Toda la actualidad de la medicina en español. Escrita y revisada por médicos.

Siestas en adultos mayores: ¿dormir más durante el día puede ser una señal de alerta?

La siesta es extremadamente frecuente en los adultos mayores. Pero no todas parecen tener el mismo significado. Un estudio de 1.338 personas, publicado en JAMA Network Open, encontró que las siestas más prolongadas, más frecuentes y, particularmente, las que ocurrían por la mañana se asociaron con mayor mortalidad. ¿La siesta es perjudicial o puede ser, en realidad, un marcador de enfermedad? Lo revisamos en INFOMED (1).

Puntos Clave

  • En 1.338 adultos con una edad media de 81 años, seguidos durante una media de 8.3 años y hasta un máximo de 19, murieron 926 participantes. Las siestas fueron medidas objetivamente mediante actigrafía.
  • Cada hora adicional de sueño diurno se asoció con un 13 % más de riesgo relativo de mortalidad, mientras que cada siesta diaria adicional se relacionó con un incremento del 7 %.
  • Entre quienes dormían siesta habitualmente, hacerlo predominantemente durante la mañana se asoció con un 30 % más de riesgo relativo de mortalidad frente a hacerlo a comienzos de la tarde.
  • Los resultados no demuestran que dormir la siesta cause la muerte. La siesta excesiva puede ser un marcador de trastornos del sueño, alteraciones circadianas, neurodegeneración u otras enfermedades subyacentes.
  • El mensaje no es prohibir la siesta. Un aumento reciente de su duración o frecuencia, especialmente si aparece sueño durante la mañana, podría justificar buscar la causa de esa somnolencia en un adulto mayor.

Una conducta cotidiana que puede contener información clínica

Dormir durante el día es habitual, especialmente a medida que pasan los años.

Durante mucho tiempo, buena parte de la evidencia que intentó relacionar las siestas con la salud tuvo una limitación importante: dependía de que las personas recordaran cuánto y cuándo dormían.

El 20 de abril de 2026, JAMA Network Open publicó un trabajo que abordó el problema de otra manera.

En lugar de preguntarles a los participantes cuánto dormían, registró objetivamente sus períodos de sueño y vigilia mediante actigrafía, utilizando dispositivos colocados en la muñeca durante varios días (1).

La pregunta fue concreta: ¿la duración, frecuencia y horario de las siestas se relacionan con el riesgo posterior de morir?

La respuesta fue igualmente interesante: algunas características de las siestas sí se asociaron con mortalidad, pero eso no significa que dormir la siesta sea la causa.

Más de 1.300 adultos seguidos hasta 19 años

Se analizaron datos del Rush Memory and Aging Project, una cohorte de adultos que vivían en la comunidad en el norte de Illinois, Estados Unidos.

Fueron incluidos 1.338 participantes de 56 años o más, con una edad media de 81.4 años; 1.018, el 76 %, eran mujeres.

Cada participante utilizó un actígrafo durante una media de 9.6 días.

Se consideró siesta al sueño detectado entre las 9 de la mañana y las 7 de la tarde, y se estudiaron 4 dimensiones:

  • Duración total diaria
  • Número de siestas por día
  • Variabilidad de su duración entre distintos días
  • Momento del día en que se concentraban

La duración mediana de las siestas fue de 0.78 horas diarias, aproximadamente 47 minutos, y la frecuencia mediana fue de 1.8 siestas por día.

Entre los 1.089 participantes que pudieron clasificarse según el horario habitual:

  • El 15.5 % dormía principalmente por la mañana
  • El 57.3 % dormía a comienzos de la tarde
  • El 27.2 % hacia el final de la tarde

El seguimiento medio fue de 8.3 años, aunque en algunos casos llegó hasta 19 años.

Durante ese período murieron 926 de los 1.338 participantes: el 69.2 %.

El tiempo medio desde la evaluación inicial hasta la muerte fue de 7.5 años.

Durante ese período murieron 926 de los 1.338 participantes: el 69.2 %.

Cuanto más tiempo de siesta, mayor mortalidad

El primer hallazgo fue una relación entre la cantidad de tiempo dormido durante el día y la mortalidad.

En el modelo completamente ajustado, cada hora adicional de siesta diaria se asoció con un 13 % más de riesgo relativo de muerte por cualquier causa (HR ajustado 1.13) (1).

Para poner esa magnitud en perspectiva, el trabajo calculó que una hora adicional de siesta se asociaba con un riesgo equivalente aproximadamente al relacionado con tener 1.1 años más de edad al comienzo del seguimiento (1).

Cada hora adicional de siesta diaria se asoció con un 13 % más de riesgo relativo de muerte por cualquier causa.

El resultado persistió después de considerar múltiples variables potencialmente confundidoras, entre ellas edad, sexo, nivel educativo, actividad física, índice de masa corporal, enfermedades crónicas, síntomas depresivos, función cognitiva, medicaciones y características del sueño nocturno y del ritmo circadiano.

No solo cuánto: también cuántas veces

La frecuencia aportó información adicional.

Por cada siesta diaria adicional, el riesgo relativo de mortalidad aumentó un 7 % en el modelo completamente ajustado (HR 1.07).

La magnitud equivalía aproximadamente al riesgo asociado con 0.6 años adicionales de edad.

Duración y frecuencia, sin embargo, estaban estrechamente relacionadas: quienes dormían durante más tiempo también tendían a hacerlo más veces durante el día.

La correlación entre ambas variables fue muy alta, de 0.93.

En cambio, la variabilidad de la duración —dormir, por ejemplo, poco un día y mucho otro— no mostró asociación con la mortalidad (HR 1.01 por cada hora adicional de variabilidad).

La frecuencia aportó información adicional.

La hora de la siesta también parece importar

Uno de los resultados más novedosos apareció cuando se analizó a qué hora dormían los participantes.

Para este análisis quedaron 1.089 personas con un patrón de siesta suficientemente definido. De ellas, 759 murieron durante el seguimiento.

Después del ajuste completo, quienes concentraban sus siestas durante la mañana tuvieron un riesgo relativo de mortalidad 30 % mayor que quienes dormían principalmente a comienzos de la tarde (HR 1.30).

La magnitud de esta asociación equivalía aproximadamente a la correspondiente a 2.5 años adicionales de edad al inicio del estudio.

En cambio, la diferencia entre quienes dormían por la mañana y quienes lo hacían hacia el final de la tarde dejó de ser estadísticamente significativa después del ajuste completo.

Quienes concentraban sus siestas durante la mañana tuvieron un riesgo relativo de mortalidad 30 % mayor que quienes dormían principalmente a comienzos de la tarde.

¿Por qué podría ser relevante dormir por la mañana? En condiciones habituales, ese es un período en el que el sistema circadiano favorece la vigilia.

La necesidad reiterada de dormir a esa hora podría ser la manifestación de alteraciones del sueño, del ritmo circadiano o de problemas de salud subyacentes (1).

¿Dormir la siesta aumenta el riesgo de morir?

No podemos afirmarlo.

Este es probablemente el punto más importante para interpretar correctamente el estudio.

Se trata de una cohorte observacional: identifica asociaciones, pero no demuestra causalidad.

No que las personas enfermen porque duermen más siestas, sino que comiencen a dormir más durante el día porque su salud está deteriorándose.

Es perfectamente posible que la dirección sea, al menos en parte, inversa: no que las personas enfermen porque duermen más siestas, sino que comiencen a dormir más durante el día porque su salud está deteriorándose.

Enfermedades cardiovasculares, respiratorias o metabólicas, dolor crónico, trastornos del ánimo, neurodegeneración y trastornos del sueño pueden acompañarse de fatiga o somnolencia diurna.

La apnea obstructiva del sueño constituye otro posible ejemplo.

Incluso después de ajustar por enfermedades conocidas, pueden persistir patologías subclínicas o factores no medidos capaces de explicar simultáneamente más sueño diurno y mayor mortalidad.

También se han propuesto mecanismos vinculados con disrupción circadiana, activación simpática, alteraciones vasculares e inflamación sistémica, pero este trabajo no fue diseñado para demostrar ninguno de ellos.

¿Qué pasó cuando se excluyeron los pacientes más enfermos?

Los análisis de sensibilidad ayudan a dimensionar el hallazgo.

Al excluir a quienes murieron durante los primeros 2 años, la asociación persistió: cada hora adicional de siesta se relacionó con un 16 % más de riesgo relativo de muerte, y cada siesta adicional, con un 8 % más.

Resultados similares aparecieron al excluir a quienes dormían más de 2 horas durante el día y a aquellos con mayor carga de comorbilidades.

Pero apareció una señal particularmente relevante al excluir a las personas que ya presentaban deterioro cognitivo al comienzo.

En los 943 participantes cognitivamente intactos, la asociación entre duración de las siestas y mortalidad se atenuó y dejó de alcanzar significación estadística.

Además, la relación entre dormir por la mañana y mortalidad también desapareció.

Ciertos patrones de sueño diurno podrían estar funcionando como marcadores tempranos de vulnerabilidad o enfermedad, incluida la neurodegeneración, más que como factores causales directos.

Esto refuerza una interpretación posible: ciertos patrones de sueño diurno podrían estar funcionando como marcadores tempranos de vulnerabilidad o enfermedad, incluida la neurodegeneración, más que como factores causales directos.

Las limitaciones de este estudio

La actigrafía es una fortaleza porque evita depender exclusivamente del recuerdo del paciente, pero tampoco es equivalente a una polisomnografía: un dispositivo de muñeca puede interpretar como sueño períodos de vigilia con muy poco movimiento.

Además, el 93.3 % de los participantes eran blancos, la edad media superaba los 81 años y la mayoría eran mujeres.

Los resultados, por lo tanto, no pueden extrapolarse automáticamente a adultos jóvenes, trabajadores por turnos o poblaciones con otras características étnicas y culturales.

Tampoco se estudiaron las causas específicas de muerte, y el patrón de siestas se caracterizó durante un período relativamente corto de alrededor de 10 días, aunque la mortalidad se siguió durante muchos años.

Las conclusiones: ¿qué nos deja este estudio?

El mensaje no es que los adultos mayores deban dejar de dormir la siesta.

En una población de edad avanzada, dormir durante más tiempo, hacerlo más veces y, particularmente, necesitar dormir durante la mañana se asoció con mayor mortalidad posterior.

La asociación persistió después de considerar numerosas características del sueño y del estado de salud.

El mensaje no es que los adultos mayores deban dejar de dormir la siesta.

El valor clínico puede estar justamente allí: un cambio en el patrón habitual de las siestas podría ser información clínica y no simplemente una costumbre.

En un adulto mayor que comienza a dormir cada vez más durante el día, varias veces o desde horas tempranas, quizás la pregunta más útil no sea cómo conseguir que duerma menos, sino por qué necesita dormir más.

Etiquetas

disclaimer

  • No ofrecemos productos ni tratamientos.
  • Todo el contenido tiene fines informativos.
  • La información NO reemplaza la consulta médica profesional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartí esta Nota