Puntos Clave
- Un grupo de investigadores analizó, a partir de una población del estudio Framingham, las asociaciones entre la práctica de actividad física y el desarrollo de demencia.
- La evidencia proviene de 4.354 adultos seguidos hasta 37 años, con 567 casos de demencia (369 de estos, tipo Alzheimer).
- La actividad física en la mediana edad se asocia con 41% menos riesgo de demencia, con valores robustos (HR ~ 0.59-0.60).
- En adultez mayor, sostener el movimiento diario reduce el riesgo 36-45%, incluso sin ejercicio vigoroso.
- No se observó una asociación significativa en adultez temprana (26-44 años).
- La actividad física mostró beneficios independientes de la genética APOE ε4, especialmente en los adultos mayores.
- En Argentina, solo el 40% de los adultos cumplen las recomendaciones mínimas de movimiento, y menos de 30% en mayores de 60 años.
- Las estrategias de prevención cognitiva deberían incorporar la prescripción de ejercicio en controles de rutina desde los 45 años.
Una pregunta sencilla con grandes implicancias
La demencia no comienza cuando el paciente consulta por olvidos. Es el punto final de décadas de acumulación de riesgos vasculares, inflamatorios, metabólicos y neurodegenerativos.
La hipertensión sostenida desde los 50 años, la resistencia a la insulina, el sedentarismo, la obesidad abdominal, el tabaquismo o el aislamiento social funcionan como un “ruido de fondo” que lentamente altera la arquitectura del sistema nervioso.
Por eso, la pregunta correcta no es si el ejercicio “sirve” para el cerebro, si no cuándo conviene insistir más con la actividad física para obtener un efecto preventivo real.
El estudio del Framingham ofrece algo poco usual: 3 mediciones prospectivas de actividad física en distintos períodos de la vida adulta y seguimiento clínico prolongado hasta 2023.
Ese diseño permite observar el curso de vida y no conclusiones estáticas tomadas en una sola foto.
Cómo se estudió: tres edades, un mismo método, con décadas de seguimiento
Los autores usaron datos del Framingham Offspring Cohort, midiendo la actividad física mediante el Physical Activity Index (PAI), que puntúa horas de sueño, sedentarismo y actividad ligera, moderada o vigorosa.
Luego se asignó a los participantes a quintiles (Q1 = menor actividad a Q5 = mayor actividad).
Se evaluaron 3 períodos:
- Adultez temprana (1979-1983): 1.526 participantes, entre 26 y 44 años, edad media 36.7 años, 53.8 % mujeres.
- Mediana edad (1987-1991): 1.943 participantes, entre 45 y 64 años, edad media 54 años, 52 % mujeres.
- Adultez mayor (1998-2001): 885 participantes, entre 65 y 88 años, edad media 71 años, 53.4 % mujeres.
El seguimiento promedio fue de:
- 37.2 años para la adultez temprana.
- 25,9 años para la mediana edad.
- 14.5 años para la adultez mayor.
Durante el seguimiento se registraron 567 casos de demencia, de los cuales 369 fueron enfermedad de Alzheimer.
Los modelos estadísticos se ajustaron por edad, sexo, educación, índice de masa corporal, tabaquismo, hipertensión, diabetes, lípidos y estado genético APOE ε4, el principal factor hereditario asociado a enfermedad de Alzheimer.
Los resultados: ¿qué encontraron en este estudio?
1. El punto de mayor efecto: la mediana edad.
Quienes estaban en los quintiles más altos de actividad física (Q4 y Q5) entre los 45 y 64 años tuvieron 41% menos riesgo de demencia (HR 0.59-0.60).
Estos resultados se mantuvieron consistentes cuando el análisis se limitó a demencia tipo Alzheimer, con reducciones similares.
2. Adultez mayor: mover el cuerpo sigue valiendo la pena
En el grupo de 65 a 88 años, los quintiles altos se asociaron con 36-45% menos riesgo de demencia (HR 0.55 a 0.64).
Algo clave: en adultos mayores, el beneficio no dependió de la intensidad de actividad. No hizo falta ejercicio vigoroso; caminar, jardinería, baile, actividad doméstica y movimiento sostenido fue suficiente.
3. Adultez temprana: impacto no significativo
En el grupo de 26 a 44 años no se observó asociación estadísticamente significativa entre actividad física y menor incidencia de demencia.
Esto no implica que no valga la pena moverse desde jóvenes, sino que las trayectorias preventivas de demencia parecen “escuchar” con más fuerza al organismo cuando ya existen factores de riesgo acumulados, particularmente en mediana edad.
4. Un hallazgo clínico relevante: genética versus estilo de vida
Los autores analizaron el efecto de la actividad física según el estado APOE ε4.
En no portadores, la actividad física en mediana edad mostró reducciones claras en riesgo.
En portadores hubo menos efecto preventivo en mediana edad, pero sí hubo reducción significativa en adultez mayor.
Se vio acá que aun con riesgo genético elevado, la actividad física sostenida puede proteger, sobre todo, en la vejez.
Fortalezas del estudio: las características basales que ayudan el análisis
Ciertas características le aportan fortaleza a estos resultados:
- La distribución por sexo fue equilibrada (aproximadamente 52-54% mujeres en cada grupo).
- Hubo una medición prospectiva con 3 puntos temporales reales, no recuerdo retrospectivo.
- El diagnóstico de demencia fue consensuado por equipo clínico, no por cuestionarios autoinformados.
- Se realizaron ajustes por factores cardiovasculares clave, que, de no considerarse, podrían explicar la relación entre actividad y demencia.
Los autores señalan un detalle metodológico importante: la mayor mortalidad durante el seguimiento ocurrió entre quienes eran más sedentarios y de mayor edad, algo que posiblemente subestima el efecto real del ejercicio por “sesgo de supervivencia”.
Datos locales: qué pasa en Argentina
En nuestro país conviven entre 400.000 y 500.000 personas con demencia, según estimaciones de fuentes epidemiológicas nacionales, con predominio del Alzheimer (60-70% de los casos).
La prevalencia aumenta a partir de los 65 años y se acerca al 15-20% entre los mayores de 80 años.
La Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR) muestra que:
- Solo 4 de cada 10 argentinos cumplen con la recomendación de actividad física recomendada. En mayores de 60 años, ese número cae a 3 de cada 10,
- El sedentarismo aumenta de manera sostenida a partir de los 50 años, justo donde el estudio del Framingham identifica la ventana de mayor impacto preventivo.
Además:
- La Organización Panamericana de la Salud estima que la demencia se duplicará en América Latina entre 2020 y 2050, pasando de 4.3 a más de 8 millones de personas.
- En Argentina, 7 de cada 10 personas con demencia viven en su casa, sostenidas principalmente por la familia.
- El retraso promedio en diagnóstico ronda los 2 a 3 años desde los primeros síntomas.
Esto convierte a la actividad física en una herramienta de prevención accesible, económica y de alto impacto social.
Cómo traducir esto a la consulta clínica diaria
Los médicos tenemos que preguntar explícitamente por actividad física en controles de rutina en pacientes de 45 años o más.
Es más, la actividad física se tiene que prescribir como si se tratara de un fármaco: frecuencia, intensidad y duración.
En la mediana edad, tenemos que apuntar a actividad moderada o vigorosa: caminar rápido, bicicleta, natación, ejercicios aeróbicos y fuerza.
En adultos mayores, privilegiar el “moverse todos los días”, como objetivo mínimo.
Tenemos que explicar que la prevención incluye cerebro y corazón: ejercicio, control de presión arterial, control glucémico, dieta cardioprotectora y abandono del tabaco.
Referencias
- https://jamanetwork.com/journals/jamanetworkopen/fullarticle/2841638
- https://www.thelancet.com/article/S0140-6736(20)30367-6/fulltext
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24885250/
- https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3567914/
- https://www.indec.gob.ar/indec/web/Nivel4-Tema-4-32-68
- https://www.paho.org/es/temas/demencia









