Puntos Clave
- Un estudio publicado en The Lancet en 2026 incluyó 547.264 adultos y más de 90.000 infecciones graves, demostrando una asociación sólida y consistente entre obesidad e infección severa en dos grandes cohortes independientes.
- La obesidad definida como IMC igual o mayor a 30 kg/m² se asocia con un hazard ratio de 1,7 para infección grave, lo que implica un aumento del 70% en el riesgo de hospitalización o muerte frente a un individuo con peso saludable.
- En obesidad grado III el riesgo se multiplica por más de 3, tanto para hospitalización como para mortalidad infecciosa.
- La relación es dosis -respuesta: a mayor IMC, mayor riesgo, lo que refuerza la plausibilidad biológica del hallazgo.
- El efecto persiste tras el ajuste por diabetes, hipertensión y enfermedad cardiovascular, lo que indica un impacto independiente de la adiposidad.
- Las infecciones cutáneas, virales y gastrointestinales muestran incrementos particularmente marcados, con riesgos que duplican o triplican los observados en individuos con peso saludable.
- A nivel global, el 10.8% de las muertes infecciosas en 2023 fueron atribuibles a obesidad, lo que equivale a 600.000 fallecimientos anuales.
- Durante 2021 esta fracción atribuible alcanzó el 15%, reflejando la magnitud del fenómeno en escenarios epidémicos.
- La reducción de peso se asoció con una disminución del riesgo infeccioso, lo que sugiere que la vulnerabilidad no es completamente irreversible.
- La obesidad debería incorporarse explícitamente en las estrategias de prevención de infecciones graves, incluyendo priorización vacunal y estratificación clínica de riesgo.
Cuando el problema deja de ser sólo crónico
Durante años pensamos la obesidad en términos de acumulación de riesgo. Aterosclerosis, diabetes tipo 2, insuficiencia cardíaca, cáncer. Enfermedades que se desarrollan en silencio a lo largo de décadas.
La pandemia del COVID-19 obligó a revisar esa mirada. El exceso de tejido adiposo no solo condiciona el futuro cardiovascular, también modifica el pronóstico inmediato frente a una infección aguda.
La pregunta que quedó abierta fue clara: ¿se trataba de un fenómeno específico de un virus respiratorio o de una vulnerabilidad inmunológica más amplia?
Un trabajo publicado en The Lancet en 2026 abordó esa pregunta con una escala inédita: más de medio millón de personas seguidas durante una década.
El análisis combinó 2 cohortes finlandesas, con 67.766 adultos, y el UK Biobank, que aportó 479.498 participantes. Se excluyeron quienes ya habían tenido infecciones graves al inicio del seguimiento.
En total, 547.264 adultos fueron seguidos durante más de 10 años.
En ese período se registraron más de 90.000 infecciones que requirieron hospitalización o causaron muerte.
No hablamos de cuadros ambulatorios leves. Se trata de infecciones que consumen recursos hospitalarios, prolongan internaciones, demandan antibióticos de amplio espectro, soporte intensivo y que, en muchos casos, terminan en desenlaces fatales.
Ese fue el desenlace evaluado.
1. El gradiente es inequívoco: el riesgo aumenta con el IMC
Comparadas con personas con IMC normal, entre 18.5 y 24.9 kg/m², aquellas con mayor adiposidad mostraron un incremento progresivo del riesgo.
En obesidad grado III, definida como IMC igual o mayor a 40 kg/m², los resultados fueron contundentes en el UK Biobank: el hazard ratio para la hospitalización por infección fue 3,07, mientras que para muerte por infección, este fue de 3.54.
Esto significa que una persona con obesidad grado III tiene más de 3 veces la probabilidad de ser hospitalizada o fallecer por una infección grave respecto de alguien con peso saludable. Esto una modificación profunda del perfil de riesgo frente al mismo agente infeccioso.
2. La obesidad en cualquier grado ya implica un aumento sustancial del riesgo
Cuando se analizó a la obesidad en general, definida como IMC igual o mayor a 30 kg/m², el hazard ratio combinado fue 1.7. Esto quiere decir que tener obesidad implica un 70% más riesgo de hospitalización o muerte por infección grave, al comparar con un individuo con peso saludable.
Si en una población determinada 10 personas con peso normal desarrollan una infección que requiere internación en un período dado, en un grupo comparable con obesidad esperaríamos alrededor de 17 eventos. Ese es el tamaño del efecto.
Lo relevante es que la asociación persistió luego de ajustar por edad, sexo, tabaquismo, hipertensión, síndrome metabólico, diabetes y enfermedad cardiovascular.
La obesidad no funciona solo como marcador indirecto de otras comorbilidades. Tiene un efecto propio e independiente.
3. Los resultados adversos no se limitan al aparato respiratorio
El estudio evaluó 925 diagnósticos infecciosos agrupados en 22 categorías.
La asociación fue transversal.
En infecciones bacterianas el hazard ratio se ubicó en torno a 1.7. En infecciones virales fue cercano a 2.
También se observaron incrementos en infecciones fúngicas y parasitarias.
Al analizar diagnósticos específicos, los incrementos fueron todavía más marcados en algunos escenarios clínicos frecuentes.
Las infecciones cutáneas y de partes blandas mostraron un hazard ratio de 2.8. Es decir, casi el triple de riesgo.
En el COVID-19 el hazard ratio fue 2.3, más del doble de riesgo.
Las infecciones gastrointestinales presentaron un hazard ratio de 2, lo que implica duplicar la probabilidad de desenlace grave.
Las infecciones urinarias tuvieron un hazard ratio de 1.8, con un aumento del 80% en el riesgo.
Las únicas excepciones consistentes fueron VIH y tuberculosis, probablemente por causalidad inversa asociada al bajo peso en estadios avanzados de estas enfermedades.
¿Qué ocurre desde el punto de vista biológico?
La obesidad no es simplemente acumulación de grasa. Es un estado inflamatorio crónico de bajo grado.
Se asocia con disfunción de linfocitos T, alteraciones en la actividad de células NK, compromiso funcional de neutrófilos, alteración del sistema del complemento e insulinorresistencia con hiperglucemia persistente.
El tejido adiposo visceral produce citocinas proinflamatorias que modifican la respuesta inmune innata y adaptativa. Se altera la capacidad de contención inicial del patógeno y, al mismo tiempo, puede potenciarse una respuesta inflamatoria desregulada.
Desde el punto de vista clínico, el huésped parte de una línea de base inmunológica alterada. Cuando aparece la infección, la probabilidad de progresión a formas graves es mayor.
Eso es exactamente lo que reflejan los hazard ratios observados.
Del riesgo individual a la carga global
Al aplicar los riesgos relativos observados a estimaciones del Global Burden of Disease, los autores calcularon que en 2023 hubo 5.4 millones de muertes por infecciones a nivel global. De ellas, 0.6 millones fueron atribuibles a obesidad. Esto quiere decir que el 10.8% de estas muertes por infecciones, se atribuyen a la obesidad (1 de cada 10).
Durante 2021, en el contexto de la pandemia, esa fracción alcanzó 15% (1 de cada 7 muertes infecciosas).
Implicancias para la práctica clínica en Argentina
En Argentina, más del 25% de los adultos presenta obesidad y más del 60% tiene exceso de peso.
Si trasladamos un hazard ratio de 1.7 a ese escenario, una proporción significativa de nuestras hospitalizaciones por neumonía, infecciones urinarias complicadas o infecciones cutáneas puede estar amplificada por el exceso de adiposidad.
En términos concretos, esto se traduce en mayor carga hospitalaria estacional, mayor consumo de antibióticos, mayor utilización de camas críticas y mayor vulnerabilidad frente a olas epidémicas.
La obesidad debería formar parte explícita de la estratificación de riesgo infeccioso y de la priorización vacunal.
Las conclusiones: ¿qué nos deja este estudio?
Este trabajo redefine a la obesidad como factor de riesgo infeccioso grave, además de su rol ya establecido en enfermedad cardiovascular y cáncer.
La asociación es consistente, muestra una clara relación dosis respuesta y fue replicada en dos poblaciones independientes con seguimiento prolongado.
Si parte de esta relación es causal, la prevención y el tratamiento de la obesidad podrían reducir no solo infartos y accidentes cerebrovasculares, sino también hospitalizaciones y muertes por infección.









