Puntos Clave
- Un estudio publicado en 2015 en American Journal of Infection Control mostró que estudiantes de medicina se tocaban la cara un promedio de 23 veces por hora. La revista está especializada en epidemiología hospitalaria y control de infecciones, y se encuentra indexada en PubMed y otras grandes bases biomédicas internacionales.
- Los investigadores registraron 2.346 contactos mano-cara. El 44 % involucró mucosas como nariz, boca u ojos, es decir, superficies especialmente relevantes para la entrada de microorganismos al organismo.
- La nariz fue una de las regiones más frecuentemente tocadas. Esto tiene importancia epidemiológica porque Staphylococcus aureus coloniza la mucosa nasal en aproximadamente 20 a 30 % de las personas y puede persistir largos períodos sobre superficies ambientales.
- El contacto repetido entre manos y mucosas podría favorecer fenómenos de autoinoculación y transmisión cruzada de microorganismos desde superficies contaminadas hacia el propio huésped o hacia otras personas.
- Uno de los hallazgos más importantes fue conductual: incluso estudiantes entrenados en higiene de manos parecían no advertir la frecuencia con la que se tocaban la cara. Gran parte de estos movimientos ocurren de manera automática e inconsciente.
- Aunque el trabajo se centró especialmente en Staphylococcus aureus, el mecanismo probablemente sea extrapolable a múltiples infecciones respiratorias y virales. Durante la pandemia de COVID-19, este estudio volvió a ser ampliamente citado.
- Las manos continúan siendo uno de los principales vectores de transmisión de microorganismos, especialmente en ámbitos sanitarios. Por eso, medidas simples como lavado de manos, alcohol en gel y limpieza de superficies siguen teniendo un impacto muy importante en prevención de infecciones.
- Más de 10 años después de su publicación, el estudio sigue siendo relevante porque cuantificó objetivamente un hábito cotidiano que la mayoría de las personas subestima y que podría desempeñar un papel importante en la dinámica de transmisión de microorganismos.
Un gesto automático que casi nunca percibimos
La mayoría de las personas cree que tocarse la cara es un acto ocasional. Sin embargo, la observación directa muestra algo muy distinto.
Rascarse la nariz, apoyar la mano sobre el mentón, tocarse los labios, frotarse los ojos o acomodarse la cara mientras se piensa son conductas extraordinariamente frecuentes y, sobre todo, automáticas.
El problema es que las manos funcionan como una interfaz permanente entre el ambiente y las mucosas.
Tocamos superficies, dispositivos, picaportes, barandas, escritorios, teléfonos, teclados, estetoscopios y otras personas durante todo el día. Después, muchas veces sin advertirlo, llevamos esas manos hacia nariz, boca u ojos.
Desde hace años, los especialistas en control de infecciones consideran que este mecanismo podría actuar como una vía relevante de autoinoculación.
El estudio que le puso números a un hábito: ¿cuántas veces por hora nos tocamos la cara?
En 2015, investigadores de la University of New South Wales, en Australia, publicaron un trabajo que años más tarde se volvería ampliamente citado durante la pandemia de COVID-19 (1).
El estudio apareció en American Journal of Infection Control, una revista científica revisada por pares dedicada a epidemiología hospitalaria, prevención y control de infecciones (2-4). Hasta el momento fue citado 577 veces.

El objetivo era relativamente simple: medir con precisión la frecuencia del contacto mano-cara.
Para eso, observaron mediante grabaciones en video a 26 estudiantes de medicina durante actividades académicas habituales. Los participantes ya habían recibido formación formal en control de infecciones e higiene de manos, algo particularmente interesante porque teóricamente constituían una población más consciente que la población general respecto del riesgo infeccioso.
Los resultados fueron llamativos: en promedio, cada estudiante se tocó la cara 23 veces por hora (1).
En total, los investigadores registraron 2.346 contactos mano-cara.
Lo más relevante fue que el 44 % de los contactos involucró mucosas, y el 56 % restante ocurrió sobre zonas no mucosas de la cara (1).
Entre los contactos con mucosas:
- el 36 % correspondió a la boca;
- el 31 % a la nariz;
- el 27 % a los ojos;
- el 6 % involucró combinaciones de estas regiones (1).
Casi la mitad de los contactos potencialmente facilitaban el pasaje de microorganismos desde las manos hacia superficies biológicamente vulnerables.
¿Por qué importa tanto la nariz?
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo fue la discusión sobre Staphylococcus aureus.
Este microorganismo coloniza habitualmente la mucosa nasal de aproximadamente 20 a 30 % de las personas en la comunidad y también es frecuente en ámbitos sanitarios (1).
El análisis plantea que tocarse repetidamente la nariz podría facilitar la autoinoculación, la recolonización y potencialmente la transmisión cruzada de bacterias desde superficies contaminadas hacia el propio huésped o hacia otras personas (1).
Además, S. aureus tiene una característica epidemiológicamente importante: puede sobrevivir largos períodos sobre superficies ambientales. En efecto, el microorganismo puede persistir durante meses e incluso años en determinadas condiciones ambientales, especialmente en polvo hospitalario o superficies secas (1).
Una mano contaminada podría transformarse en un puente entre el ambiente, las mucosas y posteriormente otros pacientes, dispositivos o superficies.
Más allá de Staphylococcus aureus
Aunque el trabajo menciona especialmente a S. aureus, el concepto probablemente sea extrapolable a múltiples infecciones respiratorias.
La autoinoculación ocurre cuando una persona transporta microorganismos desde una superficie contaminada hacia otra región susceptible de su propio cuerpo.
En el caso de las infecciones respiratorias, nariz, boca y conjuntivas representan puertas de entrada especialmente relevantes.
Las manos contaminadas probablemente participan en la transmisión de distintos patógenos respiratorios (1). Ejemplo de esto son los rinovirus, el principal agente causal del resfrío común, y los coronavirus.
Durante la pandemia de COVID-19, este trabajo volvió a circular ampliamente porque ayudaba a explicar por qué evitar tocarse la cara resultaba mucho más difícil de lo que parecía.
El problema no es solo tocarse la cara: es no advertirlo
Uno de los mensajes más interesantes de este estudio es conductual: los participantes no parecían conscientes de la frecuencia con la que se tocaban la cara. Y probablemente eso sea extrapolable a la mayoría de las personas.
Este punto es importante porque muchas estrategias de prevención fracasan no por falta de información, sino porque determinados hábitos automáticos son extremadamente difíciles de modificar.
De hecho, los investigadores plantearon que aumentar la conciencia sobre el comportamiento habitual de tocarse la cara podría ayudar a mejorar la adherencia a la higiene de manos (1).
Entender cuántas veces una persona lleva potencialmente microorganismos hacia sus propias mucosas puede modificar la percepción de riesgo y favorecer mejores prácticas preventivas.
Higiene de manos: una medida simple que sigue siendo central
Aunque el estudio no demuestra directamente transmisión de infecciones, sí aporta una pieza importante dentro del modelo epidemiológico de autoinoculación.
Las manos siguen siendo uno de los principales vectores de transmisión de microorganismos en la comunidad y especialmente en ámbitos sanitarios.
Por eso, medidas relativamente simples continúan teniendo un impacto desproporcionadamente alto. Ejemplos de esto son:
- lavado frecuente de manos.
- uso adecuado de alcohol en gel.
- higiene antes y después del contacto con pacientes.
- limpieza de dispositivos y superficies.
- reducción del contacto innecesario con mucosas.
Hay un aspecto particularmente interesante en medicina: los estetoscopios y otros instrumentos clínicos podrían contaminarse tanto desde pacientes hacia el médico como en sentido inverso.
Esto incluye contaminación desde manos que previamente tocaron nariz o boca (1).
Las conclusiones: ¿qué nos deja este estudio?
El trabajo australiano no demuestra por sí mismo cuántas infecciones se producen exactamente por tocarse la cara. Sin embargo, aporta algo igualmente importante: evidencia objetiva sobre la frecuencia extraordinariamente alta de este comportamiento y sobre el contacto repetido con mucosas potencialmente vulnerables.
Más de una década después de su publicación, el estudio sigue siendo relevante porque ayuda a entender un aspecto muchas veces subestimado de la transmisión infecciosa: gran parte del contacto mano-mucosa ocurre de manera automática, inconsciente y repetitiva.
En un contexto donde las infecciones respiratorias, la resistencia antimicrobiana y el control de infecciones continúan siendo problemas centrales de salud pública, la higiene de manos mantiene un lugar sorprendentemente vigente.
No sólo como una recomendación histórica, sino como una intervención simple, barata y todavía extremadamente eficaz para reducir la transmisión de microorganismos.









