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¿Nuestros hijos vivirán menos que nosotros? Una pregunta que inquieta

Durante más de un siglo, cada generación vivió más que la anterior. La expectativa de vida aumentó de manera sostenida gracias a la reducción de la mortalidad infantil, las mejoras sanitarias, las vacunas, los antibióticos y el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, en las últimas 2 décadas comenzó a instalarse una pregunta que desafía una de las ideas más arraigadas de la salud pública moderna: ¿podría haberse frenado la revolución de la longevidad? Aunque no existe evidencia concluyente de que los niños nacidos hoy vayan a vivir menos que sus padres, estudios recientes sugieren que las ganancias de expectativa de vida se están desacelerando, mientras que la obesidad, la diabetes tipo 2 y otras enfermedades crónicas aparecen cada vez más temprano. Lo revisamos en INFOMED.

Puntos Clave

  • La expectativa de vida aumentó aproximadamente 30 años en muchos países desarrollados durante el siglo XX gracias a mejoras sanitarias, vacunas, antibióticos y reducción de la mortalidad cardiovascular.
  • En 2005, un artículo publicado en New England Journal of Medicine planteó que la epidemia de obesidad podría reducir la expectativa de vida de las futuras generaciones.
  • Los autores estimaron que el impacto acumulativo de la obesidad podría traducirse en una pérdida promedio de entre 2 y 5 años de expectativa de vida.
  • No existe evidencia actual que confirme que los niños nacidos hoy vayan a vivir menos que sus padres de manera generalizada.
  • Un estudio publicado en Nature Aging en 2024 concluyó que las ganancias de expectativa de vida continúan, pero muestran una desaceleración respecto de las observadas durante el siglo XX.
  • Un análisis de cohortes de 23 países publicado en PNAS en 2025 encontró resultados consistentes con una desaceleración de las mejoras futuras en longevidad.
  • Entre 2019 y 2021, la pandemia de COVID-19 produjo una reducción global de aproximadamente 1.8 años en la expectativa de vida mundial.
  • La expectativa de vida saludable también disminuyó durante la pandemia, reflejando una mayor carga de enfermedad.
  • La obesidad, la diabetes tipo 2 y otras enfermedades cardiometabólicas aparecen cada vez más temprano y representan una preocupación central para la salud futura de las poblaciones.
  • La principal discusión actual ya no gira únicamente en torno a cuántos años viviremos, sino a cuántos de esos años podrán vivirse con buena salud y autonomía.

Una conquista que parecía imparable

Pocas historias reflejan mejor el progreso humano que la evolución de la expectativa de vida: a mediados del siglo XIX, en gran parte de Europa y América del Norte, la expectativa de vida al nacer rara vez superaba los 40 años.

Las enfermedades infecciosas dominaban las estadísticas de mortalidad, la mortalidad infantil era elevada y complicaciones hoy tratables seguían siendo causas frecuentes de muerte.

La transformación comenzó con medidas que hoy parecen simples: acceso a agua potable, sistemas de cloacas, saneamiento ambiental, mejoras en la alimentación y en las condiciones de vivienda.

Más tarde llegaron las vacunas, los antibióticos, los avances obstétricos y, durante la segunda mitad del siglo XX, la revolución cardiovascular.

La reducción de la mortalidad por enfermedad coronaria y accidente cerebrovascular tuvo un impacto enorme. En países de altos ingresos, las tasas de mortalidad cardiovascular comenzaron a descender de forma sostenida desde la década de 1970 gracias al control del tabaquismo, el tratamiento de la hipertensión arterial, las estatinas, las unidades coronarias y los avances en cardiología intervencionista.

El resultado fue extraordinario: en muchos países desarrollados la expectativa de vida aumentó cerca de 30 años durante el siglo XX (1).

Durante décadas pareció razonable asumir que la tendencia continuaría indefinidamente.

Pero a comienzos del siglo XXI comenzaron a aparecer señales de advertencia.

El artículo que cambió la conversación

En 2005, S. Jay Olshansky y colaboradores publicaron en The New England Journal of Medicine un artículo que generó enorme repercusión científica y mediática (2).

El trabajo no describía una caída observada de la expectativa de vida. Era una advertencia.

Los autores argumentaban que la epidemia de obesidad podría revertir parte de los avances sanitarios logrados durante el siglo XX.

La preocupación se basaba en varios hechos:

  • La prevalencia de obesidad había aumentado de manera explosiva durante las décadas previas.
  • Paralelamente crecían la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, la enfermedad cardiovascular y otras complicaciones metabólicas.

Los investigadores propusieron que el impacto acumulativo de estos trastornos podría traducirse en una reducción promedio de la expectativa de vida de entre 2 y 5 años (2).

La frase que quedó instalada fue contundente: “Los niños de hoy podrían convertirse en la primera generación moderna que viva menos que sus padres”.

Aquella hipótesis fue discutida intensamente durante los años siguientes.

Veinte años después: la predicción no se cumplió, pero tampoco desapareció

Dos décadas más tarde, la expectativa de vida no se desplomó.

De hecho, continuó aumentando en gran parte del mundo hasta la irrupción de la pandemia de COVID-19.

Sin embargo, los investigadores comenzaron a observar otro fenómeno.

Las mejoras continuaban, pero eran progresivamente menores.

La expectativa de vida seguía creciendo, aunque a una velocidad inferior a la observada durante gran parte del siglo XX.

Esto llevó a reformular la pregunta. Quizás el problema ya no era una reducción abrupta de la longevidad. Quizás el interrogante era si las futuras generaciones seguirían experimentando los mismos aumentos extraordinarios observados en sus padres y abuelos.

El estudio de Nature Aging que reabrió el debate

En 2024, nuevamente liderado por Olshansky, un grupo internacional publicó un análisis en Nature Aging que evaluó la evolución de la expectativa de vida en algunas de las poblaciones más longevas del mundo (3).

El trabajo incluyó países y territorios que históricamente han encabezado los rankings mundiales de supervivencia: Japón, Corea del Sur, Australia, Francia, Italia, España, Suecia, Suiza y Hong Kong, además de Estados Unidos.

Los autores concluyeron que las ganancias en expectativa de vida continúan, pero muestran una desaceleración evidente respecto de las décadas previas (3).

El mensaje central fue que gran parte de los aumentos observados durante el siglo XX se lograron gracias a la reducción de la mortalidad prematura.

Una vez alcanzados niveles muy bajos de mortalidad en edades jóvenes y medias, cada año adicional de vida resulta más difícil de obtener.

En otras palabras, salvar la vida de una persona de 40 años agrega muchas más décadas potenciales de supervivencia que evitar una muerte a los 90 años.

Por eso, las mismas intervenciones sanitarias producen actualmente incrementos menores en la expectativa de vida promedio.

Los autores sostienen que, sin intervenciones capaces de modificar directamente los mecanismos biológicos del envejecimiento, es improbable que la expectativa de vida aumente al ritmo que algunos futuristas han proyectado (3).

La evidencia más reciente: las cohortes modernas viven más, pero ganan menos años

En 2025, investigadores del Max Planck Institute for Demographic Research publicaron un análisis de cohortes en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) (4).

El estudio examinó generaciones nacidas entre 1939 y 2000 en 23 países de altos ingresos.

La conclusión fue consistente con los hallazgos de Nature Aging: las mejoras en supervivencia continúan, pero la velocidad de crecimiento de la expectativa de vida parece estar desacelerándose (4).

Los autores observaron que las proyecciones actuales son menos optimistas que las realizadas décadas atrás y que las cohortes más recientes probablemente obtengan ganancias más modestas que las registradas durante gran parte del siglo XX.

Aunque el mensaje no implica una reducción de la longevidad, sí cuestiona la idea de una expansión indefinida y acelerada de la vida humana.

La pandemia mostró cuán frágil puede ser el progreso

La pandemia de COVID-19 recordó que los avances en supervivencia no son irreversibles.

Según la Organización Mundial de la Salud, entre 2019 y 2021 la expectativa de vida global disminuyó aproximadamente 1.8 años, la mayor caída observada en décadas (5).

La expectativa de vida saludable también disminuyó durante ese período (5).

Desde entonces, numerosos países recuperaron parcial o totalmente esas pérdidas, pero el episodio dejó una enseñanza importante: incluso indicadores que parecían avanzar de manera inexorable pueden retroceder frente a crisis sanitarias de gran magnitud.

El problema puede no ser cuánto vivimos, sino cómo vivimos: la expectativa de vida saludable

Existe otra razón por la cual los expertos comenzaron a mirar más allá de la expectativa de vida total.

La medicina moderna ha logrado retrasar muchas causas de muerte. Pero eso no necesariamente implica retrasar la aparición de enfermedad.

En numerosos países, la obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, la enfermedad renal crónica y la enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica aparecen a edades cada vez más tempranas.

Como consecuencia, muchas personas sobreviven durante más tiempo, pero pasan una mayor proporción de su vida conviviendo con enfermedades crónicas.

Por eso surgió el concepto de expectativa de vida saludable, que intenta medir no solamente cuántos años vive una persona, sino cuántos de esos años transcurren con independencia funcional y buena calidad de vida.

Para muchos especialistas, esta métrica podría ser hoy más relevante que la expectativa de vida total.

Obesidad: la gran preocupación de fondo

La obesidad continúa ocupando un lugar central en esta discusión.

La razón es sencilla: se trata de uno de los principales factores de riesgo para diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, apnea obstructiva del sueño, enfermedad renal crónica y múltiples tipos de cáncer.

Además, la obesidad infantil y adolescente se asocia con una mayor probabilidad de persistir en la edad adulta.

El problema no es solamente la presencia de enfermedad. También importa la duración de la exposición.

Un individuo que desarrolla obesidad o diabetes a los 20 años acumulará décadas adicionales de riesgo cardiovascular y metabólico en comparación con quien desarrolla esos trastornos a los 60 años.

Esa exposición prolongada preocupa particularmente a epidemiólogos y demógrafos.

Entonces, ¿nuestros hijos vivirán menos?

La respuesta más rigurosa es que no existe evidencia sólida para afirmarlo.

La predicción formulada en 2005 no se ha materializado de forma generalizada.

Sin embargo, la evidencia más reciente sí sugiere que las ganancias de longevidad observadas durante el siglo XX se están desacelerando.

Al mismo tiempo, las generaciones actuales parecen acumular más factores de riesgo cardiometabólico a edades tempranas.

Por eso la pregunta probablemente deba reformularse: más que preguntarnos si nuestros hijos vivirán menos años que nosotros, quizás debamos preguntarnos si llegarán a edades avanzadas con mejor salud de la que tenemos nosotros.

Las conclusiones: ¿qué nos deja esta revisión?

Durante gran parte del siglo XX, el aumento de la expectativa de vida fue uno de los mayores éxitos de la medicina y de la salud pública.

Ese progreso llevó a asumir que cada generación viviría más que la anterior.

La hipótesis de que los niños actuales podrían vivir menos que sus padres surgió en 2005 como una advertencia frente a la epidemia de obesidad.

Dos décadas después, la evidencia disponible no confirma ese escenario de manera generalizada.

Sin embargo, estudios recientes muestran que las ganancias de longevidad parecen estar desacelerándose en muchos países de altos ingresos. La expectativa de vida continúa aumentando, pero lo hace más lentamente que durante gran parte del siglo pasado.

Al mismo tiempo, la obesidad, la diabetes tipo 2 y otras enfermedades crónicas aparecen cada vez más temprano, amenazando la calidad de esos años adicionales.

Quizás el principal desafío del siglo XXI no sea prolongar indefinidamente la vida humana, sino lograr que los años ganados se vivan con salud, autonomía y buena capacidad funcional.

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