Puntos Clave
- En 1987, el Western Journal of Medicine publicó una revisión que describió cómo responde el organismo humano a la microgravedad.
- La microgravedad elimina una constante central de la fisiología humana —la gravedad— y obliga al organismo a adaptarse rápidamente, generando cambios multisistémicos medibles en pocas semanas.
- La evidencia pasó de poco más de 100 astronautas en 1987 a más de 800 personas expuestas, con misiones actuales de hasta 6–12 meses.
- En las primeras 72 horas, entre el 60–80% de los astronautas presenta desorientación vestibular con náuseas y vómitos por pérdida de referencia gravitatoria.
- Se produce una redistribución de 1–2 litros de fluidos hacia el tórax y la cabeza, con reducción del volumen plasmático y riesgo de intolerancia ortostática al regresar a la Tierra.
- El corazón se desacondiciona: disminuyen el volumen cardíaco, el volumen sistólico y el consumo máximo de oxígeno.
- Cerca de la mitad de los astronautas desarrolla “anemia del espacio”, con reducción de la masa de glóbulos rojos en pocas semanas.
- La pérdida ósea se acelera de forma marcada: lo que en la Tierra ocurre en un año puede suceder en un mes, con pérdidas de hasta 10–15% en misiones prolongadas.
- La masa y fuerza muscular disminuyen significativamente en semanas, especialmente en músculos antigravitatorios, incluso con ejercicio.
- La exposición a radiación en el espacio es muy superior a la terrestre y se asocia a mayor riesgo de daño del ADN y cáncer.
- La microgravedad no genera enfermedades nuevas, sino que acelera procesos conocidos como osteoporosis, sarcopenia y desacondicionamiento cardiovascular.
- En el contexto actual de expansión de la exploración espacial, estos hallazgos vuelven a ser relevantes.
El día que la gravedad deja de existir
La fisiología humana está diseñada para funcionar bajo una constante: la gravedad terrestre, de aproximadamente 9.8 m/s². Ese valor define la distribución de los líquidos, la carga sobre el hueso, el tono muscular y hasta la forma en que el cerebro interpreta el equilibrio.
Cuando esa constante desaparece, como ocurre en el espacio, el organismo entra en un escenario que no tiene equivalente en la Tierra. No se trata de una enfermedad puntual, sino de la pérdida simultánea de múltiples referencias fisiológicas.
Lo interesante es que el cuerpo no falla de inmediato: se adapta, pero esa adaptación tiene un costo medible.
Lo que en la Tierra ocurre en años, como la pérdida ósea o muscular, en microgravedad puede observarse en semanas o pocos meses (1-3).
De 100 a más de 800 humanos: cuando la evidencia cambia de escala
En el momento en que se publicó el artículo original, la experiencia acumulada era limitada: poco más de 100 astronautas, con misiones que muchas veces no superaban los 10 a 14 días (1).
Hoy el escenario es otro: hasta 2025–2026, más de 650 personas realizaron vuelos orbitales. Si se suman vuelos suborbitales comerciales, la cifra supera las 800.
De todos estos viajes al espacio, el 85% corresponde a programas estatales, y alrededor del 10–15% a vuelos comerciales.
Pero el dato más importante no es solo cuántos fueron, sino cuánto tiempo estuvieron expuestos.
Las misiones actuales en la Estación Espacial Internacional duran en promedio 180 días, es decir, aproximadamente 6 meses.
Existen astronautas con exposiciones acumuladas superiores a los 300 días, y el récord continuo supera los 430 días en órbita.
Primeras 72 horas: el momento en qué el cerebro pierde su referencia
Uno de los primeros sistemas en evidenciar el cambio es el sistema vestibular: la llamada enfermedad por movimiento espacial, ya descrita en 1987 (1), es extremadamente frecuente.
Entre el 60 y el 80% de los astronautas presenta síntomas clínicos. Si se incluyen formas leves, la cifra puede acercarse al 90%.
El patrón temporal es bastante constante:
- Inicio dentro de las primeras 24 horas.
- Pico entre las 48 y 72 horas.
- Resolución hacia el día 4 o 5.
Durante ese período, los síntomas más frecuentes son náuseas (70%) y vómitos (30-50%).
La causa no es el movimiento, sino la falta de coherencia entre sistemas sensoriales:
- El oído interno, diseñado para detectar gravedad, deja de recibir esa señal.
- La visión y la propiocepción siguen activas, pero sin una referencia común.
El resultado es una forma de desorientación fisiológica transitoria, pero clínicamente relevante.
Redistribución de fluidos: un cambio de litros en días
En condiciones normales, aproximadamente el 60-70% del volumen sanguíneo se encuentra por debajo del nivel del corazón, determinado por la gravedad.
En microgravedad, ese gradiente desaparece en minutos.
El resultado es un desplazamiento de entre 1 y 2 litros de líquido hacia el tórax y la cabeza (1,5). Este cambio ocurre rápidamente y desencadena una serie de adaptaciones.
En los primeros días:
- El volumen plasmático disminuye entre un 10 y un 17%.
- El volumen sanguíneo total puede reducirse hasta un 10%.
El organismo interpreta inicialmente una sobrecarga central y activa mecanismos de eliminación de volumen. Con el tiempo, esto genera un estado de hipovolemia relativa.
Al regresar a la Tierra, ese sistema, adaptado a la microgravedad, se enfrenta nuevamente a la gravedad. El resultado es clínico: entre el 20 y el 30% de los astronautas presenta intolerancia ortostática, con dificultad para mantener la presión arterial al ponerse de pie (5), lo que los predispone al pre-síncope y síncope.
El corazón: un músculo que también se desacondiciona
En ausencia de gravedad, el corazón trabaja contra una menor carga. Y como todo músculo sometido a menor exigencia, se adapta.
El análisis de datos muestra:
- Una reducción del volumen cardíaco de 8–12%.
- Una disminución del volumen sistólico de hasta 10-15%.
- Un descenso del VO₂ (consumo de oxígeno) máximo entre 10 y 25%, en ausencia de contramedidas (3).
A esto se suma la alteración del reflejo baro-rreceptor, que genera una menor tolerancia al ortostatismo.
Este patrón reproduce, en forma acelerada, lo que se observa en pacientes con reposo prolongado o desacondicionamiento cardiovascular.
La sangre: menos glóbulos rojos en pocas semanas
Se ha descrito, en hasta casi la mitad de los astronautas, la “anemia del espacio” (1).
Esta se produce porque durante las primeras semanas la masa eritrocitaria disminuye entre 10 y 15%. Este descenso comienza dentro de los primeros 10 a 14 días.
Los mecanismos que lleva a esta condición incluyen:
- Reducción de eritropoyetina.
- Aumento de destrucción eritrocitaria.
- Cambios en volumen plasmático (3,5).
Esta se trata de una adaptación fisiológica más que de una enfermedad.
El hueso: una pérdida anual, en un mes
El esqueleto es uno de los sistemas más afectados por la ausencia de carga mecánica.
En la Tierra la pérdida de densidad mineral ósea es de aproximadamente 1-2% por año. En condiciones de microgravedad, esa misma pérdida ocurre en 1 mes.
En una misión de 6 meses la pérdida acumulada puede alcanzar entre 6 y 12%, e incluso hasta 15% en algunos casos (2).
Las regiones más afectadas son la columna lumbar, la cadera, y la pelvis.
Este proceso se acompaña de un aumento de resorción ósea, y de hipercalciuria.
Es, en términos fisiopatológicos, una osteoporosis acelerada.
El músculo: semanas para perder lo que llevó años ganar
El músculo sigue un patrón paralelo. Durante misiones prolongadas:
- La masa muscular puede reducirse entre un 15 y un 20%.
- La fuerza disminuye entre un 10 y un 30%.
- El volumen de los miembros inferiores puede caer hasta un 25%.
Los músculos más afectados son los antigravitatorios, como cuádriceps y sóleo.
Este fenómeno ocurre incluso con ejercicio intensivo, lo que subraya el rol central de la gravedad como estímulo fisiológico (3).
Radiación: el límite que no depende del cuerpo
Mientras todos estos cambios ocurren dentro del organismo, hay un factor externo que define los límites de la exploración: la radiación.
En órbita baja, la exposición por misión es de 50 a 200 mSv. En comparación, la exposición anual promedio en la Tierra es de aproximadamente 3 mSv.
Esto implica que una misión puede equivaler a 10 a 20 años de exposición terrestre.
En misiones más allá de la órbita baja, las estimaciones alcanzan entre 300 y 600 mSv.
Este nivel de exposición se asocia con, mayor riesgo de cáncer, y daño acumulativo del ADN (7).
El concepto central: no son enfermedades nuevas
El aporte más relevante la revisión publicada en de 1987 es conceptual: la microgravedad no genera enfermedades nuevas, lo que hace es acelerar procesos que ya conocemos.
En pocas semanas, reproduce procesos que tardan en general meses o años, cómo por ejemplo:
- Osteoporosis.
- Sarcopenia.
- Desacondicionamiento cardiovascular.
- Disfunción autonómica.
Este es un modelo fisiopatológico donde el tiempo se comprime.
Las conclusiones: ¿Qué nos dejan estos estudios?
Con más de 800 personas expuestas, misiones de hasta 12 meses y miles de días acumulados en microgravedad, la evidencia actual confirma lo que aquel trabajo anticipó en 1987 (1-3,5).
La microgravedad induce un síndrome multisistémico que se instala en semanas, progresa en meses, afecta múltiples órganos en simultáneo, y no siempre es completamente reversible.
En el contexto actual de expansión de la exploración espacial, estos hallazgos vuelven a ser relevantes en ciertos ámbitos. Pero incluso fuera de ese escenario, estos análisis nos sirven para repasar la fisiología humana en condiciones extremas.
Referencias
- https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC1025852/pdf/westjmed00145-0074.pdf
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/15758512/
- https://ntrs.nasa.gov/citations/20040173169
- https://www.researchgate.net/publication/259588288_Blood_pressure_regulation_
IV_Adaptive_responses_to_weightlessness - https://www.science.org/doi/10.1126/science.aau8650
- https://www.researchgate.net/publication/7707573_Exercise_and_pharmacological_
countermeasures_for_bone_loss_during_long-duration_space_flight - https://ntrs.nasa.gov/api/citations/20250004252/downloads/Book%20Chapter.pdf









