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“Magnetismo” post vacuna COVID: cuando la mala ciencia alimenta teorías conspirativas

En los últimos años, uno de los mitos antivacunas más llamativos fue el de la “gente imantada” después de recibir vacunas contra la COVID-19. Videos virales, cucharas pegadas al pecho, imanes en el brazo de la vacuna, supuestos “experimentos” caseros. Sobre ese ruido mediático se monta el artículo “Clinical Manifestations of Iatrogenic Magnetism in Subjects After Receiving COVID-19 Injectables: Case Report Series”, publicado en 2025 en el International Journal of Innovative Research in Medical Science. El trabajo pretende describir una serie de casos de “magnetismo iatrogénico” en personas vacunadas contra COVID-19. Más que un aporte científico, es un ejemplo muy claro de cómo se puede vestir de “paper” a algo que no supera el nivel de anécdota sesgada, especulación biológica forzada y militancia antivacunas. Resumimos en INFOMED los efectos que puede tener un "paper" flojo de papeles.

Puntos Clave

  • El mito del “magnetismo post vacuna COVID” resurgió en redes sociales con videos de personas “imantadas”, y recientemente tomó forma académica en un artículo que pretende describir “magnetismo iatrogénico” tras la vacunación.
  • Este trabajo, lejos de aportar evidencia científica, se enmarca en una narrativa antivacunas y se difundió sin controles metodológicos adecuados.
  • El artículo presenta solo seis casos sin controles, reclutados entre personas previamente convencidas de haber tenido reacciones graves, basado en autorreportes y sin mediciones físicas objetivas.
  • No existe demostración real de magnetismo: no se midieron campos, no se descartaron causas triviales como fricción o humedad en la piel, ni se aplicaron pruebas básicas de física.
  • Las hipótesis biológicas propuestas —como proteínas ferromagnéticas inducidas por vacunas o redistribución masiva de hierro— carecen de plausibilidad científica y no están respaldadas por ningún dato experimental.
  • Los sistemas de farmacovigilancia serios (CDC, EMA, VAERS) no registran fenómenos de este tipo tras miles de millones de dosis administradas.
  • El mito del magnetismo se explica por adherencia física simple y no por efectos de las vacunas, que no contienen metales ferromagnéticos ni sustancias capaces de generar campos magnéticos.
  • El “paper” no demuestra magnetismo ni efectos biológicos asociados; es un ejemplo de cómo la mala ciencia puede vestir de legitimidad narrativas conspirativas.
  • Episodios como la demostración pública en el Congreso Argentino muestran cómo estos discursos penetran espacios institucionales y erosionan la confianza en la vacunación.
  • Las vacunas no generan magnetismo: generan teorías conspirativas cuando faltan pensamiento crítico y comunicación científica clara. Como profesionales, debemos sostener evidencia sólida, desmontar desinformación y defender la salud pública.

Qué dice el artículo

El trabajo presenta 6 casos de adultos que, luego de haber recibido “inyectables COVID-19” (principalmente Comirnaty/Pfizer y en algunos casos Moderna), refieren que objetos metálicos (cucharas, imanes, pequeños objetos ferromagnéticos) se adhieren a distintas partes de su cuerpo: frente, sienes, esternón, hombros, hemitórax.

Hablan de pesos de hasta 70 gramos que quedarían “pegados” a la piel.

Algunos elementos centrales del artículo:

  • El “magnetismo” aparece tardíamente: entre 1 y 20 meses después de la vacunación.
  • No se limita al sitio de inyección: se describe en frente, sienes, pecho, etcétera.
  • Se agregan síntomas muy vagos: cefalea, arritmias, sudoración, temblor, “fallas cognitivas”, tinnitus, dolores musculares, etcétera.
  • En un caso, el magnetismo habría desaparecido con NAD+ oral, un suplemento “mitocondrial”, cuyo uso hoy no tiene validación científica, al menos en adultos sanos, pese a ser popular en el mercado de la suplementación. En otro, reaparecería al suspenderlo.
  • Se describe un fenómeno de “shedding”: un niño no vacunado que se “imantaría” luego de convivir con su madre vacunada y supuestamente “magnética”.

En la parte “explicativa”, los autores proponen que el material genético de las vacunas (mRNA o ADN) podría inducir la síntesis de proteínas con propiedades ferromagnéticas o alterar de tal manera el metabolismo del hierro que se generen zonas del cuerpo capaces de atraer objetos metálicos.

Incluso mencionan homología entre la proteína “spike” o S del SARS-CoV-2, y la hormona hepcidina, clave en el metabolismo del hierro, y especulan sobre redistribución de hierro a ciertas zonas, como los lóbulos frontales.

Finalmente, concluyen que:

  • El fenómeno sería “real” y no un efecto nocebo (es decir, el efecto contrario al “placebo”, en el que al creer en un efecto positivo de un fármaco o vacuna, este efecto se tiene).
  • Las vacunas Pfizer (sobre todo lotes que incluyen la letra “F”) estarían “sobrerrepresentadas” entre los casos.
  • Haría falta “investigar la composición” de los lotes y cuestionan el control de calidad de los entes reguladores.
  • Reclaman “transparencia” vinculándola a figuras como Robert F. Kennedy Jr. y agradecen explícitamente a referentes antivacunas como Sherri Tenpenny.

Es decir: no es solo una serie de casos, es un artículo escrito desde un marco ideológico muy claro. Y como esto puede aparecer en un buscador o biblioteca pública reconocida.

¿Qué problemas tiene el estudio (y por qué no se sostiene)?

Desde el punto de vista metodológico y científico, el trabajo es extremadamente débil. Algunos puntos clave:

1. Muestra minúscula, reclutada por militancia y sin controles

Seis personas, reclutadas entre quienes ya estaban convencidos de haber tenido “reacciones graves” a la vacuna y habían respondido cuestionarios previos de los mismos autores.

No hay grupo control: no comparan con personas vacunadas sin “magnetismo” ni con personas no vacunadas.

Tampoco hay aleatorización, cegamiento ni mediciones objetivas con instrumentos (magnetómetro, mediciones de campo, análisis físico de los objetos).

Básicamente, son relatos auto-reportados, recogidos en un contexto de desconfianza extrema hacia las vacunas, amplificados por redes y por médicos abiertamente antivacunas. Es el caldo de cultivo perfecto para sesgo de selección, sesgo de confirmación y efecto nocebo.

2. No hay ninguna demostración física de “magnetismo”

No se miden campos magnéticos.

No se usan controles simples (por ejemplo, intentar pegar objetos en otras personas, o usar materiales no magnéticos disfrazados de metálicos).

No se cuantifica fuerza de adhesión, ni se descartan causas triviales como sudor, grasa cutánea, fricción y posición del cuerpo.

Sabemos desde hace años que muchos videos de “imanes pegados a la piel” se explican por la fricción y la fina película de humedad y grasa que genera adherencia, incluso con objetos que ni siquiera son ferromagnéticos (cucharas de aluminio o aleaciones no magnéticas). Esto no tiene nada que ver con campos magnéticos verdaderos.

3. Biología especulativa al borde de la ciencia ficción

La hipótesis de fondo es que el mRNA o el ADN de las vacunas inducirían proteínas “ferromagnéticas” o redistribución de hierro de tal magnitud que el cuerpo genere un campo capaz de atraer objetos metálicos externos.

Eso no sólo no está demostrado: no es físicamente verosímil con las dosis y mecanismos involucrados.

Las vacunas COVID-19:

  • No contienen metales ferromagnéticos (hierro, níquel, cobalto, “nanopartículas magnéticas”, microchips, etc.).
  • Usan cantidades ínfimas de mRNA o vectores virales que se degradan rápidamente.

Para generar un campo capaz de sostener una cuchara o un imán de varios gramos haría falta una cantidad de material ferromagnético o una corriente eléctrica mantenida que sería incompatible con la vida normal. No se ve en estudios de imágenes, no se reporta en millones de resonancias magnéticas hechas a personas vacunadas, no aparece en ninguna serie clínica seria.

La especulación de “proteínas ferromagnéticas” y “redistribución de hierro al cerebro” es una narrativa fantasiosa sin ningún dato experimental que la respalde.

4. Silencio de todos los sistemas de farmacovigilancia serios

Los propios autores reconocen que:

  • No hay reportes de “magnetismo” en los ensayos clínicos ni en las fichas técnicas.
  • No hay registros en VAERS (el sistema estadounidense de notificación de eventos adversos).

Pero en lugar de concluir lo obvio (“es extremadamente improbable que sea un efecto farmacológico real”) eligen insinuar encubrimientos, fallas de control de calidad y conspiraciones regulatorias. Esta actitud es típica de cuando se tratan de promover o sugerir recomendaciones o fármacos con falta de evidencia científica solida: el problema es del sistema, o de las empresas farmacéuticas, que “a propósito” miran para otro lado.

Mientras tanto, las agencias reguladoras (CDC, MHRA, EMA, entre otras) han aclarado en repetidas ocasiones que ninguna de las vacunas autorizadas contiene componentes que puedan producir magnetismo, y que no existen señales de seguridad compatibles con ese fenómeno tras miles de millones de dosis administradas en el mundo.

¿Qué sabemos de verdad sobre el mito del “magnetismo” post vacuna?

El mito del magnetismo apareció temprano en la pandemia, alimentado por videos virales, influencers y referentes conspirativos. Estudios sobre desinformación mostraron cómo la narrativa de la “persona imán” se expandió sobre todo en redes sociales, aprovechando la ansiedad, la desconfianza en las autoridades sanitarias y la dificultad de la gente para distinguir evidencia real de contenido manipulado.

Cuando se analizan los hechos, la evidencia es clara:

1. Composición de las vacunas

No contienen metales ferromagnéticos. No tienen microchips, “nanotubos”, nanopartículas magnéticas ni nada parecido.

Los excipientes (lípidos, sales, azúcares, buffers) son ampliamente conocidos y utilizados hace décadas.

2. Física básica

Un campo magnético capaz de sostener un objeto de 20–70 g requeriría cantidades de material ferromagnético o corrientes que serían incompatibles con un organismo humano indemne.

Nada de eso se observa en estudios de laboratorio ni en la práctica clínica (por ejemplo, en resonancias magnéticas, donde cualquier metal mínimamente relevante genera artefactos visibles y riesgo real).

3. Farmacovigilancia seria y responsable

Tras miles de millones de dosis, no se han descrito fenómenos de magnetismo en los sistemas de vigilancia serios (VAERS, EudraVigilance, sistemas nacionales, etc.).

4. Explicación alternativa sencilla

En esta adicción podría estar la respuesta:

Piel con algo de grasa y humedad + objeto liso + ligera presión + ciertas posturas = el objeto “se queda pegado” por fricción y tensión superficial.

Esto funciona igual con personas vacunadas, no vacunadas, antes y después de la pandemia; y muchas veces con objetos que ni siquiera son magnéticos.

Una sólida conclusión

Ante este conjunto de información, la conclusión razonable es siempre la misma: las vacunas NO producen magnetismo.

Lo único que “atraen” son teorías conspirativas, likes en redes y clicks para sitios antivacunas.

Lo que pasó esta semana en el Congreso de la Nación Argentina : un papelón mediático (y político)

El artículo no aparece en el vacío. Se inserta en el mismo clima que vimos hace unos días en el Congreso de la Nación Argentina, cuando se organizó una jornada abiertamente antivacunas en el Anexo de Diputados, impulsada por la diputada del PRO Marilú Quiroz.

En esa actividad, transmitida por Diputados TV y financiada con recursos públicos, se intentó “demostrar” en vivo el magnetismo post vacuna:

  • Una expositora se pegó imanes en el cuerpo, afirmando que eso probaba que las vacunas dejan “residuos metálicos”.
  • Se habló de “obligatoriedad y compulsividad” de la vacunación.
  • Se repitieron argumentos desmentidos hace años sobre composición, efectos adversos y conspiraciones globales.

La respuesta no se hizo esperar. Organizaciones científicas, sociedades médicas y legisladores como Pablo Yedlin cuestionaron con dureza que el Congreso se use para amplificar la desinformación que pone en riesgo la salud pública.

“Las vacunas no se discuten con el hombre imán: se respetan, se cumplen y salvan vidas”, fue uno de los mensajes más claros.

Ese episodio es casi la escenificación en vivo del mismo tipo de relato que sostiene el artículo sobre “iatrogenic magnetism”: cucharas pegadas, lenguaje pseudocientífico, apelación a anécdotas y ausencia total de controles mínimos.

¿Por qué este tipo de “papers” son peligrosos?

Podría pensarse que un artículo así es inofensivo, una curiosidad extravagante. No lo es.

1. Viste con guardapolvo blanco lo que no es ciencia

Publicar en una revista de bajo impacto, con revisión por pares muy laxa, da al discurso antivacunas una fachada de respetabilidad (“hay estudios que prueban el magnetismo post vacuna”). Muchos pacientes no tienen herramientas para distinguir entre una gran revista y un journal marginal.

2. Erosiona la confianza en la vacunación y en los reguladores

El artículo insinúa que las agencias regulatorias ocultan información, que hay lotes “especiales” de vacunas con composición misteriosa y que la única forma de acceder a la verdad es a través de médicos “valientes” perseguidos. Ese guion es clásico del movimiento antivacunas.

3. Desvía la conversación de los problemas reales

Mientras discutimos cucharas pegadas, se pierde el foco en lo importante:

  • Control de cadenas de frío
  • Cobertura de refuerzos en grupos de riesgo
  • Inequidades en acceso a vacunas
  • Comunicación honesta de efectos adversos verdaderamente relevantes (miocarditis, trombosis raras, etcétera), que sí están bien documentados y se manejan con protocolos claros.

4. Debilita la deliberación democrática informada

Cuando el Congreso se convierte en escenario de supuestos “experimentos” de magnetismo, el mensaje a la sociedad es que todo vale igual: evidencia robusta y show antivacuna quedan al mismo nivel. No es neutral: es darle poder político a la desinformación.

Frente a estas narrativas: ¿qué necesitamos hacer como médicos?

Para quienes trabajamos en clínica, infectología, salud pública o cualquier especialidad que se cruce con vacunas, esto deja varias tareas por delante:

Leer críticamente: no todo lo que tiene formato de paper merece ser tomado como evidencia. Hay que mirar diseño, tamaño muestral, controles, fuentes de financiamiento, conflictos de interés, calidad de la revista.

Explicar con paciencia pero con firmeza: el mito del magnetismo se derriba con información clara sobre composición de las vacunas, principios básicos de física y datos de farmacovigilancia. No hace falta ridiculizar a la persona, pero sí marcar con claridad que la hipótesis es falsa.

Defender los espacios institucionales: hospitales, universidades, sociedades científicas y el propio Congreso deben ser lugares donde la evidencia tenga más peso que los aplausos fáciles. Eso implica tomar posición cuando se usan esos espacios para difundir contenido anticiencia.

Reconocer los temores legítimos: muchas personas llegan a estas teorías desde el miedo, la desconfianza o malas experiencias previas con el sistema de salud. Escuchar eso, dar información honesta sobre riesgos reales y beneficios y sostener el vínculo médico-paciente es clave.

En síntesis

El artículo sobre “iatrogenic magnetism” no demuestra nada parecido a un efecto magnético real ligado a las vacunas. Es una serie de anécdotas, sin controles ni mediciones objetivas, adornadas con especulación biológica y guiadas por una agenda claramente antivacunas.

Toda la evidencia seria disponible (composición de las vacunas, sistemas de farmacovigilancia, física básica, experiencia clínica tras miles de millones de dosis) indica que las vacunas contra la COVID-19 no producen magnetismo.

El espectáculo en el Congreso argentino con cucharas e imanes forma parte del mismo fenómeno: show, desinformación y apropiación de símbolos institucionales para sembrar dudas sobre una de las herramientas más efectivas de la salud pública.

Como médicos, no podemos normalizar que el debate sobre vacunas se reduzca a videos virales y “hombres imán”. Las vacunas se discuten con datos, se ajustan con vigilancia y se defienden porque salvan vidas, no porque estén libres de críticas, sino porque la balanza entre beneficios y riesgos es abrumadoramente favorable.

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