Puntos Clave
- Más de 55 millones de personas viven actualmente con demencia en el mundo y las proyecciones estiman que podrían superar los 139 millones hacia 2050 (1).
- La prevalencia aumenta de manera exponencial con la edad y puede superar el 30% en mayores de 85–90 años (2,3).
- El envejecimiento cognitivo normal puede producir lentitud y fallas leves de evocación sin pérdida funcional significativa.
- La queja cognitiva subjetiva podría representar una etapa muy precoz de neurodegeneración en algunos pacientes.
- El deterioro cognitivo leve constituye una zona intermedia entre envejecimiento normal y demencia, con tasas anuales de progresión cercanas al 10–15% en cohortes clínicas.
- La depresión puede simular deterioro neurodegenerativo y representa uno de los principales diagnósticos diferenciales.
- El delirium debe sospecharse ante cualquier deterioro cognitivo agudo y fluctuante.
- La Enfermedad de Alzheimer sigue siendo la causa más frecuente de demencia.
- Las demencias afectan mucho más que la memoria: comprometen funcionalidad, conducta, autonomía y dinámica familiar.
Cinco pacientes, 5 historias con pronósticos distintos
Carlos tiene 71 años y consulta casi con vergüenza: no llega porque haya cometido un error grave ni porque su familia esté alarmada. Consulta porque siente que su memoria ya no responde con la misma rapidez que con la que lo hacía antes.
Cuenta que últimamente tarda más en recordar nombres de actores de películas que conocía (pese a haber visto más de 20 veces El Padrino, ya no le salen rápidamente nombres que antes recordaba sin esfuerzo), que a veces entra a una habitación y necesita algunos segundos para reconstruir qué iba a buscar, y que le cuesta recuperar ciertas palabras durante conversaciones largas.
Mientras relata eso, sin embargo, organiza desde el celular un viaje con amigos, revisa una transferencia bancaria y comenta que todavía trabaja algunas horas por semana como contador, algo que le encanta porque así siente que “sigue en carrera.”
Su esposa, sentada al lado, resume el cuadro con una frase que nos aclara mucho la situación: “se acuerda de todo. Solo tarda un poco más”.
La evaluación cognitiva es normal. Carlos probablemente represente algo extremadamente frecuente y muchas veces malinterpretado en la práctica: el envejecimiento cognitivo fisiológico.
A pocas cuadras de allí, María, de 66 años, vive otra experiencia. Ella no se ríe de sus olvidos: está angustiada, mucho más de lo que parecen justificar sus síntomas. Repite varias veces durante la consulta que su madre tuvo Enfermedad de Alzheimer y teme “estar empezando igual”.
Cuenta que relee los mensajes de WhatsApp varias veces porque siente que “no retiene”, que últimamente necesita más esfuerzo para concentrarse y que le preocupa notar una memoria “menos filosa”.
Sin embargo, mantiene intacta su vida cotidiana: maneja, organiza reuniones, viaja sola, administra dinero y conserva plena independencia funcional.
Los tests cognitivos son normales.
María probablemente encaje dentro de lo que hoy conocemos como queja cognitiva subjetiva.
Ricardo de 65 años, en cambio, llega al consultorio por insistencia de su esposa: él minimiza todo. Ella cuenta otra historia. En los últimos meses empezó a repetir preguntas durante reuniones familiares, olvidó pagar servicios varias veces y depende cada vez más de anotaciones para organizar actividades simples.
Sigue viviendo sólo, manejando y sosteniendo autonomía global, pero algo cambió.
El examen cognitivo muestra alteraciones objetivables de memoria episódica.
Ricardo probablemente esté atravesando un deterioro cognitivo leve.
Más tarde aparece Marta , de 74 años. Desde hace meses duerme mal, abandonó actividades que antes disfrutaba y pasa gran parte del día acostada.
Dice sentirse agotada, no tener ganas de nada y refiere enormes dificultades de memoria y concentración.
“No me funciona más la cabeza”, repite constantemente.
Durante la entrevista responde “no sé” ante muchas preguntas y parece mucho más angustiada por sus síntomas que verdaderamente desorganizada cognitivamente.
Marta podría estar cursando una depresión mayor con compromiso cognitivo.
Finalmente llega Ernesto, de 81 años. Hace apenas 5 años manejaba sus cuentas, viajaba sólo y cuidaba activamente a sus 3 nietos. Hoy necesita ayuda para cocinar, tomar su medicación y administrar el dinero. Ya no luce impecable como antes: aparece más desprolijo, menos organizado y claramente distinto.
Repite varias veces la misma conversación durante una tarde, se pierde caminando en lugares conocidos y recientemente confundió a una nieta con su hermana fallecida hace años.
Su familia ya no se anima a dejarlo sólo.
En Ernesto, el problema ya no es solamente cognitivo: es funcional. Y esa diferencia cambia todo, ya que podría estar cursando una demencia.
Las 5 historias hablan de memoria. Pero representan mecanismos fisiopatológicos, pronósticos y enfermedades completamente distintas.
Y justamente ahí comienza uno de los mayores desafíos diagnósticos.
El envejecimiento poblacional cambió la práctica médica
Durante gran parte del siglo XX, las enfermedades infecciosas dominaron la agenda sanitaria. Hoy el escenario es otro.
El envejecimiento poblacional transformó al deterioro cognitivo en uno de los principales desafíos clínicos y sanitarios del siglo XXI.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 55 millones de personas viven actualmente con demencia en el mundo y cada año se diagnostican cerca de 10 millones de nuevos casos (1).
Eso significa que, aproximadamente, cada 3 segundos una persona desarrolla demencia en algún lugar del planeta.
Las proyecciones son todavía más impactantes: se estima que el número total de personas afectadas podría superar los 78 millones hacia 2030 y alcanzar cerca de 139 millones hacia 2050 (1).
Buena parte de este fenómeno se explica por un hecho demográfico simple: nunca antes hubo tantas personas mayores de 65, 75 y 85 años.
Y la edad sigue siendo, por lejos, el principal factor de riesgo para desarrollar demencia:
- Después de los 65 años, la prevalencia prácticamente se duplica cada 5 años.
- Entre los 65 y 69 años, la prevalencia suele rondar el 1–3%.
- Entre los 85 y 89 años puede superar el 20–30%.
- En mayores de 90 años, algunos estudios describen prevalencias superiores al 35%.
En 2007, Plassman y colaboradores publicaron en Neuroepidemiology uno de los estudios epidemiológicos más citados sobre prevalencia de demencia en Estados Unidos. Analizaron datos del Aging, Demographics and Memory Study, derivado del Health and Retirement Study, e incluyeron miles de adultos mayores estadounidenses. Allí observaron que la prevalencia era inferior al 2% entre los 65 y 69 años, pero superaba el 37% en mayores de 90 años (2).
Hallazgos similares aparecieron en 2013 en un metaanálisis internacional publicado en Alzheimer’s & Dementia, donde Prince y colaboradores integraron datos provenientes de múltiples regiones del mundo y confirmaron un crecimiento exponencial de la prevalencia asociado al envejecimiento poblacional (3).
Eso significa que prácticamente todos los médicos que atienden a adultos mayores verá deterioro cognitivo de manera habitual.
Pero además existe otro fenómeno relevante: las personas no solo viven más, sino que viven más tiempo con enfermedades neurodegenerativas.
Eso implica más pacientes dependientes, institucionalizados, con síntomas conductuales, necesidad de cuidadores y enorme impacto familiar.
La OMS estima que el costo económico global asociado a las demencias supera actualmente los 1.3 billones de dólares anuales (1).
Las demencias modifican dinámicas familiares completas: obligan a los hijos a transformarse en cuidadores o a gastar en contratar a personas o instituciones que se ocupen del cuidado, alteran vínculos de pareja y generan una enorme carga emocional y física sobre las familias.
La memoria envejece (incluso con un cerebro sano)
Uno de los errores más frecuentes es asumir que cualquier olvido representa necesariamente una enfermedad.
El cerebro envejece incluso en ausencia de neurodegeneración.
Con los años, la evocación espontánea puede hacerse más lenta, aprender información nueva puede requerir mayor esfuerzo y la multitarea se vuelve menos eficiente.
Muchas personas mayores tardan más en recuperar nombres propios o necesitan más tiempo para organizar respuestas complejas: eso no significa necesariamente enfermedad.
La diferencia fundamental es otra: el envejecimiento normal no destruye la autonomía funcional del individuo.
Carlos tarda más en recordar algunas cosas, pero continúa organizando viajes, utilizando tecnología, administrando dinero y sosteniendo independencia plena.
En 2021, Tucker-Drob publicó en The Lancet Healthy Longevity una revisión sobre envejecimiento cognitivo donde integró múltiples cohortes longitudinales y mostró que incluso adultos mayores cognitivamente sanos presentan disminución progresiva de velocidad de procesamiento y evocación verbal. Sin embargo, remarcó que el envejecimiento fisiológico y la neurodegeneración no son equivalentes: muchas personas mantienen autonomía funcional durante décadas pese a presentar lentitud cognitiva leve (4).
Ese concepto resulta fundamental para evitar sobremedicalizar el envejecimiento.
Porque el adulto mayor sano puede tardar más en recuperar una información, pero finalmente la recupera.
La persona con una enfermedad neurodegenerativa, en cambio, muchas veces pierde directamente la información.
Entendiendo los dominios cognitivos
Uno de los grandes problemas de la práctica médica es que muchas veces se utiliza la palabra “memoria” para describir cualquier alteración cognitiva. Sin embargo, el cerebro no funciona como una única capacidad global.
La cognición está formada por distintos dominios cognitivos, de 6 a 8 según la fuente. Diferentes enfermedades dañan distintas redes cerebrales.
Ese concepto cambia la semiología, ya que no todos los pacientes debutan olvidando nombres: algunos comienzan con problemas de organización, otros con alteraciones del lenguaje, otros con cambios conductuales y otros con dificultades visuoespaciales.
Por eso, frente a un paciente con deterioro cognitivo, el interrogante central pasa a ser otro: ¿qué función cerebral está fallando realmente?
1. Memoria.
La memoria episódica es la capacidad de recordar hechos recientes y fijar información nueva. Es el dominio que clásicamente se altera de manera precoz en la Enfermedad de Alzheimer.
El paciente no solamente “olvida”, sino que pierde capacidad para almacenar recuerdos recientes. Por eso aparecen escenas tan características como repetir varias veces la misma pregunta, olvidar conversaciones recientes o no recordar qué comió horas antes.
La familia suele decir: “si se lo contás, a los 10 minutos ya no se acuerda”.
Eso es muy diferente del envejecimiento cognitivo fisiológico, donde la información generalmente está almacenada, aunque el acceso sea más lento.
Existen además otras formas de memoria:
- La memoria semántica almacena conocimientos generales y significados.
- La memoria procedural permite ejecutar tareas automáticas aprendidas, como usar cubiertos, andar en bicicleta o cepillarse los dientes.
En 2021, Knopman y colaboradores publicaron en Nature Reviews Disease Primers una revisión integral sobre Alzheimer donde resumieron evidencia neuropatológica y biomarcadores provenientes de múltiples cohortes internacionales. Allí mostraron que los cambios biológicos relacionados con la proteína beta-amiloide y la proteína tau pueden comenzar entre 15 y 20 años antes de la aparición de síntomas clínicos evidentes (13).
2. Atención.
La atención probablemente represente uno de los dominios más subestimados de la semiología cognitiva.
Un paciente puede parecer “desmemoriado” cuando en realidad nunca logró prestar suficiente atención para registrar información.
Eso ocurre especialmente en el delirium, donde el paciente se distrae fácilmente, pierde el hilo de la conversación y no logra sostener tareas simples.
En 2014, Sharon Inouye y colaboradores publicaron en The Lancet una revisión ampliamente citada donde describieron que el delirium afecta aproximadamente al 20–30% de los adultos mayores hospitalizados y se asocia con aumento significativo de mortalidad, institucionalización y deterioro cognitivo posterior (12).
3. Funciones ejecutivas.
Las funciones ejecutivas probablemente representen el dominio más relacionado con la autonomía real.
Incluyen la planificación, la organización, la toma de decisiones, la resolución de problemas, la flexibilidad cognitiva y la inhibición conductual. Manejar dinero, armar un viaje o elegir una ruta en lugar de otra por un corte son ejemplos de esto.
Muchos pacientes recuerdan relativamente bien las conversaciones recientes, pero ya no logran administrar el dinero, organizar las compras o manejar la medicación.
La familia suele describirlo con una frase muy gráfica: “ya no puede organizarse”.
Ese patrón puede orientar hacia distintas enfermedades que cursan con deterioro cognitivo:
- Demencia vascular.
- Deterioro frontal-subcortical.
- Enfermedad de Parkinson.
En 2014, Rock y colaboradores publicaron en Psychological Medicine un metaanálisis que integró múltiples estudios neuropsicológicos realizados en pacientes con depresión mayor. Encontraron alteraciones significativas en funciones ejecutivas, atención sostenida y velocidad de procesamiento, mostrando cómo cuadros psiquiátricos pueden imitar deterioro neurodegenerativo (10).
4. Lenguaje.
El lenguaje también puede alterarse precozmente.
Algunos pacientes presentan dificultad para encontrar palabras: saben qué quieren decir, pero el término no aparece (“no encuentran la palabra”).
Otros reemplazan palabras específicas por expresiones vagas o utilizan términos incorrectos.
La familia comienza a notar conversaciones más pobres, pausas frecuentes o dificultades crecientes para seguir relatos complejos.
En algunas variantes de degeneración frontotemporal, los trastornos del lenguaje predominan incluso antes de que aparezca compromiso mnésico importante.
5. Habilidades visuoespaciales y visuoconstructivas.
Las habilidades visuoespaciales permiten orientarse, interpretar relaciones espaciales y comprender la posición de objetos en el entorno.
Las funciones visuoconstructivas permiten copiar dibujos, ensamblar objetos o realizar tareas espaciales complejas.
Cuando estos dominios se alteran, el paciente puede perderse manejando, confundirse en trayectos habituales o calcular mal distancias.
Algunas familias describen algo muy llamativo: “dejó de saber orientarse”.
Este patrón puede observarse en Demencia con cuerpos de Lewy y en variantes posteriores de Alzheimer.
6. Praxis.
La praxis es la capacidad para ejecutar actos motores aprendidos pese a conservar fuerza, sensibilidad y coordinación.
Cuando se altera aparece la apraxia.
El paciente puede no saber usar cubiertos, vestirse correctamente o manipular herramientas conocidas pese a comprender la orden y conservar movilidad adecuada.
En fases moderadas y avanzadas de Alzheimer, las alteraciones práxicas contribuyen significativamente a la pérdida de autonomía funcional.
7. Gnosias.
Las gnosias corresponden a la capacidad de reconocer estímulos previamente conocidos.
Cuando se alteran aparece la agnosia.
El paciente puede no reconocer caras familiares, objetos cotidianos o interpretar incorrectamente estímulos visuales pese a tener visión conservada.
8. Cognición social y conducta.
La cognición social incluye la capacidad para interpretar emociones, comprender normas sociales y modular adecuadamente la conducta interpersonal.
En algunas demencias frontotemporales el primer síntoma no es la memoria, sino el comportamiento.
Personas previamente correctas comienzan con desinhibición, impulsividad, apatía, pérdida de empatía o conductas socialmente inapropiadas.
La familia muchas veces consulta diciendo: “ya no es la misma persona”.
En 2024, Livingston y colaboradores publicaron en The Lancet el informe actualizado de la Comisión sobre prevención, intervención y cuidado de las demencias. Allí integraron evidencia proveniente de múltiples cohortes internacionales y remarcaron la importancia de reconocer precozmente síntomas conductuales y cognitivos para intervenir antes de la pérdida funcional avanzada (11).
Y justamente ahí aparece una de las claves más importantes de toda la neurología cognitiva: escuchar cuidadosamente qué dejó de poder hacer el paciente suele orientar mucho más que cualquier test aislado.
La queja cognitiva subjetiva: cuando el paciente detecta los cambios antes que el médico
Durante muchos años, pacientes como María fueron considerados simplemente “ansiosos”.
Hoy la evidencia muestra un panorama mucho más complejo.
La llamada queja cognitiva subjetiva describe pacientes que perciben deterioro cognitivo pese a presentar pruebas neuropsicológicas normales (5).
Y lo interesante es que, en algunos casos, podrían estar detectando cambios cerebrales muy precoces.
En 2019, Slot y colaboradores publicaron en Alzheimer’s & Dementia un estudio multicéntrico longitudinal que incluyó cientos de pacientes provenientes de clínicas de memoria de distintos países. Observaron que quienes mantenían preocupación persistente por su memoria presentaban mayor riesgo futuro de desarrollar deterioro cognitivo objetivo y Enfermedad de Alzheimer durante el seguimiento (6).
Otros trabajos profundizaron todavía más esa hipótesis. En 2016, Buckley y colaboradores evaluaron individuos cognitivamente normales mediante PET amiloide y observaron que algunos pacientes con preocupación subjetiva persistente presentaban mayor carga cerebral de beta-amiloide incluso antes de desarrollar alteraciones detectables en pruebas cognitivas tradicionales (7).
Eso no significa que toda persona preocupada por su memoria desarrollará Alzheimer.
Ansiedad, depresión, insomnio, estrés crónico, sedentarismo y múltiples condiciones psiquiátricas pueden producir síntomas similares.
Pero sí obliga a abandonar una idea simplista: el cerebro puede comenzar a enfermarse mucho antes de que los tests clásicos logren detectarlo.
Deterioro cognitivo leve: el territorio gris entre normalidad y demencia
Ricardo representa probablemente una de las zonas más complejas y relevantes de toda la neurología cognitiva.
El deterioro cognitivo leve ocupa un espacio intermedio entre envejecimiento normal y demencia.
El paciente ya no está completamente normal. Pero todavía conserva buena parte de su autonomía.
Existen alteraciones cognitivas objetivables, aunque la funcionalidad global permanece relativamente preservada (8).
En la práctica, esta etapa suele manifestarse con síntomas aparentemente pequeños: preguntas repetidas, olvidos poco habituales, errores financieros, dificultades organizativas o dependencia creciente de agendas y recordatorios.
Muchas veces son los familiares quienes primero lo notan.
En 2009, Mitchell y Shiri-Feshki publicaron en Acta Psychiatrica Scandinavica un metaanálisis que integró decenas de cohortes internacionales de deterioro cognitivo leve.
Observaron que las tasas anuales de progresión hacia demencia rondaban el 10–15% en poblaciones clínicas especializadas, claramente superiores a las observadas en adultos mayores cognitivamente normales (9).
Sin embargo, la evolución no es uniforme: algunos pacientes progresan rápidamente, otros permanecen estables durante años y un subgrupo incluso mejora parcialmente, especialmente cuando existen factores depresivos, metabólicos o vasculares tratables.
El subtipo amnésico posee especial relevancia porque se asocia con mayor riesgo de progresión hacia la Enfermedad de Alzheimer.
La depresión: una de las grandes imitadoras de la clínica médica
Pocas enfermedades imitan tan bien a las demencias como la depresión.
Marta no solamente se siente triste. Su cerebro literalmente funciona peor.
La depresión altera atención, velocidad de procesamiento, memoria de trabajo, motivación y capacidad ejecutiva.
El resultado puede parecer una enfermedad neurodegenerativa. Entre los adultos mayores con depresión, aproximadamente 25% presentan algún grado de compromiso cognitivo clínicamente significativo.
En 2014, Rock y colaboradores publicaron en Psychological Medicine un metaanálisis que revisó múltiples estudios neuropsicológicos realizados en pacientes con depresión mayor y encontró alteraciones significativas en atención sostenida, velocidad de procesamiento y funciones ejecutivas (10).
Clínicamente, el paciente depresivo suele mostrarse profundamente preocupado por sus síntomas: remarca errores, responde rápidamente “no sé” y muchas veces abandona el esfuerzo durante las evaluaciones.
El paciente con Alzheimer temprano, en cambio, frecuentemente minimiza síntomas o presenta cierto grado de anosognosia.
Pero la frontera nunca es absoluta: la depresión puede simular una demencia, coexistir con ella e incluso aumentar el riesgo futuro de deterioro cognitivo.
En 2024, Livingston y colaboradores identificaron a la depresión como uno de los factores potencialmente modificables asociados a mayor riesgo futuro de demencia en el informe actualizado de la Comisión Lancet sobre prevención de demencia (11).
Delirium: el diagnóstico que nunca debe escaparse
Si existe un deterioro cognitivo potencialmente peligroso de interpretar mal es el delirium.
A diferencia de las demencias, el delirium aparece rápido, en horas o días.
El paciente fluctúa, se desorienta, presenta alteración atencional y puede alternar períodos de lucidez con gran confusión.
En 2014, Sharon Inouye y colaboradores describieron en The Lancet que el delirium afecta aproximadamente al 20–30% de los adultos mayores hospitalizados y se asocia con mayor mortalidad, institucionalización y deterioro cognitivo posterior (12).
El delirium no es solamente “confusión pasajera”: es un marcador de fragilidad cerebral y muchas veces la primera manifestación de enfermedades médicas graves.
Una frase clásica sigue plenamente vigente: “todo deterioro cognitivo agudo en un adulto mayor debe considerarse delirium hasta demostrar lo contrario”.
La enfermedad de Alzheimer: mucho más que un pérdida de memoria
La Enfermedad de Alzheimer representa aproximadamente el 60–70% de todas las demencias a nivel global (1).
Pero definirla solamente como “problemas de memoria” sería profundamente incompleto.
La enfermedad produce destrucción progresiva de redes neuronales, especialmente en regiones temporales mediales y el hipocampo.
Por eso los primeros síntomas suelen involucrar memoria episódica: repetir preguntas, olvidar conversaciones recientes, perder objetos o desorientarse temporalmente.
Con el tiempo aparecen trastornos del lenguaje, desorientación espacial, alteraciones conductuales y dependencia funcional creciente.
Neuropatológicamente, la enfermedad se caracteriza por acumulación extracelular de beta-amiloide y depósito intracelular de proteína tau hiperfosforilada (13).
En 2021, Knopman y colaboradores resumieron en Nature Reviews Disease Primers el modelo biológico moderno del Alzheimer y mostraron cómo los cambios neuropatológicos pueden comenzar entre 15 y 20 años antes de la aparición de síntomas clínicos evidentes (13).
Eso cambió profundamente la comprensión moderna de la enfermedad: cuando un paciente como Ernesto llega con pérdida funcional clara, probablemente la biología del Alzheimer lleve muchos años avanzando silenciosamente.
Retornando a los 5 pacientes iniciales: ¿qué puede pasar con ellos?
Carlos probablemente seguirá envejeciendo normalmente. La evidencia muestra que muchos adultos mayores cognitivamente sanos presentan lentitud de evocación o fallas leves de memoria sin progresar jamás hacia demencia (4).
María representa un escenario más incierto. Muchos pacientes con queja cognitiva subjetiva nunca desarrollarán deterioro objetivo. Pero algunos sí, especialmente cuando existe preocupación persistente, antecedentes familiares o síntomas progresivos (6,7).
Ricardo pertenece a un grupo de mayor riesgo. En cohortes longitudinales de deterioro cognitivo leve amnésico, aproximadamente 10–15% de los pacientes progresan a demencia cada año (9).
Marta probablemente mejore si el componente depresivo explica la mayor parte del cuadro. El tratamiento adecuado de la depresión puede producir recuperación significativa de funciones cognitivas, especialmente atención y memoria de trabajo (10).
Ernesto, en cambio, probablemente curse una enfermedad neurodegenerativa progresiva.
Y justamente ahí aparece uno de los aspectos más importantes de toda esta discusión: las demencias no afectan solamente la memoria.
Afectan autonomía. Afectan identidad. Afectan vínculos. Y modifican profundamente la vida de familias enteras.
Las conclusiones: ¿qué deberíamos llevarnos?
La consulta por memoria no admite respuestas automáticas.
La misma frase “me olvido de las cosas” puede expresar envejecimiento normal, ansiedad, depresión, deterioro cognitivo leve, delirium o una demencia establecida.
El dato clínico que verdaderamente ordena la evaluación no es solamente el olvido, sino la funcionalidad: qué cambió en la vida cotidiana, qué dejó de hacer el paciente, qué nota la familia y qué tan rápido progresó el cuadro.
En tiempos de biomarcadores, PET amiloide y nuevas terapias, la clínica sigue siendo el primer instrumento diagnóstico.
Y probablemente la competencia más importante en la práctica no sea memorizar proteínas ni clasificaciones neuropatológicas complejas, sino aprender a reconocer patrones, detectar banderas rojas y entender cuándo un olvido forma parte del envejecimiento y cuándo expresa una enfermedad cerebral progresiva.
Porque las demencias no afectan solamente la memoria: afectan la autonomía, la identidad, la seguridad, los vínculos, la economía familiar y la calidad de vida.
Y el diagnóstico adecuado puede modificar significativamente cada uno de esos aspectos.
Referencias
- https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/dementia
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/17975326/
- https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1552526012025319
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/34046638/
- https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1552526014000028
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30555032/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/26852195/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/27042901/
- https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1600-0447.2008.01326.x
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24168753/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/39096926/
- https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(13)60688-1/abstract
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/33986301/









