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Sarampión en Argentina: del brote de 2025 al riesgo de reintroducción en 2026

Después de casi 2 décadas de sostener la eliminación del sarampión, Argentina volvió a enfrentar un brote con transmisión comunitaria. La rápida respuesta sanitaria evitó una propagación mayor, pero el episodio expuso una realidad preocupante: la acumulación de personas susceptibles como consecuencia de coberturas vacunales insuficientes. Qué ocurrió, por qué sucedió y cuáles son los desafíos para evitar nuevos brotes. Lo resumimos en INFOMED.

Puntos Clave

  • Argentina mantiene el estatus de eliminación del sarampión, pero continúa expuesta a casos importados.
  • El brote de 2025 confirmó 36 casos, la mayoría vinculados a transmisión comunitaria iniciada por importaciones.
  • Se investigaron más de 2.100 notificaciones de enfermedad febril exantemática para identificar y contener las cadenas de transmisión.
  • Las coberturas nacionales de vacuna triple viral permanecen por debajo del 95 % recomendado para mantener la inmunidad colectiva.
  • En 2026 se notificaron nuevos casos importados, pero sin evidencia de transmisión comunitaria sostenida.
  • Todo paciente con fiebre y exantema debe ser notificado de inmediato como caso sospechoso hasta descartar sarampión.
  • La vacunación continúa siendo la medida más efectiva para prevenir nuevos brotes.

Una enfermedad casi del pasado

Durante años, el sarampión fue considerado una enfermedad del pasado en Argentina. La introducción de la vacuna en el Calendario Nacional y las campañas masivas de inmunización permitieron reducir drásticamente su incidencia hasta alcanzar, junto con el resto de la Región de las Américas, el estatus de eliminación de la circulación endémica del virus en 2016 (1,2).

Eliminación no significa erradicación.

Mientras el virus continúe circulando en otros continentes, cualquier país con coberturas vacunales insuficientes permanece expuesto a la reintroducción mediante viajeros internacionales.

Eso fue precisamente lo que ocurrió entre 2025 y 2026.

El brote registrado en Argentina no fue un hecho aislado. Formó parte del resurgimiento mundial del sarampión observado tras la pandemia de COVID-19, cuando millones de niños quedaron sin completar sus esquemas de vacunación y numerosos programas de vigilancia epidemiológica sufrieron interrupciones.

El virus encontró una oportunidad epidemiológica: más personas susceptibles, menor cobertura vacunal y mayor movilidad internacional.

La OMS estimó que las coberturas globales descendieron a valores que favorecieron nuevamente la circulación del virus, mientras Europa, Asia, África y posteriormente las Américas comenzaron a registrar un incremento sostenido de casos (2,3).

En este contexto epidemiológico, Argentina mantuvo formalmente el estatus de eliminación, pero acumuló progresivamente una población susceptible: las coberturas de vacuna triple viral quedaron lejos del 95 % recomendado para mantener la inmunidad colectiva.

Esa brecha creó las condiciones para que un caso importado encontrara personas susceptibles y originara cadenas de transmisión local.

El primer semestre de 2025 marcó un punto de inflexión. Los sistemas de vigilancia comenzaron a detectar un aumento de las notificaciones de enfermedad febril exantemática, el síndrome que obliga a descartar sarampión en todos los pacientes compatibles.

Como ocurre en un país sin circulación endémica, cada sospecha fue considerada una urgencia epidemiológica y dio lugar a investigaciones de laboratorio, rastreo de contactos y medidas de bloqueo.

Hasta la semana epidemiológica 22, el Ministerio de Salud había investigado 2.136 notificaciones de enfermedad febril exantemática.

De ellas, 34 casos fueron confirmados como sarampión: 6 correspondieron a casos importados, relacionados con viajeros procedentes de Rusia, Tailandia, México e Inglaterra, mientras que los 28 restantes fueron consecuencia de transmisión comunitaria originada a partir de esas introducciones (1).

El problema no fue solamente la importación del virus, sino la existencia de personas susceptibles que permitieron mantener la transmisión durante varias generaciones de contagio.

La distribución geográfica tampoco fue uniforme. El Área Metropolitana de Buenos Aires concentró prácticamente toda la actividad.

Hasta la semana epidemiológica 22 se habían confirmado 20 casos en la provincia de Buenos Aires, 13 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y 1 en San Luis.

Las investigaciones epidemiológicas permitieron reconstruir distintas cadenas de transmisión que comenzaron en casos importados y luego se extendieron entre convivientes, contactos laborales y comunitarios (1).

Frente a cada caso confirmado se identificaron contactos estrechos, se verificó el estado de vacunación y se indicaron bloqueos con vacuna triple viral o inmunoglobulina cuando correspondía.

Ese trabajo permitió interrumpir varias cadenas antes de que alcanzaran una magnitud mayor.

La vigilancia molecular también desempeñó un papel importante. La caracterización genotípica realizada por el Laboratorio Nacional de Referencia permitió diferenciar las distintas introducciones del virus y establecer qué casos pertenecían a una misma cadena epidemiológica y cuáles correspondían a eventos independientes de importación.

En un escenario de eliminación, la vigilancia molecular permite demostrar que no existe una cepa circulando de manera permanente dentro del país.

Sin embargo, el brote dejó al descubierto un problema más profundo: la disminución sostenida de las coberturas vacunales.

La vacuna triple viral es una de las más eficaces disponibles. Después de 2 dosis, más del 95 % de las personas desarrolla inmunidad duradera.

Cuando las coberturas poblacionales también superan el 95 %, el virus encuentra muy pocas personas susceptibles y la transmisión se interrumpe rápidamente.

Cuando las coberturas descienden durante varios años consecutivos, comienzan a acumularse niños, adolescentes e incluso adultos jóvenes sin protección suficiente.

Esa acumulación constituye el combustible epidemiológico para que un virus importado genere brotes.

La fotografía final del brote y las lecciones para 2026

La situación epidemiológica continuó evolucionando durante las semanas siguientes.

Al cierre del brote, Argentina había confirmado 36 casos de sarampión: 21 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 13 en la provincia de Buenos Aires, 1 en Entre Ríos y 1 en San Luis (1).

Aunque el número absoluto fue relativamente bajo para una enfermedad con elevada transmisibilidad, representó el brote más importante registrado en el país desde los eventos de 2019 y 2020.

El episodio volvió a demostrar que la eliminación es un logro reversible cuando disminuyen las coberturas vacunales.

El análisis de los casos aportó información valiosa.

Aproximadamente la mitad correspondió a niños menores de 4 años, precisamente el grupo con mayor riesgo de presentar complicaciones.

Además, una proporción importante de los pacientes no tenía vacunación documentada, presentaba esquemas incompletos o su estado vacunal era desconocido (1,5).

El principal determinante de los brotes de sarampión continúa siendo la existencia de personas susceptibles, más que cambios en el virus o fallas de la vacuna.

Las coberturas nacionales explican buena parte del problema.

Según los datos oficiales, la primera dosis de vacuna triple viral alcanzaba alrededor del 82 %, mientras que la segunda apenas superaba el 46 %, cifras muy inferiores al 95 % necesario para sostener la inmunidad colectiva (1).

Aunque existen diferencias entre jurisdicciones, estos valores reflejan una acumulación progresiva de niños susceptibles durante varios años, agravada por las dificultades que experimentaron muchos programas de vacunación durante la pandemia de COVID-19.

En este contexto, un caso importado deja de ser un episodio aislado y pasa a convertirse en la chispa capaz de iniciar una cadena de transmisión.

El sarampión posee uno de los números reproductivos básicos (R₀) más elevados entre todas las enfermedades infecciosas, estimado entre 12 y 18.

En otras palabras, una sola persona infectada puede contagiar, en ausencia de inmunidad, a una docena o más de individuos.

Además, el virus puede permanecer viable en el aire y sobre superficies hasta 2 horas, y la transmisión comienza varios días antes de la aparición del exantema, cuando el diagnóstico todavía no suele sospecharse (2,3).

El escenario en 2026

El año 2026 mostró un escenario diferente. Hasta julio no se documentó un nuevo brote con transmisión comunitaria sostenida.

Las autoridades sanitarias notificaron un caso importado en un adulto con antecedente de viaje internacional, que motivó una intensa investigación epidemiológica y el seguimiento de contactos sin que se demostrara una propagación secundaria sostenida (6).

Este episodio confirmó que el riesgo de importación persiste, pero también evidenció que una respuesta rápida puede evitar que un caso aislado se transforme en un brote.

Como parte de las medidas adoptadas, Argentina modificó el Calendario Nacional de Vacunación y adelantó la segunda dosis de vacuna triple viral a los 15-18 meses de edad para las nuevas cohortes de nacimiento.

El objetivo fue reducir el período durante el cual los niños permanecen con una sola dosis y aumentar más precozmente la proporción de población protegida (6).

El cambio del calendario por sí solo no resolverá el problema.

La prioridad continúa siendo recuperar las coberturas, identificar oportunamente a quienes tienen esquemas incompletos y sostener una vigilancia epidemiológica extremadamente sensible.

En un país que mantiene la eliminación, cada paciente con fiebre y exantema debe considerarse inicialmente un caso sospechoso de sarampión hasta demostrar lo contrario.

La notificación inmediata, la confirmación por laboratorio y el estudio exhaustivo de los contactos siguen siendo las herramientas más eficaces para impedir el restablecimiento de la circulación endémica.

Para los médicos, el sarampión volvió a formar parte del diagnóstico diferencial de las enfermedades febriles exantemáticas.

Frente a un paciente con fiebre, exantema maculopapular y uno o más de los síntomas clásicos —tos, coriza o conjuntivitis— es indispensable interrogar sobre viajes recientes, contacto con viajeros, antecedentes vacunales y exposición a casos sospechosos.

La confirmación requiere muestras para RT-PCR y serología, pero la notificación al sistema de vigilancia no debe esperar los resultados de laboratorio (1,6).

La eliminación no constituye un punto de llegada definitivo, sino un proceso que exige vigilancia permanente.

Mientras el virus continúe circulando en otras regiones del mundo, todos los países deberán mantener coberturas elevadas, sistemas diagnósticos ágiles y capacidad para responder rápidamente ante cada importación.

Las conclusiones: ¿qué nos deja este resumen?

El brote de sarampión de 2025 no significó la pérdida del estatus de eliminación en Argentina, pero sí puso en evidencia su fragilidad.

La rápida intervención de los equipos de vigilancia logró contener las cadenas de transmisión, aunque el episodio dejó expuestas brechas importantes en las coberturas vacunales y recordó que el virus aprovecha rápidamente cualquier disminución de la inmunidad colectiva.

La situación observada durante 2026, con casos importados contenidos y sin transmisión sostenida documentada, confirma que las estrategias de vigilancia siguen siendo efectivas.

Sin embargo, el verdadero desafío continúa siendo recuperar coberturas superiores al 95 % y sostenerlas en el tiempo.

En ausencia de ese objetivo, la reintroducción del virus seguirá siendo una amenaza permanente.

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