este trastorno (1). Lo revisamos en INFOMED.

Puntos Clave

  • La popularmente llamada vigorexia tiene una denominación médica más precisa: dismorfia muscular. Es un especificador del trastorno dismórfico corporal y se caracteriza por una preocupación persistente por ser demasiado pequeño o insuficientemente musculoso, acompañada de conductas destinadas a modificar esa supuesta deficiencia.
  • Entrenar intensamente no significa tener vigorexia. El volumen de ejercicio por sí solo no establece el diagnóstico. El elemento fundamental es la preocupación corporal y el malestar o deterioro funcional asociado: dejar actividades sociales, modificar compulsivamente la alimentación o experimentar ansiedad intensa cuando no se puede entrenar.
  • La prevalencia exacta sigue siendo incierta. En un estudio reciente de 1.488 adolescentes y hombres de 15 a 35 años de Canadá y Estados Unidos, 41 presentaron dismorfia muscular probable, equivalente al 2.8 %. La cifra no debe extrapolarse automáticamente a la población general.
  • Las redes sociales aparecen asociadas al problema, pero todavía no podemos hablar de causalidad. En 1.553 adolescentes y hombres jóvenes, una mayor exposición a contenidos sobre cuerpos musculosos, suplementos y drogas para aumentar músculo se relacionó con mayor probabilidad de dismorfia muscular, incluso independientemente del tiempo total dedicado a las redes.
  • Los esteroides anabólico-androgénicos constituyen una señal de alerta clínica. Ante su utilización, no alcanza con averiguar qué sustancia consume el paciente. También conviene explorar imagen corporal, preocupación por la muscularidad, ejercicio compulsivo, alimentación y cuánto interfieren estas conductas con su vida cotidiana.
  • El diagnóstico es clínico. Cuestionarios como el MDDI pueden ayudar a identificar síntomas, pero no deben utilizarse aisladamente para etiquetar a una persona. También es necesario buscar trastornos de la conducta alimentaria, ansiedad, depresión, síntomas obsesivo-compulsivos y consumo de sustancias.
  • Existe tratamiento, pero la evidencia específica todavía es limitada. La terapia cognitivo-conductual ocupa un lugar central. Parte de las recomendaciones farmacológicas procede de la evidencia sobre trastorno dismórfico corporal, ya que todavía faltan grandes ensayos específicamente dirigidos a pacientes con dismorfia muscular.

Cuando el músculo nunca alcanza

Una persona puede tener un cuerpo claramente musculoso y, sin embargo, verse a sí misma demasiado pequeña, débil o poco desarrollada.

Ese es uno de los rasgos centrales de la dismorfia muscular, conocida popularmente como vigorexia.

No se trata simplemente de entrenar mucho, disfrutar del gimnasio o querer aumentar la masa muscular.

La diferencia fundamental está en la preocupación persistente por una supuesta falta de musculatura, las conductas repetitivas destinadas a corregirla y, especialmente, el malestar o deterioro funcional que produce (1).

Querer tener más músculos no es una enfermedad. Tampoco lo es entrenar cinco o seis veces por semana.

Actualmente, la dismorfia muscular se considera una forma del trastorno dismórfico corporal.

En el DSM-5-TR aparece como un especificador de este trastorno: la persona está preocupada por la idea de que su estructura corporal es demasiado pequeña o insuficientemente musculosa (2).

La distinción es importante.

El problema comienza cuando la preocupación por el cuerpo y el entrenamiento empieza a condicionar significativamente la vida.

Pueden aparecer entrenamiento excesivo, ansiedad cuando no se puede concurrir al gimnasio, chequeo reiterado del cuerpo frente al espejo, comparación permanente con otros, dietas extremadamente rígidas, evitación de situaciones sociales y utilización de suplementos o sustancias destinadas a aumentar la masa muscular (1).

Del miedo a tener obesidad o sobrepeso al miedo a ser pequeño

Durante décadas, buena parte de la investigación sobre imagen corporal estuvo concentrada en el deseo de adelgazar.

La dismorfia muscular obliga a mirar también otro fenómeno: el temor a no ser suficientemente grande o musculoso.

El ideal corporal masculino contemporáneo, impuesto por las creencias populares, combina 2 características difíciles de alcanzar simultáneamente: mucha masa muscular y poca grasa corporal.

La dismorfia muscular obliga a mirar también otro fenómeno: el temor a no ser suficientemente grande o musculoso.

Esta presión adquiere especial relevancia durante la adolescencia y la adultez joven, etapas en las que la imagen corporal, la comparación con los pares y la aceptación social tienen particular importancia.

La reciente revisión de The Lancet Child & Adolescent Health destaca justamente a adolescentes y adultos jóvenes como una población particularmente vulnerable (1).

Aunque históricamente se describió predominantemente en varones, no es un trastorno exclusivo de ellos.

¿Qué tan frecuente es?

Establecer la prevalencia es difícil.

Una de las razones es que muchos estudios midieron simplemente el “deseo de muscularidad” o utilizaron cuestionarios de síntomas, algo diferente de establecer un diagnóstico clínico.

Uno de los mejores estudios epidemiológicos recientes evaluó a 1.488 adolescentes y hombres de 15 a 35 años de Canadá y Estados Unidos.

De ellos, 41 cumplieron criterios de dismorfia muscular probable (2.8 %).

Es decir, aproximadamente 1 de cada 36 participantes.

Esto no significa que el 2.8 % de todos los varones jóvenes tenga vigorexia: hablamos de una muestra determinada y de dismorfia muscular probable, no de diagnósticos establecidos mediante una entrevista psiquiátrica individual.

La revisión de Lancet muestra además una considerable variabilidad entre estudios según población, instrumento y definición utilizada (1).

El gimnasio no es el problema

La actividad física, incluido el entrenamiento de fuerza, aporta múltiples beneficios para la salud.

Por eso, diagnosticar dismorfia muscular simplemente porque una persona pasa muchas horas entrenando sería un error.

Lo que debe alertar es la relación que establece con el ejercicio y con su propio cuerpo.

El gimnasio no es el problema.

Algunas personas continúan entrenando pese a lesiones o dolor, sienten intensa culpa o ansiedad si pierden una sesión y reorganizan actividades laborales, académicas, familiares o sociales para no modificar su rutina.

La alimentación puede adquirir características igualmente rígidas.

Proteínas, calorías, horarios y composición corporal dejan de ser herramientas y se transforman en reglas difíciles de transgredir.

También pueden aparecer conductas de body checking: mirarse repetidamente al espejo, pesarse, medir músculos, controlar la grasa corporal, fotografiarse o compararse permanentemente con otras personas.

Paradójicamente, el aumento objetivo de la musculatura no necesariamente corrige la percepción subjetiva.

El objetivo puede desplazarse continuamente: nunca parece alcanzarse.

Las redes sociales: cuando importa lo qué vemos

Las redes sociales agregaron una dimensión importante al problema.

Y posiblemente no importe solamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino también qué contenido consumimos.

Un estudio publicado en Body Image en 2025 analizó a 1.553 adolescentes y hombres jóvenes de Canadá y Estados Unidos.

La mayor exposición a contenidos con cuerpos musculosos, suplementos destinados a aumentar músculo y drogas utilizadas para aumentar la musculatura se asoció con mayor probabilidad de dismorfia muscular, independientemente del tiempo total utilizado en redes sociales (4).

Hay que interpretar correctamente el hallazgo: el diseño del estudio no permite demostrar que las redes sociales causen dismorfia muscular.

Los propios investigadores señalan que se necesitan estudios longitudinales que permitan establecer la dirección de la asociación.

Sin embargo, el fenómeno resulta clínicamente relevante.

La comparación corporal ya no ocurre solamente con las personas que encontramos en el gimnasio. Puede repetirse numerosas veces por día frente a cuerpos cuidadosamente seleccionados y contenidos construidos alrededor de determinados ideales de muscularidad.

El vínculo con los esteroides anabólicos

Una de las asociaciones clínicamente más preocupantes de la dismorfia muscular es el uso de esteroides anabólico-androgénicos (EAA) y otras sustancias destinadas a aumentar la masa muscular o mejorar el rendimiento (1).

La relación tiene lógica clínica.

Una persona profundamente insatisfecha con su muscularidad puede recurrir a sustancias para acercarse al cuerpo que desea.

Pero el aumento de masa muscular no necesariamente elimina la preocupación por el tamaño corporal.

El objetivo puede volver a desplazarse.

Los EAA no son suplementos nutricionales. Son derivados sintéticos de la testosterona y su utilización no médica puede producir consecuencias cardiovasculares, endocrinas, reproductivas, hepáticas y psiquiátricas.

La revisión de Lancet destaca justamente la necesidad de preguntar por sustancias para mejorar la apariencia o el rendimiento cuando se evalúa a adolescentes y adultos jóvenes con síntomas de dismorfia muscular (1).

Por eso, cuando un paciente joven refiere utilización de anabólicos, además de preguntar qué utiliza, cuánto y desde cuándo, vale la pena hacer otra pregunta:

¿Qué relación tiene esta persona con su propio cuerpo?

Puede ser necesario explorar cuánto tiempo piensa en su muscularidad, qué siente cuando no puede entrenar, si continúa ejercitándose pese a lesiones, cuánto condiciona su alimentación y si evita actividades sociales porque interfieren con su rutina.

En algunos pacientes, el anabólico puede ser apenas la parte más visible de un problema de imagen corporal mucho más complejo.

Cómo reconocerla en el consultorio

Algunas preguntas sencillas pueden abrir la puerta:

  • ¿Está conforme con su masa muscular?
  • ¿Cuánto tiempo dedica diariamente a pensar en su cuerpo?
  • ¿Qué ocurre si no puede entrenar?
  • ¿Evita reuniones, viajes o comidas porque interfieren con su dieta o ejercicio?
  • ¿Entrena aun estando lesionado?
  • ¿Utiliza suplementos, hormonas o esteroides para modificar su cuerpo?

Entre las herramientas utilizadas para evaluar síntomas se encuentra el Muscle Dysmorphic Disorder Inventory (MDDI), un cuestionario de 13 ítems que explora aspectos relacionados con el deseo de aumentar tamaño muscular, la apariencia y el deterioro funcional (1).

Puede ser útil para detectar síntomas, pero un cuestionario no reemplaza la evaluación clínica ni establece por sí solo el diagnóstico.

También deben buscarse trastornos asociados.

La dismorfia muscular puede coexistir con síntomas depresivos, ansiedad, trastornos de la conducta alimentaria, síntomas obsesivo-compulsivos y consumo de sustancias (1).

¿Tiene tratamiento?

Sí, aunque este es uno de los puntos en los que la evidencia todavía tiene importantes limitaciones.

La revisión de Lancet señala la escasez de grandes estudios clínicos específicamente diseñados para dismorfia muscular, particularmente en adolescentes (1).

Gran parte del abordaje deriva de la experiencia acumulada en el tratamiento del trastorno dismórfico corporal.

La terapia cognitivo-conductual constituye una de las principales estrategias terapéuticas.

Busca trabajar sobre las creencias acerca de la apariencia, la comparación corporal, el chequeo repetitivo y las conductas compulsivas o de evitación.

Para el trastorno dismórfico corporal también existe evidencia sobre el empleo de inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS).

Sin embargo, la evidencia farmacológica específicamente dirigida a la dismorfia muscular continúa siendo limitada (1,2).

El objetivo terapéutico no debería reducirse a conseguir que una persona deje de entrenar.

El desafío es recuperar una relación saludable con el ejercicio, la alimentación y el propio cuerpo.

Las conclusiones: ¿qué nos deja esta revisión?

La vigorexia no es simplemente “adicción al gimnasio”, vanidad ni una preocupación excesiva por la estética.

Su denominación médica, dismorfia muscular, permite comprender mejor el problema: existe una preocupación persistente por una supuesta insuficiencia de muscularidad que puede generar conductas repetitivas, malestar significativo y deterioro de la vida cotidiana.

Los datos epidemiológicos todavía son imperfectos.

Uno de los mayores estudios recientes encontró dismorfia muscular probable en el 2.8 % de 1.488 adolescentes y hombres jóvenes, pero no podemos trasladar automáticamente esa cifra a toda la población.

Las redes sociales aparecen como un nuevo escenario relevante.

La exposición a contenidos relacionados con cuerpos musculosos, suplementos y drogas para aumentar músculo se asocia con dismorfia muscular, aunque todavía no podemos establecer causalidad.

Y existe otro punto particularmente importante para los médicos: la relación con el uso de esteroides anabólico-androgénicos y otras sustancias destinadas a modificar la apariencia.

Entrenar mucho no define la enfermedad. Querer ganar músculo tampoco. El límite aparece cuando la búsqueda de muscularidad comienza a dominar la vida de una persona.

Etiquetas

disclaimer

  • No ofrecemos productos ni tratamientos.
  • Todo el contenido tiene fines informativos.
  • La información NO reemplaza la consulta médica profesional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartí esta Nota