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Super movers: los adultos mayores que caminan como si tuvieran 50 años y podrían conservar mejor su cerebro

La velocidad de la marcha se consolidó como uno de los biomarcadores clínicos más útiles del envejecimiento saludable. Un estudio publicado en Neurology identificó a un pequeño grupo de adultos mayores de más de 80 años capaces de caminar a un ritmo comparable con el de personas tres décadas más jóvenes. Estos super movers presentaron aproximadamente la mitad del riesgo de desarrollar deterioro cognitivo y mostraron características compatibles con una mayor resiliencia cerebral. ¿Puede la forma de caminar anticipar cómo envejecerá nuestro cerebro? Lo revisamos en INFOMED (1).

Puntos Clave

  • La velocidad de la marcha es uno de los biomarcadores clínicos más sólidos del envejecimiento saludable y predice fragilidad, discapacidad, hospitalización, deterioro cognitivo y mortalidad (2,3).
  • Un adulto joven sano suele caminar a 1,3-1,4 m/s (4,8-5 km/h), mientras que después de los 80 años la velocidad habitual desciende a 0,9-1,0 m/s.
  • Valores inferiores a 0,8 m/s se asocian con un mayor riesgo de eventos adversos (2,3).
  • El estudio definió como super movers a los adultos mayores cuya velocidad de marcha era al menos 1,5 desvíos estándar superior a la esperada para su edad y sexo.
  • En la cohorte HRS-HCAP, integrada por 3.989 adultos mayores, 358 participantes (9 %) fueron clasificados como super movers (1).
  • Durante un seguimiento de 3,4 a 5,4 años, los super movers presentaron un 51 % menos riesgo de desarrollar deterioro cognitivo que el resto de los participantes (HR 0,49) (1).
  • En la cohorte LonGenity, los super movers mostraron un deterioro cognitivo más lento y una mayor preservación del volumen del hipocampo en las resonancias magnéticas (1).
  • En el Rush Memory and Aging Project no presentaron una menor carga neuropatológica de enfermedad de Alzheimer, lo que respalda la hipótesis de una mayor reserva cognitiva o resiliencia cerebral (1,7).
  • El estudio es observacional y no demuestra que caminar más rápido prevenga la demencia. La velocidad de la marcha probablemente actúe como un marcador de envejecimiento cerebral saludable (1,8).
  • Incorporar la medición sistemática de la velocidad de la marcha en la práctica clínica puede aportar información pronóstica valiosa mediante una prueba simple, rápida, económica y reproducible (2,3).

¿Qué puede decirnos la velocidad al caminar sobre el futuro del cerebro?

Cuando un médico observa caminar a un paciente suele prestar atención al equilibrio, la longitud del paso, la postura o la necesidad de utilizar un bastón. Sin embargo, existe otro dato igual de importante y mucho más sencillo de obtener: la velocidad de la marcha.

Durante muchos años fue considerada simplemente una medida de movilidad. Hoy sabemos que representa mucho más que eso.

Numerosos estudios demostraron que la velocidad de la marcha constituye uno de los marcadores clínicos más robustos del envejecimiento biológico y predice con notable precisión discapacidad, fragilidad, hospitalizaciones, institucionalización, deterioro cognitivo e incluso mortalidad (2,3).

Su capacidad predictiva es tan consistente que algunos autores propusieron incorporarla como el “sexto signo vital” del adulto mayor (2).

La explicación es lógica. Caminar parece una actividad automática, pero en realidad exige el funcionamiento coordinado de múltiples sistemas.

En cada paso participan la corteza cerebral, los ganglios basales, el cerebelo, el tronco encefálico, la médula espinal, el sistema vestibular, la visión, la propiocepción y el sistema nervioso periférico.

A ello se suman funciones cognitivas superiores, como la atención, la velocidad de procesamiento, la planificación motora y las funciones ejecutivas, indispensables para adaptarse continuamente al entorno (4,5).

En consecuencia, la velocidad con la que una persona camina no refleja únicamente su fuerza muscular o su estado físico. También constituye un indicador indirecto del funcionamiento integrado del cerebro.

Traduciendo los números a la práctica clínica

La velocidad de la marcha suele expresarse en metros por segundo (m/s), una unidad poco intuitiva para la práctica clínica. Sin embargo, cuando esos valores se traducen a kilómetros por hora, metros recorridos por minuto o cantidad aproximada de pasos, su significado resulta mucho más fácil de comprender.

Un adulto joven sano suele caminar entre 1,3 y 1,4 m/s, equivalentes aproximadamente a 4,8-5 km/h. En la práctica, esto representa recorrer 80-85 metros por minuto y dar alrededor de 120-130 pasos por minuto (2,3).

Después de los 80 años, lo habitual es caminar alrededor de 0,9-1,0 m/s, es decir, 3,2-3,6 km/h.

Esto equivale a recorrer aproximadamente 55-60 metros por minuto y dar entre 95 y 105 pasos por minuto (2,3).

Existe además un umbral especialmente importante. Cuando la velocidad desciende por debajo de 0,8 m/s —menos de 2,9 km/h, unos 48 metros por minuto— aumenta significativamente el riesgo de fragilidad, dependencia funcional, internaciones, caídas y mortalidad (2,3).

En geriatría, una velocidad de marcha inferior a 0,8 m/s suele interpretarse como una verdadera señal de alarma.

La diferencia se aprecia fácilmente en una situación cotidiana. En un trayecto de 100 metros, una persona que camina a 0,8 m/s tardará alrededor de 2 minutos en recorrerlo. En cambio, alguien que mantiene una velocidad de 1,4 m/s llegará en apenas 1 minuto y 10 segundos.

Esa diferencia aparentemente pequeña se repite decenas de veces por día al cruzar una avenida, recorrer un aeropuerto, hacer compras o alcanzar un medio de transporte.

Un pequeño grupo parecía desafiar el envejecimiento

La mayoría de las investigaciones publicadas hasta el momento se concentró en quienes caminaban lentamente. Los resultados fueron consistentes: cuanto menor era la velocidad de la marcha, mayor era el riesgo de deterioro funcional, fragilidad, demencia y muerte (2-5).

Jayakody y colaboradores decidieron abordar el problema desde una perspectiva diferente: en lugar de estudiar a quienes envejecían peor, buscaron identificar a quienes parecían envejecer excepcionalmente bien.

La pregunta fue directa: ¿existían adultos mayores capaces de conservar una velocidad de marcha comparable con la de personas mucho más jóvenes? Y, si existían, ¿ese rendimiento físico extraordinario también se asociaba con un cerebro que envejeciera más lentamente?

Para responder esos interrogantes, los autores introdujeron el concepto de super movers.

La definición fue estricta. Se consideró super mover a todo participante cuya velocidad habitual de marcha se encontraba al menos 1,5 desvíos estándar por encima del promedio esperado para personas de la misma edad y sexo (1).

En términos prácticos, esto corresponde aproximadamente al 10 % de los adultos mayores con mejor desempeño físico.

Lo verdaderamente llamativo aparece al traducir esa definición a la vida cotidiana. Mientras la mayoría de las personas mayores de 80 años camina a alrededor de 0,9-1,0 m/s, los super movers mantenían velocidades cercanas a 1,3-1,4 m/s, prácticamente las mismas que suelen observarse en adultos de alrededor de 50 años (1-3).

La pregunta era inevitable: ¿sus cerebros también estaban envejeciendo tres décadas más lentamente?

Para responderla, los investigadores recurrieron a 3 grandes cohortes estadounidenses que aportaban información complementaria: una permitió evaluar el riesgo de desarrollar deterioro cognitivo, otra analizó la estructura cerebral mediante resonancia magnética y la tercera correlacionó los hallazgos clínicos con estudios neuropatológicos realizados tras el fallecimiento de los participantes (1).

Tres cohortes para responder una misma pregunta

La primera cohorte analizada fue el Health and Retirement Study–Harmonized Cognitive Assessment Protocol (HRS-HCAP), uno de los estudios poblacionales sobre envejecimiento más importantes de Estados Unidos (1).

Los investigadores incluyeron 3.989 adultos mayores sin deterioro cognitivo al inicio del seguimiento. De ellos, 358 participantes (9 %) cumplieron los criterios para ser clasificados como super movers (1).

Esta cohorte permitió responder la pregunta de mayor relevancia clínica: si conservar una velocidad de marcha excepcional disminuye el riesgo de desarrollar deterioro cognitivo con el paso de los años.

La segunda población correspondió al estudio LonGenity, integrado por 197 adultos mayores, con una edad promedio de 84,6 ± 3,3 años (1).

Además de las evaluaciones neuropsicológicas seriadas, los investigadores disponían de resonancias magnéticas cerebrales, lo que permitió determinar si los super movers presentaban diferencias estructurales en regiones especialmente vulnerables al envejecimiento, como el hipocampo.

La tercera cohorte fue el Rush Memory and Aging Project (MAP), que aportó 692 participantes con una edad media de 85,6 ± 4 años (1).

Pocas investigaciones logran integrar en un mismo trabajo evolución clínica, pruebas neuropsicológicas, neuroimágenes y neuropatología.

El estudio MAP constituye una referencia internacional en investigación sobre envejecimiento porque muchos de sus integrantes aceptan donar su cerebro para investigación después del fallecimiento. Gracias a ello, fue posible comparar el desempeño cognitivo observado durante la vida con la carga de enfermedad neurodegenerativa encontrada en la autopsia.

Los super movers desarrollaron la mitad de los casos de deterioro cognitivo

Los resultados obtenidos en la cohorte HRS-HCAP fueron consistentes.

Tras un seguimiento de 3,4 a 5,4 años, los investigadores observaron que los super movers desarrollaban deterioro cognitivo con mucha menor frecuencia que quienes caminaban a velocidades habituales para su edad (1).

Luego del ajuste por edad, sexo y otros posibles factores de confusión, pertenecer al grupo de los super movers se asoció con una reducción relativa del 51 % en el riesgo de desarrollar deterioro cognitivo.

El hazard ratio fue de 0,49 (1).

Traducido a un lenguaje más sencillo, durante el seguimiento apareció aproximadamente la mitad de los nuevos casos de deterioro cognitivo entre los super movers en comparación con el resto de los participantes.

Se trata de una magnitud de efecto difícil de ignorar para una variable tan simple como la velocidad de la marcha.

La asociación permaneció significativa incluso después de ajustar por múltiples variables clínicas, aunque esto no modifica la naturaleza observacional del estudio.

Una medición simple con enorme potencial clínico

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que el marcador estudiado puede obtenerse prácticamente en cualquier consultorio.

Para medir la velocidad de la marcha solo se necesita un recorrido conocido —habitualmente de 4 o 6 metros— y un cronómetro.

En menos de un minuto puede obtenerse un dato que resume el funcionamiento integrado de los sistemas nervioso, musculoesquelético y cardiovascular.

Este concepto no es nuevo. Diversas sociedades científicas recomiendan incorporar la velocidad de la marcha a la Valoración Geriátrica Integral, junto con la fuerza de prensión, la capacidad funcional, el estado nutricional y la evaluación cognitiva (2,3).

El estudio de Jayakody aporta un argumento adicional para hacerlo de manera sistemática.

No porque la velocidad permita diagnosticar enfermedad de Alzheimer, sino porque puede identificar a personas cuyo cerebro parece estar envejeciendo de una forma excepcionalmente saludable.

¿Por qué caminar rápido podría reflejar un cerebro más sano?

La explicación biológica resulta coherente con lo que hoy conocemos sobre el control de la marcha.

Caminar exige la participación simultánea de múltiples redes neuronales distribuidas en ambos hemisferios cerebrales.

La marcha constituye una verdadera tarea cognitivo-motora y no un simple movimiento automático.

La corteza frontal participa en la planificación del movimiento; los ganglios basales regulan su automatización; el cerebelo mantiene el equilibrio y corrige continuamente los errores; el tronco encefálico controla la postura; mientras que la información proveniente de la visión, el aparato vestibular y la sensibilidad profunda se integra en fracciones de segundo para adaptar cada paso al entorno (4,5).

A ello se agregan funciones cognitivas como la atención sostenida, la velocidad de procesamiento y las funciones ejecutivas, indispensables para caminar mientras se conversa, se esquiva un obstáculo o se modifica el recorrido.

Esta visión explica por qué la marcha lenta se considera desde hace años uno de los primeros indicadores objetivos del envejecimiento cerebral.

También explica por qué el síndrome de riesgo cognitivo-motor se asocia con un incremento significativo del riesgo de demencia.

Sin embargo, el estudio de Jayakody propone mirar el problema desde el extremo opuesto.

En lugar de preguntarse qué ocurre cuando la velocidad disminuye, plantea una cuestión mucho más interesante: qué mecanismos permiten que algunas personas lleguen a los 80 o 85 años caminando con la agilidad propia de alguien treinta años más joven.

Las resonancias mostraron un cerebro estructuralmente más preservado

Los resultados obtenidos en la cohorte LonGenity permitieron avanzar un paso más allá de la asociación clínica.

Además de caminar más rápido y presentar un menor riesgo de deterioro cognitivo, los super movers mostraron un enlentecimiento del deterioro en las evaluaciones neuropsicológicas longitudinales, tanto en memoria como en otros dominios cognitivos (1).

El hallazgo más relevante surgió de las resonancias magnéticas: los super movers presentaban una mayor preservación del volumen de distintas subregiones del hipocampo.

El hipocampo constituye una de las estructuras más importantes para la consolidación de nuevos recuerdos, la memoria episódica y la orientación espacial.

Al mismo tiempo, representa una de las primeras regiones cerebrales afectadas durante la enfermedad de Alzheimer. Por ese motivo, la atrofia hipocampal es uno de los biomarcadores estructurales más utilizados para estimar el riesgo de deterioro cognitivo y demencia (6).

Encontrar un hipocampo relativamente preservado en los super movers resultaba coherente con su mejor desempeño cognitivo.

Hasta ese momento, la explicación parecía sencilla: estas personas caminaban mejor porque su cerebro también estaba envejeciendo más lentamente.

Pero el análisis neuropatológico mostró una realidad mucho más compleja.

La gran sorpresa apareció en la autopsia

La tercera cohorte, correspondiente al Rush Memory and Aging Project, permitió responder una pregunta imposible de resolver mediante evaluaciones clínicas o estudios por imágenes.

¿Qué ocurría realmente dentro del cerebro de estas personas?

Tras el fallecimiento de los participantes que habían consentido la donación de su cerebro para investigación, los autores analizaron la presencia de placas de β-amiloide, ovillos neurofibrilares de proteína tau y otras lesiones neuropatológicas asociadas con la enfermedad de Alzheimer (1).

La hipótesis inicial parecía lógica. Si los super movers conservaban mejor la función cognitiva y presentaban hipocampos más preservados, probablemente acumularían menos lesiones neurodegenerativas.

Sin embargo, los resultados fueron inesperados.

Los investigadores no encontraron diferencias significativas en la carga neuropatológica de enfermedad de Alzheimer entre los super movers y el resto de los participantes.

En otras palabras, ambos grupos presentaban una cantidad similar de lesiones cerebrales compatibles con enfermedad de Alzheimer.

Y, sin embargo, durante la vida los super movers mantenían una mejor función cognitiva.

Este probablemente sea el hallazgo más novedoso de todo el estudio, porque cambia completamente la forma de interpretar el envejecimiento cerebral.

La pregunta deja de ser quién acumula menos enfermedad, para transformarse en quién consigue seguir funcionando mejor a pesar de ella.

Resiliencia cerebral: una nueva forma de entender el envejecimiento

Para explicar estos resultados, los autores recurren a dos conceptos cada vez más relevantes en neurociencias: la resiliencia cerebral y la reserva cognitiva (1,7).

La reserva cognitiva hace referencia a la capacidad del cerebro para compensar los cambios producidos por el envejecimiento o por enfermedades neurodegenerativas, manteniendo un funcionamiento clínico adecuado durante más tiempo (7).

Dos personas pueden presentar una carga muy similar de placas amiloides y ovillos neurofibrilares, pero evolucionar de manera completamente distinta.

Mientras una desarrolla una demencia manifiesta, la otra conserva una vida independiente y un rendimiento cognitivo prácticamente normal (7).

Los resultados de este trabajo sugieren que los super movers podrían pertenecer precisamente a este segundo grupo.

No necesariamente desarrollan menos enfermedad de Alzheimer, sino que parecen poseer una mayor capacidad para tolerar sus efectos clínicos.

Si esta hipótesis se confirma en futuras investigaciones, la velocidad de la marcha dejaría de ser únicamente un marcador funcional para transformarse en un indicador indirecto de reserva cerebral.

¿Podemos convertirnos en super movers?

Es inevitable preguntarse si este fenómeno puede entrenarse.

Por el momento, la respuesta es prudente: todavía no lo sabemos.

El estudio de Jayakody y colaboradores demuestra una asociación sólida entre una velocidad de marcha excepcional y un mejor envejecimiento cerebral, pero no demuestra que caminar más rápido reduzca el riesgo de demencia.

La interpretación más probable es justamente la inversa: un cerebro que envejece de manera más saludable conserva mejor los circuitos que controlan la marcha y, como consecuencia, permite mantener velocidades propias de personas mucho más jóvenes.

Como señaló Joe Verghese tras la publicación del trabajo, la velocidad de la marcha probablemente actúe como un marcador de salud cerebral, más que como el mecanismo responsable de esa protección (8).

Responder si programas específicos de ejercicio físico, entrenamiento del equilibrio o intervenciones multidominio pueden convertir a una persona en un super mover requerirá ensayos clínicos que todavía no existen.

Una prueba que demanda menos de un minuto, un cronómetro y cuatro metros de pasillo sigue aportando una enorme cantidad de información sobre cómo está envejeciendo el cerebro.

Las conclusiones: ¿qué nos deja este estudio?

Los super movers representan mucho más que una curiosidad científica.

El trabajo de Jayakody y colaboradores demuestra que existe un pequeño grupo de adultos mayores capaz de conservar una velocidad de marcha comparable con la de personas aproximadamente 30 años más jóvenes y que esa característica se asocia con un riesgo alrededor de un 50 % menor de desarrollar deterioro cognitivo durante los años siguientes (1).

Además, estos individuos presentaron una mejor preservación del volumen del hipocampo en las resonancias magnéticas, uno de los biomarcadores estructurales más importantes del envejecimiento cerebral (1,6).

El hallazgo más sorprendente fue que esa mejor evolución clínica no se acompañó de una menor carga neuropatológica de enfermedad de Alzheimer.

En otras palabras, los super movers parecían acumular una cantidad similar de lesiones cerebrales, pero conseguían mantener un funcionamiento cognitivo superior (1).

Este resultado respalda la hipótesis de que la resiliencia cerebral y la reserva cognitiva podrían desempeñar un papel tan importante como la propia carga de enfermedad neurodegenerativa (1,7).

Desde el punto de vista práctico, el estudio también invita a revalorizar una maniobra extremadamente sencilla.

Medir la velocidad de la marcha requiere menos de un minuto, no demanda equipamiento sofisticado y puede incorporarse fácilmente a la evaluación habitual de cualquier adulto mayor.

En una época dominada por biomarcadores, inteligencia artificial y técnicas avanzadas de neuroimagen, un simple cronómetro continúa ofreciendo información pronóstica de enorme valor (2,3).

Quizás el mayor aporte de este trabajo sea recordarnos que el envejecimiento no ocurre de la misma manera en todas las personas.

Algunos adultos mayores llegan a los 80 años caminando como si tuvieran 50.

Comprender qué hace diferente a ese pequeño grupo podría abrir una nueva etapa en la investigación del envejecimiento cerebral: una centrada no solo en detectar precozmente la enfermedad de Alzheimer, sino también en entender por qué algunos cerebros consiguen mantenerse resilientes frente al paso del tiempo.

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