Puntos Clave
- La enfermedad de Parkinson es actualmente la enfermedad neurodegenerativa de crecimiento más rápido del mundo y podría afectar a más de 25 millones de personas hacia 2050.
- La prevalencia global aumentó desde aproximadamente 3.1 millones de personas en 1990 hasta 11.8 millones en 2021, una expansión sin precedentes para una enfermedad neurodegenerativa.
- Cuando aparecen los síntomas motores clásicos, ya se habría perdido entre 50 y 70 % de las neuronas dopaminérgicas de la sustancia negra.
- La alfa-sinucleína constituye el principal protagonista fisiopatológico conocido y se ha convertido en uno de los principales objetivos terapéuticos de la investigación actual.
- La pérdida del olfato, la constipación, la depresión y los trastornos del sueño pueden preceder durante años o décadas al diagnóstico.
- El trastorno de conducta del sueño REM es uno de los biomarcadores clínicos más potentes de futuras sinucleinopatías.
- La hipótesis intestino-cerebro propone que, al menos en algunos pacientes, el proceso patológico podría comenzar fuera del sistema nervioso central.
- La evidencia sobre yerba mate es científicamente interesante y proviene de estudios revisados por pares, pero todavía no permite afirmar que su consumo prevenga la enfermedad.
Una enfermedad que preocupa cada vez más
Cuando James Parkinson publicó en 1817 su célebre An Essay on the Shaking Palsy, difícilmente hubiera imaginado que más de 2 siglos después la enfermedad que describió se convertiría en uno de los mayores desafíos de la neurología.
En aquel texto, basado en la observación de apenas 6 individuos, describió con notable precisión una combinación de temblor involuntario, alteraciones de la marcha, postura encorvada y progresiva pérdida de la movilidad.
Décadas más tarde, Jean-Martin Charcot perfeccionaría la caracterización clínica y propondría que la enfermedad llevara el nombre de Parkinson.
Durante gran parte del siglo XX, la enfermedad fue interpretada principalmente como un trastorno motor asociado a la pérdida de neuronas dopaminérgicas de la sustancia negra.
Los avances de las últimas 2 décadas modificaron radicalmente esa visión: hoy sabemos que el Parkinson es mucho más que un temblor o una alteración de la marcha.
Se trata de una enfermedad neurodegenerativa multisistémica que compromete múltiples regiones del sistema nervioso y que puede manifestarse inicialmente mediante síntomas tan diversos como:
- Pérdida del olfato
- Constipación
- Trastornos del sueño
- Ansiedad o depresión
Al mismo tiempo, la magnitud epidemiológica del problema se ha vuelto cada vez más evidente.
En un trabajo publicado en Neurology en 2018, Ray Dorsey y colaboradores propusieron el concepto de la “pandemia de Parkinson” (1).
El término buscaba llamar la atención sobre una realidad preocupante: la prevalencia de la enfermedad estaba aumentando a una velocidad superior a la observada para otras enfermedades neurológicas.
Los datos más recientes no hicieron más que reforzar esa preocupación.
En una revisión publicada en The Lancet en 2024, Ben-Shlomo y colaboradores describieron al Parkinson como la enfermedad neurodegenerativa de crecimiento más rápido del mundo (2).
Según las estimaciones del estudio Global Burden of Disease, el número de personas que viven con enfermedad de Parkinson pasó de aproximadamente 3.1 millones en 1990 a 11.8 millones en 2021 (3).
En otras palabras, la prevalencia prácticamente se multiplicó por 4 en poco más de 3 décadas.
La incidencia también aumentó de manera notable. Actualmente se estima que más de 1.3 millones de personas reciben un diagnóstico de enfermedad de Parkinson cada año (3).
Paralelamente, la mortalidad atribuible y los años de vida ajustados por discapacidad crecieron de forma sostenida.
Las proyecciones son aún más impactantes. En un análisis internacional publicado en 2025 se estimó que aproximadamente 25.2 millones de personas vivirán con enfermedad de Parkinson en 2050, lo que representa un incremento del 112 % respecto de 2021 (4).
El envejecimiento poblacional explica buena parte de este fenómeno, pero probablemente no toda la historia.
Una enfermedad estrechamente ligada al envejecimiento
La edad continúa siendo el principal factor de riesgo conocido.
La prevalencia aumenta de manera exponencial con el paso de los años. Diversas investigaciones muestran que la enfermedad afecta aproximadamente al 1 % de las personas mayores de 60 años, mientras que algunas series encuentran prevalencias superiores al 4 % entre los mayores de 85 años (2).
En una revisión sistemática publicada en NPJ Parkinson’s Disease en 2024, la prevalencia pasó de menos de 10 casos por 100.000 habitantes entre los 40 y 49 años a más de 2.000 por 100.000 habitantes en mayores de 80 años (5).
Otra observación consistente es la diferencia entre hombres y mujeres: en prácticamente todas las regiones del mundo, los hombres presentan un riesgo 50 % superior al de las mujeres (2).
Las razones todavía no están completamente aclaradas, aunque probablemente involucren factores hormonales, genéticos y ambientales.
¿Qué ocurre en Argentina?
Los datos epidemiológicos nacionales son más limitados que los disponibles para Europa o América del Norte debido a la ausencia de registros poblacionales sistemáticos.
Sin embargo, existe información de calidad proveniente de investigaciones locales.
En un trabajo publicado en Neuroepidemiology, realizado en Junín, provincia de Buenos Aires, Bauso y colaboradores observaron una prevalencia de 394 casos por 100.000 habitantes mayores de 40 años y una incidencia anual de 31.2 casos por 100.000 personas-año (6).
Las cifras resultaron comparables a las observadas en países desarrollados.
A partir de las prevalencias internacionales y de la estructura poblacional argentina actual, se estima que entre 100.000 y 130.000 personas podrían convivir hoy con la enfermedad en nuestro país.
El progresivo envejecimiento de la población argentina permite anticipar que esta carga sanitaria continuará aumentando durante las próximas décadas.
La revolución de una proteína: la alfa-sinucleína
La comprensión moderna del Parkinson comenzó a cambiar cuando se identificó el papel central de la alfa-sinucleína.
Esta proteína, normalmente presente en las terminaciones nerviosas, constituye el principal componente de los cuerpos de Lewy, las inclusiones intracelulares características de la enfermedad.
En una revisión publicada en The Lancet en 2024, Morris y colaboradores resumieron décadas de investigación mostrando cómo la acumulación progresiva de alfa-sinucleína parece desempeñar un papel central en la neurodegeneración observada en Parkinson (7).
La enfermedad ya no puede explicarse únicamente como un déficit de dopamina.
Los agregados proteicos alteran múltiples procesos celulares. Entre ellos se encuentran la función mitocondrial, el transporte intracelular, la degradación proteica y la comunicación entre neuronas.
Actualmente se considera el resultado de una compleja interacción entre alteraciones proteicas, inflamación, estrés oxidativo, disfunción mitocondrial, susceptibilidad genética y factores ambientales.
Síntomas motores: años de enfermedad hasta su aparición
Uno de los hallazgos más relevantes es que la enfermedad comienza mucho antes de que aparezcan los síntomas motores clásicos.
Durante décadas se asumió que el Parkinson empezaba cuando el paciente desarrollaba temblor o lentitud motora.
Hoy sabemos que existe una larga fase preclínica seguida de una fase prodrómica que pueden extenderse durante 10 a 20 años antes del diagnóstico.
La magnitud del daño neuronal acumulado para ese momento es considerable.
Diversos estudios sugieren que cuando aparecen los síntomas motores ya se ha producido la pérdida de aproximadamente 50 a 70 % de las neuronas dopaminérgicas de la sustancia negra y entre 60 y 80 % del contenido dopaminérgico estriatal (2).
Este concepto tiene profundas implicancias clínicas y científicas: si la enfermedad se diagnostica cuando gran parte del daño neuronal ya ocurrió, la posibilidad de desarrollar terapias verdaderamente modificadoras dependerá en buena medida de la capacidad para identificar el proceso biológico en etapas mucho más tempranas.
¿Puede el Parkinson comenzar en el intestino?
Pocas hipótesis han generado tanto interés durante los últimos años como la denominada hipótesis intestino-cerebro.
La teoría propone que, al menos en algunos pacientes, el proceso patológico podría comenzar fuera del sistema nervioso central.
La observación inicial surgió a partir de un dato aparentemente simple: muchos pacientes presentan constipación años antes del diagnóstico.
Posteriormente, distintos estudios demostraron la presencia de depósitos de alfa-sinucleína en el sistema nervioso entérico mucho antes de la aparición de síntomas motores.
A esto se sumaron investigaciones que identificaron alteraciones características de la microbiota intestinal y fenómenos inflamatorios persistentes.
Según esta hipótesis, la alfa-sinucleína anormal podría originarse en el intestino y ascender hacia el cerebro a través del nervio vago.
Algunos estudios epidemiológicos incluso sugirieron que determinados tipos de vagotomía podrían asociarse con una reducción del riesgo futuro de Parkinson, aunque estos resultados siguen siendo motivo de debate y sin aplicación en la práctica diaria.
Actualmente no existe una demostración definitiva de este modelo. Sin embargo, constituye una de las áreas más activas de investigación en neurodegeneración.
Mucho antes del temblor
La imagen clásica del paciente con temblor representa apenas una parte del espectro clínico.
Hoy sabemos que numerosos síntomas no motores pueden preceder durante años al diagnóstico.
1. Pérdida de olfato
La pérdida del olfato afecta aproximadamente al 80-90 % de los pacientes (2).
2. Constipación
La constipación crónica es uno de los marcadores prodrómicos más consistentes.
3. Depresión y ansiedad
La depresión afecta aproximadamente al 35-40 % de los pacientes, mientras que los trastornos de ansiedad se observan en alrededor del 30 % (2).
4. Trastorno del sueño
Los trastornos del sueño son extraordinariamente frecuentes y pueden aparecer muchos años antes de la bradicinesia o del temblor.
Entre ellos, el trastorno de conducta del sueño REM ocupa un lugar especial.
Durante esta alteración, los pacientes representan físicamente sus sueños mediante movimientos bruscos, gritos, golpes o caídas de la cama.
Lo extraordinario es su capacidad predictiva: diversos estudios longitudinales demostraron que más del 70-80 % de los individuos con trastorno de conducta del sueño REM idiopático desarrollará una sinucleinopatía durante el seguimiento prolongado.
Esto incluye enfermedad de Parkinson, demencia con cuerpos de Lewy o atrofia multisistémica (2).
Por este motivo, muchos especialistas consideran actualmente a este trastorno como uno de los biomarcadores clínicos más poderosos de neurodegeneración futura.
Factores ambientales: una historia todavía incompleta
La mayoría de los casos de enfermedad de Parkinson son esporádicos. Sin embargo, múltiples investigaciones sugieren que determinados factores ambientales pueden contribuir al riesgo de desarrollar la enfermedad.
Entre los más estudiados se encuentran pesticidas, herbicidas, solventes industriales, contaminación atmosférica y determinadas exposiciones ocupacionales.
Particular atención recibieron sustancias como paraquat y tricloroetileno, que han mostrado asociaciones relativamente consistentes en diferentes estudios epidemiológicos (1,2).
Probablemente no exista una única exposición responsable.
La hipótesis más aceptada actualmente propone que la enfermedad surge de la interacción entre susceptibilidad biológica individual y múltiples exposiciones acumuladas a lo largo de la vida.
¿Puede el mate influir en el riesgo de Parkinson?
La búsqueda de factores potencialmente protectores también ha despertado enorme interés.
La asociación epidemiológica más consistente se ha observado con el consumo de cafeína. Diversos estudios mostraron una menor frecuencia de enfermedad de Parkinson entre consumidores habituales de café.
En nuestra región, la yerba mate ha comenzado a recibir atención científica.
En un trabajo publicado en Journal of the Neurological Sciences en 2015, investigadores argentinos liderados por Emilia Gatto analizaron 223 pacientes con enfermedad de Parkinson y 406 controles. Los autores observaron que el consumo habitual de yerba mate se asociaba con una menor frecuencia de enfermedad (8).
Posteriormente, investigaciones realizadas en Brasil describieron hallazgos similares para el consumo de chimarrão, una preparación tradicional de yerba mate ampliamente consumida en el sur de ese país (9).
La hipótesis biológica es razonable. La yerba mate contiene cafeína, polifenoles, ácidos fenólicos y otros compuestos con potencial actividad antioxidante y antiinflamatoria.
Sin embargo, es fundamental interpretar estos hallazgos con prudencia: los estudios disponibles son observacionales y no permiten demostrar causalidad.
Hasta el momento no existen ensayos clínicos que hayan demostrado que el consumo de mate prevenga la enfermedad de Parkinson ni que modifique su evolución una vez establecida.
Por lo tanto, estos resultados deben considerarse una línea de investigación interesante y científicamente seria, pero todavía insuficiente para realizar recomendaciones preventivas específicas.
Las conclusiones: ¿qué nos deja este resumen?
La enfermedad de Parkinson se ha transformado en uno de los grandes desafíos sanitarios del siglo XXI.
Su prevalencia aumenta más rápido que la de cualquier otra enfermedad neurodegenerativa y las proyecciones indican que millones de nuevos casos aparecerán durante las próximas décadas.
La visión actual difiere profundamente de la existente hace apenas 20 años.
Hoy sabemos que el proceso biológico comienza mucho antes de los síntomas motores, que la enfermedad afecta múltiples sistemas además del movimiento y que probablemente involucra una compleja interacción entre genética, ambiente, inflamación, microbiota intestinal y acumulación de proteínas anormales.
Comprender mejor estos mecanismos será esencial para alcanzar el objetivo que persigue hoy gran parte de la investigación internacional: identificar la enfermedad antes de que produzca daño irreversible y desarrollar tratamientos capaces de modificar su evolución biológica.
Referencias
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30584159/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/38245248/
- https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12035419/
- https://www.bmj.com/content/388/bmj-2024-080952
- https://www.nature.com/articles/s41531-024-00779-y
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/22390275/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/38245249/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/26148934/
- https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7988202/









