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Terremotos: lo que todo médico debería saber (parte 1/2)

Los terremotos representan una de las pocas emergencias capaces de producir, en cuestión de segundos, decenas de miles de heridos y miles de muertes. Sin embargo, la historia médica de un terremoto no termina cuando deja de temblar la tierra. Comienza allí. Fracturas, traumatismos craneales, lesiones por aplastamiento, insuficiencia renal aguda, interrupción de tratamientos crónicos y secuelas psicológicas forman parte de una secuencia clínica que se repite una y otra vez en cada gran desastre sísmico. Los recientes terremotos ocurridos en Venezuela vuelven a poner estas lecciones en primer plano. Lo revisamos en INFOMED.

Puntos Clave

  • Entre 1998 y 2017 los terremotos fueron responsables de aproximadamente 747.000 muertes en todo el mundo.
  • Más de 125 millones de personas resultaron afectadas por terremotos durante ese período.
  • Los terremotos concentran más de la mitad de las muertes relacionadas con desastres naturales.
  • Entre el 70 y el 90% de las muertes ocurren durante las primeras horas posteriores al colapso estructural.
  • La calidad de las construcciones tiene un impacto decisivo sobre la mortalidad poblacional.
  • Aproximadamente entre el 80 y el 90% de los rescates exitosos ocurren durante las primeras 24 horas.
  • Más del 93% de los sobrevivientes encontrados con vida son rescatados durante el primer día.
  • Las lesiones musculoesqueléticas representan entre el 50 y el 70% de las consultas médicas iniciales.
  • Las fracturas de extremidades inferiores constituyen algunas de las lesiones más frecuentes observadas en sobrevivientes.
  • El síndrome de aplastamiento representa una de las complicaciones más características y potencialmente letales de los grandes terremotos.

Cuando los hospitales también se convierten en víctimas

A las 3:42 de la madrugada del 6 de febrero de 2023, un terremoto de magnitud 7.8 sacudió el sur de Turquía y el norte de Siria. Nueve horas más tarde, un segundo sismo de magnitud 7.5 volvió a golpear la misma región. En menos de un día, ciudades enteras quedaron transformadas en zonas de desastre. El balance final superó los 59.000 fallecidos y los 120.000 heridos (1).

Las imágenes mostraban edificios colapsados, rutas destruidas y busquedas de sobrevivientes entre los escombros. Sin embargo, para los médicos que llegaron a la zona, la tragedia tenía una dimensión adicional: muchos hospitales habían sufrido daños estructurales. Otros habían perdido electricidad, agua potable o sistemas de comunicación. Algunos quedaron completamente fuera de servicio.

La paradoja de los grandes terremotos es que los hospitales pueden convertirse en víctimas al mismo tiempo que intentan atender a las víctimas.

La escena no era nueva. Había ocurrido en Haití en 2010, en Nepal en 2015 y volvería a repetirse en distintas partes del mundo.

Más recientemente, los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 registrados en Venezuela en junio de 2026 afectaron regiones donde aproximadamente 3.9 millones de personas estuvieron expuestas a sacudidas severas, según estimaciones de la Organización Panamericana de la Salud (2).

Los países cambian. Las magnitudes cambian. Las culturas cambian. Lo que permanece sorprendentemente constante es la secuencia médica que sigue al desastre:

  • Primero aparecen los traumatismos.
  • Después llegan las complicaciones metabólicas derivadas de las lesiones por aplastamiento.
  • Más tarde aparecen las infecciones, las interrupciones de tratamientos crónicos y las secuelas psicológicas.

Comprender esta cronología resulta fundamental para cualquier médico que participe en una respuesta sanitaria de emergencia.

Una historia escrita con cientos de miles de víctimas

Aunque los terremotos representan una proporción relativamente pequeña de los desastres naturales registrados cada año, concentran una parte desproporcionadamente alta de la mortalidad global.

Un informe conjunto de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres y del Centre for Research on the Epidemiology of Disasters estimó que entre 1998 y 2017 los terremotos fueron responsables de aproximadamente 747.000 muertes, cifra equivalente a más del 56% de todas las muertes relacionadas con desastres naturales durante ese período (3).

En esos mismos años, más de 125 millones de personas resultaron afectadas por eventos sísmicos.

Pocas amenazas naturales concentran tanta mortalidad en tan poco tiempo.

La historia reciente ofrece ejemplos contundentes:

  • En 1976, el terremoto de Tangshan, China, produjo aproximadamente 242.000 muertes según cifras oficiales, aunque algunas estimaciones sugieren números superiores a 500.000 (4).
  • Doce años más tarde, el terremoto de Armenia dejó cerca de 25.000 fallecidos y más de 130.000 heridos (5).
  • En 2003, Bam, una ciudad histórica ubicada en el sudeste de Irán, sufrió un terremoto de magnitud 6.6 que destruyó aproximadamente el 70% de sus edificaciones y causó alrededor de 26.000 muertes (6).
  • En enero de 2010, Haití se convirtió en sinónimo de catástrofe. Un terremoto de magnitud 7.0 provocó más de 220.000 fallecidos, alrededor de 300.000 heridos y desplazó a más de 1.5 millones de personas (7).
  • En 2015, Nepal registró casi 9.000 muertes y más de 22.000 lesionados (8).
  • Turquía y Siria, en 2023, recordaron nuevamente que incluso en pleno siglo XXI los terremotos conservan una extraordinaria capacidad destructiva (1).

Sin embargo, cuando los investigadores comenzaron a analizar sistemáticamente estas catástrofes, identificaron un hallazgo que modificaría profundamente la forma de entender la medicina de desastres: la mayoría de las víctimas fallecía antes de que un médico pudiera intervenir.

La mayoría de las muertes ocurren antes de que llegue el médico

La mayor parte de las personas que fallecen durante un terremoto mueren antes de alcanzar atención médica.

En una revisión histórica publicada en PLoS Currents en 2013, Doocy y colaboradores analizaron decenas de terremotos ocurridos entre 1980 y 2009. Los autores observaron que la mortalidad se relacionaba principalmente con el colapso estructural de edificios y con lesiones traumáticas graves producidas durante los primeros minutos posteriores al evento (9).

Diversos estudios estiman que entre el 70 y el 90% de las muertes ocurren durante las primeras horas posteriores al colapso estructural (9).

Los traumatismos craneoencefálicos graves, las lesiones torácicas incompatibles con la supervivencia, las hemorragias masivas y la asfixia por atrapamiento explican gran parte de esa mortalidad inmediata.

Esta observación cambió profundamente la forma de entender los terremotos.

Cuando se analiza la mortalidad global de un desastre sísmico, la calidad de las construcciones suele salvar más vidas que cualquier intervención realizada posteriormente en un hospital.

El ejemplo clásico ocurrió en 2010.

En enero, Haití sufrió un terremoto de magnitud 7.0 que provocó más de 220.000 muertes (7).

Pocas semanas después, Chile experimentó un terremoto de magnitud 8.8.

Desde el punto de vista físico, el terremoto chileno liberó aproximadamente 500 veces más energía que el haitiano. Sin embargo, el número de fallecidos fue cercano a 500 (10).

La diferencia no estuvo en la geología. Estuvo principalmente en la infraestructura, en las normas antisísmicas y en la preparación frente a desastres.

Por eso, cuando se habla de terremotos, las medidas de mitigación comienzan mucho antes de que aparezca el primer paciente: comienzan con la prevención.

La regla de las 72 horas

Pocas expresiones son tan conocidas en medicina de desastres como la denominada “ventana de oro” de las primeras 72 horas.

La idea parece intuitiva: cuanto más tiempo permanece una persona atrapada bajo los escombros, menores son sus probabilidades de supervivencia.

Sin embargo, la evidencia que sustenta este concepto resulta particularmente interesante.

Uno de los análisis clásicos sobre supervivencia en estructuras colapsadas mostró que aproximadamente entre el 80 y el 90% de los sobrevivientes eran rescatados durante las primeras 24 horas posteriores al terremoto (11).

Otra revisión encontró que el 93.6% de las personas encontradas con vida habían sido rescatadas dentro del primer día (12).

Después de ese período, la curva de supervivencia desciende rápidamente.

Algunos modelos estiman que la probabilidad de supervivencia puede aproximarse al 90% durante las primeras 24 horas, disminuir hacia el 50% alrededor de las 48 horas y acercarse al 20% después de las 72 horas, aunque las cifras varían según las características del colapso y las condiciones ambientales (11).

La explicación es multifactorial:

  • La deshidratación progresa.
  • Las lesiones se complican.
  • La hipotermia o la hipertermia aumentan.
  • Las reservas metabólicas disminuyen.

Sin embargo, la supervivencia no desaparece completamente.

Y allí aparecen algunas de las historias más extraordinarias de la medicina de desastres.

Los sobrevivientes que desafían las estadísticas

Cada gran terremoto produce al menos una historia capaz de desafiar las predicciones más pesimistas.

Tras el terremoto de Turquía-Siria de 2023 se registraron rescates exitosos después de más de 200 horas de atrapamiento. Algunos sobrevivientes fueron extraídos con vida después de más de 9 días bajo los escombros (1).

Existen además reportes históricos de rescates exitosos después de 10, 12 e incluso 14 días (11).

Cuando los investigadores intentaron comprender estos casos excepcionales, encontraron algunos factores recurrentes: la disponibilidad de agua apareció de manera consistente como uno de los determinantes más importantes de supervivencia prolongada.

También desempeñaron un papel relevante la temperatura ambiental, la existencia de espacios de supervivencia dentro de los escombros y la ausencia de lesiones graves.

Por esta razón, aunque las probabilidades disminuyen de manera pronunciada después de las primeras 72 horas, los equipos especializados continúan trabajando durante varios días.

Las estadísticas son fundamentales para organizar la respuesta, pero cada terremoto recuerda que siempre existe la posibilidad de encontrar a alguien que las contradiga.

Lo pacientes que llegan a los hospitales

Las imágenes televisivas suelen mostrar edificios las imágenes del desastre.

Los hospitales ven otra realidad: ven a quienes sobrevivieron.

Y los sobrevivientes presentan un patrón de lesiones extraordinariamente consistente.

En una revisión publicada en The Lancet en 2012, Bartels y Van Rooyen analizaron la experiencia acumulada en múltiples terremotos y observaron que las lesiones musculoesqueléticas representaban habitualmente entre el 50 y el 70% de las consultas médicas iniciales (13).

Las fracturas constituyen el núcleo de esa carga asistencial.

Tras el terremoto de Wenchuan, China, Zhang y colaboradores publicaron en The Lancet un análisis de la respuesta médica que incluyó decenas de miles de pacientes atendidos durante la emergencia. Los autores observaron que las fracturas representaban aproximadamente el 58% de las lesiones registradas (14).

En Marmara, Turquía, las lesiones de extremidades representaron alrededor del 63% de las consultas traumatológicas (15).

Las extremidades inferiores concentran más de la mitad de las fracturas graves observadas en muchas series.

La explicación es relativamente sencilla. Cuando un edificio colapsa, las piernas suelen quedar atrapadas bajo vigas, techos o bloques de hormigón mientras otras regiones corporales permanecen relativamente protegidas.

Las heridas complejas constituyen otro desafío frecuente. Hormigón, vidrio, hierro, madera y tierra suelen introducirse profundamente en los tejidos blandos, favoreciendo infecciones y complicaciones quirúrgicas posteriores.

Sin embargo, existe una lesión que preocupa especialmente a los médicos con experiencia en terremotos.

Una lesión que puede no ser evidente durante las primeras horas.

Una lesión capaz de transformar un traumatismo localizado en una emergencia metabólica sistémica potencialmente mortal.

El síndrome de aplastamiento. Lo abordamos en la segunda parte.

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