Puntos Clave
En la evaluación inicial de una quemadura, la profundidad real de la lesión puede no ser evidente en las primeras horas. El daño microvascular secundario puede hacer que una quemadura aparentemente superficial progrese a una lesión de mayor espesor dentro de las primeras veinticuatro a 48 horas. Por este motivo, aun las quemaduras pequeñas deben ser reevaluadas precozmente y no deben considerarse definitivamente leves en el primer contacto.
La estimación de la extensión no requiere métodos complejos en el ámbito domiciliario. Utilizar la palma del propio paciente como equivalente aproximado al 1% de la superficie corporal total permite tomar decisiones rápidas y suficientemente precisas. En adultos, una superficie menor del 5% suele manejarse en domicilio si no existen otros factores de riesgo, mientras que por encima del 10% la derivación hospitalaria está indicada, incluso si el paciente se encuentra clínicamente estable.
La localización de la quemadura puede ser más determinante que el tamaño de la lesión. Compromisos en cara, cuello, manos, pies, genitales, periné o sobre grandes articulaciones se asocian a mayor riesgo de secuelas funcionales, contracturas cicatrizales y alteraciones estéticas, por lo que estas zonas justifican derivación aun cuando la superficie afectada sea pequeña.
El contexto clínico del paciente debe incorporarse siempre a la toma de decisiones. En adultos mayores, personas con diabetes, enfermedad vascular, insuficiencia renal o inmunosupresión, la cicatrización es más lenta y la tasa de infección es mayor. En estos grupos, el umbral para derivar debe ser más bajo que en adultos jóvenes sanos, aun ante lesiones de extensión limitada.
El enfriamiento precoz de la lesión con agua corriente fresca durante quince a veinte minutos, realizado idealmente dentro de las primeras tres horas desde la quemadura, es una de las intervenciones con mayor impacto en la reducción del dolor, el edema y la profundidad final de la lesión. No debe utilizarse hielo ni agua muy fría, ya que la vasoconstricción intensa puede aumentar el daño tisular.
La limpieza adecuada de la herida con suero fisiológico o agua potable es suficiente para disminuir la carga bacteriana inicial y permitir una correcta evaluación de la profundidad. El uso rutinario de antisépticos irritantes no reduce la tasa de infección en quemaduras leves y puede enlentecer la epitelización por toxicidad local.
Las ampollas grandes, rotas o con contenido turbio deben desbridarse suavemente, ya que el tejido desvitalizado favorece la colonización bacteriana y dificulta la cicatrización. Las ampollas pequeñas e íntegras pueden dejarse como cobertura biológica transitoria si no interfieren con la movilidad ni con la curación.
El tratamiento local debe orientarse a mantener un ambiente húmedo, limpio y no adherente que favorezca la migración epitelial. En la mayoría de las quemaduras leves, los apósitos no adherentes con vendaje secundario seco son suficientes. La sulfadiazina de plata no es de primera elección en quemaduras superficiales, ya que se asocia a retraso de la epitelización.
Los antibióticos sistémicos no deben utilizarse de manera preventiva. Solo están indicados ante signos clínicos de infección, como celulitis perilesional, secreción purulenta, fiebre o deterioro general, o en pacientes de alto riesgo con manifestaciones locales. El uso innecesario no mejora los resultados y contribuye al desarrollo de resistencia bacteriana.
Toda quemadura debe considerarse una herida potencialmente tetanígena. Verificar el estado de vacunación es parte obligatoria de la evaluación inicial. Si el esquema es incompleto o desconocido, debe indicarse vacunación y, en heridas profundas o contaminadas, inmunoglobulina según normas nacionales. La imposibilidad de asegurar profilaxis adecuada en domicilio justifica la derivación.
La falta de epitelización clara luego de 10 a 14 días sugiere mayor profundidad de la lesión, infección subclínica o alteración de la cicatrización, y obliga a evaluación especializada. Persistir con curaciones domiciliarias más allá de ese plazo aumenta el riesgo de cicatrices patológicas y secuelas funcionales.
El seguimiento clínico es parte central del tratamiento y no un paso administrativo. El primer control debe realizarse dentro de las 24 a 48 horas, y luego ajustarse según evolución. En cada visita deben reevaluarse el dolor, los signos de infección, el avance de la epitelización y la funcionalidad del área comprometida.
Finalmente, derivar a tiempo no es un fracaso del manejo ambulatorio, sino una expresión de buena práctica clínica. La derivación precoz reduce la necesidad de cirugía, las secuelas funcionales y los días de internación, y es una de las decisiones más importantes en el cuidado inicial de las quemaduras.
Una consulta frecuente que no siempre es sencilla
En el domicilio, la escena suele ser cotidiana: una olla que se vuelca, una pava que salpica, una hornalla encendida, una plancha apoyada donde no debía estar.
Las escaldaduras por líquidos calientes explican cerca de 2/3 de las quemaduras atendidas en la comunidad, sobre todo en niños pequeños y adultos mayores (2).
El contacto con superficies térmicas representa otro porcentaje significativo, mientras que las quemaduras eléctricas o químicas son menos frecuentes pero más traicioneras, porque suelen producir lesiones profundas con poco compromiso cutáneo visible (3).
Aunque muchas quemaduras son pequeñas, presentan características que las vuelven clínicamente engañosas: la piel puede parecer relativamente conservada al inicio y profundizarse con el correr de las horas por daño microvascular progresivo.
El dolor puede disminuir cuando la lesión se hace más profunda, dando una falsa sensación de mejoría, y la pérdida de la barrera cutánea convierte a la herida en una puerta de entrada ideal para bacterias. A esto se suma que determinadas localizaciones, como manos, cara o genitales, no toleran errores sin dejar secuelas funcionales o estéticas.
1. Antes de curar, hay que ordenar el problema
En el primer contacto, la conducta no debería definirse por la apariencia aislada de la herida, sino por una evaluación estructurada que responda 3 preguntas fundamentales:
- ¿Qué profundidad tiene la quemadura?
- ¿Qué extensión compromete?
- ¿Dónde está localizada?
La profundidad es el principal determinante del pronóstico. Las quemaduras superficiales afectan solo la epidermis, generan eritema, dolor y no forman ampollas. No dejan cicatriz y no requieren más que medidas de confort.
Las quemaduras de espesor parcial superficial, que son las más frecuentes en la práctica domiciliaria, comprometen epidermis y dermis superficial. Se presentan con ampollas, piel húmeda y dolor intenso, y con manejo adecuado suelen cicatrizar en una a tres semanas, con buen resultado funcional (4).
Cuando el compromiso alcanza la dermis profunda, el aspecto cambia: el dolor puede ser menor, la piel se vuelve pálida o moteada y la cicatrización se enlentece, con mayor riesgo de cicatrices patológicas.
En las quemaduras de espesor total, la dermis se destruye por completo, la piel se vuelve seca y acartonada y la sensibilidad suele estar abolida; estas lesiones no cicatrizan espontáneamente y siempre requieren manejo quirúrgico (5).
Un punto central para la práctica ambulatoria es que la profundidad no siempre es definitiva en el primer examen. En las primeras 24 a 48 horas, el daño vascular puede progresar y transformar una lesión aparentemente superficial en una quemadura más profunda. Por eso, ninguna quemadura debe considerarse definitivamente leve sin una reevaluación evolutiva (4,5).
2. El tamaño importa, pero no es lo único que importa
Para estimar la extensión en el domicilio no se necesitan cálculos complejos. La regla más útil es simple: la palma del propio paciente, con los dedos incluidos, equivale aproximadamente al 1% de la superficie corporal total. Con esta referencia, el médico puede orientarse rápidamente (2,4).
En adultos, las quemaduras que comprometen menos del 5% de la superficie corporal suelen manejarse en domicilio si no hay otros factores de riesgo.
Entre, 5-10% el seguimiento debe ser estrecho y el umbral de derivación bajo. Por encima del 10%, la derivación hospitalaria está indicada, aun si el paciente se encuentra clínicamente estable (2,5).
En niños, superficies menores pueden asociarse a mayor riesgo de deshidratación, alteraciones térmicas y compromiso metabólico, por lo que los umbrales de derivación deben ser más bajos (2).
3. Cuando la ubicación define la gravedad
Hay quemaduras que, por su localización, no deberían manejarse en domicilio aunque sean pequeñas.
Las lesiones en cara y cuello plantean riesgo de compromiso de la vía aérea y secuelas estéticas. Las quemaduras en manos y pies pueden comprometer la función de manera permanente.
Las lesiones en genitales y periné se asocian a mayor riesgo de contaminación e infección.
Las que comprometen grandes articulaciones pueden evolucionar con retracciones cicatrizales y limitación funcional (2,5).
Además, el contexto del paciente pesa tanto como la herida. En adultos mayores, personas con diabetes, enfermedad vascular, insuficiencia renal o inmunosupresión, la cicatrización es más lenta y el riesgo de infección es mayor. En estos pacientes, lesiones que en un adulto joven sano podrían manejarse en domicilio justifican una evaluación hospitalaria precoz (4,5).
4. Manejo inicial: intervenciones simples que cambian el curso
Lo primero es detener la agresión térmica. La ropa caliente o empapada debe retirarse si no está adherida; si está pegada a la piel, debe cortarse alrededor sin intentar despegarla (4).
Luego viene una de las intervenciones más importantes: el enfriamiento de la lesión. El agua corriente fresca durante 15-20 minutos, idealmente dentro de las primeras 3 horas desde la quemadura, reduce el dolor, el edema y la profundidad final de la lesión.
No se recomienda el uso de hielo ni de agua muy fría, porque la vasoconstricción intensa puede empeorar el daño tisular (2,4).
El dolor debe tratarse activamente. En la mayoría de las quemaduras leves, paracetamol y antiinflamatorios no esteroideos son suficientes. En lesiones más extensas o profundas puede requerirse un opioide débil. Un buen control del dolor permite una limpieza adecuada y curaciones menos traumáticas (4).
La limpieza debe realizarse con suero fisiológico o agua potable, retirando suciedad y restos visibles.
El uso rutinario de antisépticos fuertes no reduce el riesgo de infección en quemaduras leves y puede retrasar la cicatrización por toxicidad local (6).
Las ampollas pequeñas e íntegras pueden dejarse como cobertura biológica transitoria. Las ampollas grandes, rotas o con contenido turbio conviene desbridarlas suavemente, ya que el tejido desvitalizado favorece la colonización bacteriana y dificulta la evaluación real de la profundidad (4,5).
5. Curaciones: favorecer la cicatrización, no complicarla
El objetivo del tratamiento local es mantener un ambiente húmedo, limpio y no adherente que favorezca la migración epitelial.
En la mayoría de los casos, alcanza con apósitos no adherentes, como gasas vaselinadas o siliconadas, y un vendaje secundario seco sin compresión excesiva (4,5).
Los antibióticos tópicos no son obligatorios en todas las quemaduras y deben reservarse para lesiones con mayor riesgo de infección. La sulfadiazina de plata, ampliamente utilizada durante décadas, hoy no se considera de primera línea en quemaduras leves porque se ha asociado a retraso de la epitelización y tiempos de cicatrización más prolongados (7).
Las curaciones suelen cambiarse cada 24 a 48 horas, según la cantidad de exudado y la evolución clínica (4).
6. Tétanos y antibióticos: 2 decisiones a tomar
Toda quemadura debe considerarse una herida potencialmente tetanígena. Si el esquema de vacunación no está completo o es desconocido, debe indicarse vacunación y, en heridas profundas o contaminadas, inmunoglobulina según normas nacionales. Si no es posible asegurar una profilaxis adecuada en domicilio, corresponde derivar (2,4).
Los antibióticos sistémicos NO deben utilizarse como profilaxis. Están indicados solo ante signos clínicos de infección, como:
- Celulitis perilesional
- Secreción purulenta
- Fiebre
- Deterioro general
- Pacientes de alto riesgo con signos locales
El uso innecesario no reduce infecciones y contribuye a la resistencia bacteriana (4,5).
7. Derivar: a veces la mejor decisión es no seguir en casa
Hay situaciones en las que la derivación debe ser inmediata:
- Quemaduras de espesor total
- Compromiso de zonas críticas
- Más del 10 % de superficie corporal en adultos
- Quemaduras eléctricas o químicas
- Sospecha de inhalación de humo
- Dolor no controlable
- Presencia de comorbilidades relevantes (2,5)
En otros casos, la indicación aparece con la evolución:
- Heridas que no muestran epitelización clara a los 10-14 días
- Infecciones persistentes
- Sospecha de mayor profundidad que la estimada inicialmente
En todos estos escenarios, insistir con curaciones domiciliarias prolonga la evolución y aumenta el riesgo de secuelas (4,5).
Derivar a tiempo no es un fracaso del manejo domiciliario; es, en muchos casos, la decisión que evita complicaciones mayores.
8. El seguimiento: donde se define gran parte del resultado
En las quemaduras manejadas en domicilio, el primer control debe realizarse dentro de las 24 a 48 horas. Luego, los controles se ajustan según la evolución, pero suelen ser necesarios cada 48 o 72 horas (4).
En cada visita se debe reevaluar el dolor, la presencia de signos de infección, el avance de la epitelización y, cuando corresponde, la función del área comprometida. La ausencia de mejoría clínica debe llevar a replantear la estrategia y considerar derivación.
Las conclusiones: ¿Qué nos deja este repaso?
La mayoría de las quemaduras que el médico evalúa en el domicilio pueden resolverse sin internación, pero no son lesiones triviales. La correcta evaluación inicial, el enfriamiento precoz, la curación adecuada y el seguimiento activo explican gran parte de la buena evolución.
El verdadero riesgo está en subestimar las quemaduras que parecen pequeñas, pero no lo son por su profundidad, su ubicación o el contexto del paciente.
En quemaduras, muchas veces, la diferencia entre una buena evolución y una secuela permanente se define en la primera decisión clínica.
Referencias
1. World Health Organization. Burns. Fact sheet. Geneva: WHO; 2023.
2. American Burn Association. Burn Center Referral Criteria. J Burn Care Res.
3. Brusselaers N, et al. Epidemiology and outcomes of burns worldwide. Lancet. 2010;376:108–17.
4. Singer AJ, Dagum AB. Current management of acute cutaneous wounds. N Engl J Med. 2008;359:1037–46.
5. Greenhalgh DG. Management of burns. N Engl J Med. 2019;380:2349–59.
6. NICE. Burns and scalds: recognition and management. Clinical Knowledge Summaries.
7. Atiyeh BS, et al. Effect of silver on burn wound infection control and healing. Burns. 2007;33:139–48.









