Puntos Clave
- Históricamente, se consideró al tejido adiposo como una simple acumulación de grasa corporal, para reserva de energía en forma de triglicéridos, que en condiciones de ayuno, liberan ácidos grasos a la sangre.
- Hoy sabemos que el tejido adiposo es un órgano endocrino, inmunológico y metabólico clave para la homeostasis energético.
- Un grupo de investigadores de la Universidad de Leizig, Alemania, analizó la disfunción del tejido adiposo como motor de la enfermedad metabólica (1). Lo resumimos en INFOMED
- Este se divide, según su color o función, en grasa blanca (mayor reserva de energía del cuerpo), marrón o parda (principalmente relacionado con la termogénesis), y beige (surge sentir del blanco, ante estímulos cómo el ejercicio o frío, y se relaciona con la termogénesis).
- Según su localización, hablamos de grasa periférica o subcutánea, metabólicamente más benigna, o central o visceral, situada alrededor de los órganos abdominales, y relacionada con la resistencia a la insulina, la inflamación crónica y un mayor riesgo cardiovascular.
- Su disfunción, y no solo la cantidad de grasa, determina el riesgo de diabetes tipo 2, de enfermedad cardiovascular y hepática.
- La hipertrofia, la hipoxia y la fibrosis son los pilares de la disfunción adiposa.
- En condiciones fisiológicas, se expande a través de la hiperplasia (aumento del número de adipocitos), y acumular así energía en forma segura.
- Existe un “punto de inflexión metabólica”, cuando el tejido adiposo deja de proteger, y empieza a hacer daño. Cuando la expansión es insuficiente o exagerada, predomina la hipertrofia celular: los adipocitos se agrandan hasta comprometer su oxigenación y función. Surge así la hipoxia, el estrés oxidativo y la inflamación local.
- Finalmente puede aparecer fibrosis. Esta representa una “cicatriz metabólica” de difícil reversión. Esto podría justificar parte de la respuesta desigual que tienen distintos individuos tras la cirugía bariátrica.
- La inflamación del tejido adiposo visceral se correlaciona más con la resistencia insulínica que el IMC.
- El tejido adiposo secreta más de 600 péptidos o moléculas bioactivas, conocidas como adipocinas.
- Los adipocitos disfuncionales y senescentes liberan al medio citoquinas y marcadores de inflamación que perpetúan su disfunción.
- Los microARN y los exosomas adipocitarios emergen como mediadores y posibles biomarcadores.
- Los tóxicos ambientales, como plaguicidas, plastificantes y metales pesados, se pueden acumular en el tejido adiposo, actuando como disruptores metabólicos de este órgano. Surge así el concepto de “obesidad ambiental o química”.
- Los nuevos fármacos, incluidos los agonistas GLP-1 y GLP-1/GIP podrían restaurar la función del órgano adiposo.
- La evaluación de la salud del tejido adiposo se perfila como un nuevo horizonte diagnóstico y terapéutico en medicina metabólica.
El tejido adiposo: un órgano con historia
En la evolución humana, el tejido adiposo fue una ventaja adaptativa: permitió sobrevivir a períodos de escasez, almacenando energía en forma de triglicéridos y liberándola cuando era necesario.
En el contexto actual de abundancia calórica y sedentarismo, este mismo sistema se vuelve disfuncional. Hace alrededor de 8.000 años que dejamos de ser cazadores y recolectores, y nuestro organismo no tuvo tiempo de cambiar cientos de miles de años de evolución.
El tejido adiposo NO es homogéneo: se compone de diferentes tipos y depósitos, cada uno con funciones y repercusiones metabólicas distintas.
Tiene funciones de reserva de energía, mantenimiento de la temperatura corporal, protección de órganos o endocrinas.
La enfermedades del tejido adiposo, cómo por ejemplo la obesidad, en la que hay un exceso, o la lipodistrofia, en la que hay un deficit y alteración en la distribución, el riesgo metabólico está aumentado: un individuo con lipodistrofia tiene un riesgo de tener diabetes tipo 2 similar al de una persona con obesidad mórbida. Esto se explicaría por la imposibilidad para la expansión del tejido celular subcutáneo (grasa periférica).
# Según “color” (o tipo celular).
- El tejido adiposo blanco (WAT, White Adipose Tissue, o grasa blanca) constituye la mayor reserva energética: sus adipocitos almacenan triglicéridos y liberan ácidos grasos durante el ayuno.
- El tejido adiposo marrón (BAT, Brown Adipose Tissue, o grasa parda), en cambio, está especializado en la termogénesis, generando calor a partir de la oxidación de lípidos gracias a la proteína desacoplante UCP-1.
- El tejido adiposo beige surge dentro del blanco ante estímulos como el frío o el ejercicio, y comparte funciones termogénicas con la grasa parda o marrón.
# Según distribución
La distribución anatómica importa tanto en la calidad, como en el tipo celular:
- La grasa subcutánea o periférica suele ser metabólicamente más “benigna”.
- La grasa visceral o central , situada alrededor de los órganos abdominales, se asocia con la resistencia a la insulina, la inflamación crónica y el riesgo cardiovascular elevado.
Así, no toda grasa es igual. Su función, localización y capacidad de adaptación determinan si actúa como un órgano protector, o como un generador de enfermedad.
De la expansión al colapso: cómo se enferma el tejido adiposo
El tejido adiposo es un órgano vivo, con gran plasticidad. En condiciones fisiológicas, se expande a través de la hiperplasia (aumento del número de adipocitos) para almacenar energía de forma segura.
Pero cuando esta expansión es insuficiente o desordenada, predomina la hipertrofia celular: los adipocitos se agrandan hasta límites que comprometen su oxigenación y función. Esa tensión desencadena hipoxia, estrés oxidativo e inflamación local, alterando la arquitectura del tejido. La hipertrofia de los adipocitos, es uno de los principales determinantes de la disfunción del tejido adiposo.
Existe en la evolución natural de la disfunción del tejido adiposo un “punto de inflexión metabólico”: el momento en que el este deja de proteger al organismo del exceso energético y comienza a dañarlo.
Los 3 ejes de la disfunción adiposa: tamaño, localización e inflamación
Los principales mecanismos de daño se podrían resumir en 3 palabras: size, site and cytes (tamaño, sitio y células o tipo celular).
1. Tamaño (size).
Los adipocitos hipertrofiados se vuelven metabólicamente ineficientes, liberan más ácidos grasos libres y generan estrés oxidativo.
2. Sitio (site).
Cuando el tejido adiposo subcutáneo no puede expandirse, el exceso lipídico se acumula en depósitos ectópicos (hígado, músculo, páncreas), interfiriendo con la señalización insulínica (resistencia a la insulina).
3. Células (cytes).
El infiltrado inflamatorio (macrófagos, linfocitos T y B, mastocitos) transforma el tejido en un microambiente proinflamatorio, perpetuando la disfunción.
El resultado es un tejido adiposo inflamado, hipóxico y fibrótico, incapaz de cumplir su función reguladora.
Este proceso puede desarrollarse incluso en personas con peso normal, lo que explica los fenotipos de obesidad metabólicamente saludable y delgadez metabólicamente enferma (no toda persona con obesidad está metabólicamente enferma, y no toda persona con peso normal, lo esta metabólicamente sana).
Hipoxia, estrés celular y fatiga mitocondrial
A medida que los adipocitos se expanden, el aporte de oxígeno se vuelve insuficiente. La hipoxia activa factores de transcripción como HIF-1α, que inducen la liberación de citoquinas proinflamatorias (TNF-α, IL-6, MCP-1).
En paralelo, las mitocondrias pierden su capacidad oxidativa (desacople de la fosforilación oxidativa).
El resultado: una célula fatigada, con exceso de radicales libres y una respuesta inflamatoria que se autoperpetua.
Estudios en gemelos monocigóticos discordantes para obesidad, demuestran que el gemelo con mayor masa grasa tiene menor densidad mitocondrial y menor actividad oxidativa, lo que confirma que la disfunción es adquirida y reversible.
La buena noticia es que el ejercicio físico, la restricción calórica y los fármacos como los agonistas del receptor PPAR-γ (como la pioglitazona) pueden revertir parte de este daño, restaurando la función mitocondrial y mejorando la sensibilidad a la insulina.
Fibrosis: la cicatriz metabólica del tejido adiposo
Con el tiempo, la inflamación crónica desencadena fibrosis.
Así, el tejido pierde su elasticidad y capacidad de expandirse.
A partir de este concepto, el grupo de Leipzig desarrolló el FAT score, un índice histológico que mide la fibrosis adiposa. Los pacientes con valores elevados presentan un menor descenso ponderal tras cirugía bariátrica, y un peor pronóstico metabólico.
Al igual que la fibrosis hepática, esta alteración puede persistir incluso después de la pérdida de peso.
Hoy no existen terapias anti-fibróticas específicas para el tejido adiposo, aunque se exploran estrategias que modulan la activación de macrófagos M2 y el remodelado de la matriz extracelular.
La fibrosis representa, así, una “memoria estructural” del daño metabólico.
Envejecimiento celular y microARN: la huella molecular de la disfunción
El envejecimiento del tejido adiposo no solo depende de la edad cronológica.
Los adipocitos senescentes liberan citocinas proinflamatorias y factores de crecimiento que perpetúan la disfunción local.
En paralelo, los microARN circulantes, como miR-34a, miR-146b y miR-223, modulan la expresión de genes relacionados con la diferenciación y la sensibilidad a la insulina.
Estos microARN actúan también a distancia, a través de exosomas que comunican el tejido adiposo con otros órganos.
En modelos animales, la inhibición selectiva de ciertos microARN mejora la función mitocondrial y reduce la inflamación sistémica, lo que abre una posible vía terapéutica.
Tóxicos ambientales: la otra cara de la obesidad
Los xenobióticos lipofílicos, cómo plaguicidas, plastificantes, bisfenoles, metales pesados, se pueden acumular en el tejido adiposo y alterar su fisiología.
A partir del Leipzig Obesity BioBank detectaron correlaciones entre la presencia de estos compuestos y la hipertrofia adipocitaria, la inflamación y la resistencia a la insulina, incluso en sujetos delgados.
Estas sustancias actúan como disruptores endocrinos , interfiriendo con los receptores de estrógenos y PPAR-γ.
El concepto de “obesidad ambiental” o “obesidad química” resalta así que la epidemia metabólica no se explica solo por la dieta y el sedentarismo, sino también por la exposición persistente a contaminantes.
El lenguaje de las adipocinas
El tejido adiposo secreta más de 600 proteínas y péptidos bioactivos, conocidos como adipocinas.
Entre las adipocinas más estudiadas se encuentran:
- Leptina (relacionada con la saciedad).
- Adiponectina (función de protección en condiciones normales).
- Resistina
- Chemerina.
En condiciones normales, un equilibrio de estas regula el apetito, la sensibilidad a la insulina y la función vascular.
Pero cuando el tejido se enferma, se invierte el patrón: aumentan las señales inflamatorias (TNF-α, IL-1β) y disminuyen las protectoras (adiponectina).
La leptina, originalmente identificada como hormona saciante, puede volverse proinflamatoria y profibrótica, estimulando la progresión del hígado graso.
La adiponectina, en cambio, actúa como un “antídoto metabólico”: mejora la oxidación de ácidos grasos, reduce la gluconeogénesis hepática y ejerce efectos anti-aterogénicos.
Los exosomas derivados del tejido adiposo transportan microARN, ADN mitocondrial y proteínas que influyen en órganos distantes. El reconocimiento de estos mecanismos abre la puerta a biomarcadores circulantes de disfunción adiposa y a futuras intervenciones dirigidas.
Implicancias clínicas: mirar más allá del peso
Para la práctica clínica, este nuevo paradigma tiene consecuencias directas.
El IMC (Índice de Masa Corporal) ya no alcanza para estimar el riesgo metabólico: pacientes con el mismo índice pueden tener perfiles metabólicos radicalmente distintos, según la distribución de la grasa y la salud del tejido adiposo.
La evaluación del riesgo metabólico debería incluir marcadores como la circunferencia de cintura, la relación cintura-cadera, la presencia o no de hígado graso y, cuando sea posible, biomarcadores de función adiposa: niveles de adiponectina, leptina, IL-6, o incluso mediciones de fibrosis mediante técnicas de imagen o biopsia.
El concepto de “enfermedad del tejido adiposo” también explica por qué algunas intervenciones metabólicas, como la cirugía bariátrica, logran remisiones duraderas de diabetes tipo 2, mientras que otras no: todo depende de cuán reversible sea el daño estructural y funcional del tejido adiposo.
Terapias emergentes: restaurar la función del órgano adiposo
Más allá de la pérdida de peso, el objetivo es recuperar la plasticidad y la función del tejido adiposo.
Las estrategias más prometedoras incluyen:
- Ejercicio regular y restricción calórica, que mejoran la biogénesis mitocondrial y reducen la inflamación.
- Fármacos sensibilizadores de insulina, como las tiazolidinedionas (PPAR-γ, cómo la pioglitazona), que promueven la diferenciación de adipocitos pequeños y funcionales.
- Agonistas duales y triples de incretinas (GLP-1, GIP, glucagón), que no sólo inducen pérdida de peso, sino que mejoran la perfusión y la oxigenación del tejido adiposo, reducen la fibrosis y modulan la secreción de adipocinas.
- Terapias dirigidas a la fibrosis y senescencia, aún en investigación, orientadas a revertir la rigidez tisular y restaurar la sensibilidad hormonal.
El futuro podría centrarse en “rejuvenecer” el órgano adiposo, devolviéndole su flexibilidad metabólica y su rol fisiológico en la homeostasis energética.
Las conclusiones: ¿qué nos deja este estudio?
En esta revisión redefinen la obesidad como una enfermedad del tejido adiposo, poniéndolo en el rol de un órgano, donde la disfunción, más que el exceso de masa grasa, explica el desarrollo de las principales comorbilidades metabólicas.
Comprender este proceso permite ir más allá del peso corporal y evaluar la salud del tejido adiposo como un nuevo parámetro clínico.
Referencias
- https://www.jomes.org/journal/view.html?doi=10.7570/jomes24013
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/27148161/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24906151/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/21366833/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/21252989/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/29205099/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/31654064/
- https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/28733905/









