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Dudas y reticencia frente a las vacunas: ¿qué aprendimos en la última década?

La reticencia frente a las vacunas ("vaccine hesitancy") es un problema sanitario central. En los últimos 10 años, la evidencia mostró que no se trata de un fenómeno único ni estático: combina desconfianza, baja percepción de riesgo, fatiga informativa, barreras de acceso y exposición a desinformación. También dejó una enseñanza clave: la mayor parte de quienes dudan, no pertenece al núcleo duro antivacunas. Por eso, la recomendación médica, la calidad del vínculo y la organización del sistema de salud siguen siendo herramientas con impacto real sobre la cobertura. Lo resumimos en INFOMED.

Puntos Clave

  • La reticencia vacunal es un continuo, no una categoría única. La mayor parte de los no vacunados pertenece al grupo de quienes dudan o postergan, no al núcleo ideológico antivacunas.
  • La confianza puede cambiar rápidamente. En un análisis de 149 países y más de 280.000 personas, se demostró que la percepción sobre vacunas varía con el tiempo y el contexto.
  • La intención de vacunarse puede caer en pocos meses. En 2020, descendió de 79 a 60%, mientras el rechazo aumentó de 12 a 20%.
  • La desinformación tiene impacto medible: puede reducir la cobertura en 2 puntos porcentuales y aumentar en 15% los mensajes negativos en redes.
  • Incluso personas inicialmente favorables pueden cambiar su decisión: la exposición a desinformación redujo la intención de vacunarse en más de 6 puntos porcentuales.
  • La decisión vacunal no es sólo informativa: intervienen confianza, experiencias previas, emociones y contexto social.
  • El profesional de la salud es clave: su recomendación y su convicción influyen directamente en la conducta del paciente.
  • La comunicación es una habilidad entrenable: intervenciones educativas y organizativas mejoran resultados.
  • La recomendación presuntiva y la entrevista motivacional son las estrategias con mejor sustento actual.
  • En Argentina, la confianza es alta pero las coberturas siguen por debajo del 95%, lo que indica que además de la duda influyen barreras de acceso y organización.

1. La confianza vacunal no es fija: puede caer rápido

Uno de los hallazgos más consistentes de la última década es que la confianza en las vacunas puede modificarse en períodos cortos.

En 2020, de Figueiredo y colaboradores publicaron en The Lancet un análisis de 290 encuestas en 149 países, con 284.381 participantes, y mostraron que la confianza vacunal varía significativamente entre regiones y a lo largo del tiempo (1):

  • Entre 60 y 75% de la población muestra una aceptación clara y sostenida de las vacunas.
  • Aproximadamente 20 a 30% presenta dudas, retrasos o aceptación condicional (el grupo más importante desde el punto de vista clínico).
  • Solo 5 a 10% mantiene una postura de rechazo firme y persistente.

La inestabilidad se volvió evidente durante la pandemia. En 2021, un metaanálisis de 28 muestras nacionales representativas, con 58.656 personas de 13 países, mostró que la intención de vacunarse contra COVID-19 cayó de 79% (marzo-mayo 2020) a 60% (junio-octubre 2020), mientras que el rechazo aumentó de 12% a 20% (2).

En 2024, una revisión en paraguas publicada en JMIR Public Health and Surveillance, que integró decenas de revisiones sistemáticas, estimó una aceptación global de la vacuna COVID-19 de 63%, con cifras menores en embarazadas (48%), padres (61.29%) y trabajadores de salud (64%) (3).

El mensaje es claro: la confianza no es un dato estructural, es una variable dinámica que puede deteriorarse en meses.

2. No todos los no vacunados son antivacunas

Otro avance conceptual central fue abandonar la idea de un grupo homogéneo de antivacunas.

Una revisión Cochrane de 2021 mostró que las decisiones vacunales se construyen sobre múltiples dimensiones (4):

  • Experiencias previas.
  • Confianza en el sistema.
  • Normas sociales.
  • Percepción de riesgo.
  • Contexto comunitario.

En la práctica, esto se traduce en 3 grandes perfiles:

  • Quienes aceptan con una recomendación clara.
  • Quienes dudan, postergan o necesitan más información.
  • Un núcleo más pequeño de rechazo ideológico persistente.

La implicancia clínica es directa: el mayor impacto no está en discutir con el núcleo duro, sino en trabajar sobre el grupo intermedio, que es cuantitativamente mayor y mucho más modificable.

3. La reticencia no es sólo un problema de información

La evidencia de esta década es consistente en un punto: la reticencia vacunal no se explica únicamente por falta de datos.

La revisión Cochrane (2021) mostró que factores relacionales y contextuales pesan tanto como la información biomédica (4).

Esto explica por qué, en la práctica, una explicación técnicamente impecable puede fracasar si no responde a la preocupación central del paciente o si no se construye sobre un vínculo de confianza.

4. La desinformación tiene efectos medibles

El rol del entorno digital fue uno de los aspectos mejor documentados.

En 2020, Wilson y Wiysonge publicaron en BMJ Global Health que un aumento de 1 punto en una escala de desinformación de 5 puntos se asoció con una caída de 2 puntos porcentuales en la cobertura vacunal anual y con un aumento de 15% en los mensajes negativos en redes sociales (5).

En 2021, Loomba y colaboradores demostraron en un ensayo aleatorizado que la exposición a desinformación redujo la intención de vacunarse en 6.2 puntos porcentuales en Reino Unido y 6.4 puntos en Estados Unidos, incluso entre personas inicialmente favorables (6).

Esto tiene una consecuencia clínica directa: el paciente llega al consultorio con una carga previa de información emocional, repetitiva y muchas veces falsa, difícil de revertir en una sola consulta.

5. El rol del profesional de la salud es determinante

En 2016, una revisión en Vaccine mostró que la confianza del profesional influye directamente en la aceptación del paciente (7).

Más recientemente, una revisión sistemática de 139 estudios publicada en European Journal of Public Health en 2023 evidenció que intervenciones como educación, auditoría, simulación y cambios en sistemas de registro pueden mejorar conocimiento, actitudes y tasas de vacunación (8).

La conclusión es clara: comunicar sobre vacunas no es intuitivo, es una competencia clínica que debe entrenarse.

6. ¿Qué estrategias funcionan mejor en el consultorio?

En 2025, O’Leary publicó en JAMA que la recomendación debe ser clara, firme y presuntiva: la vacuna debe presentarse como parte estándar del cuidado, no como una opción excepcional (9).

Ese mismo año, Opel y colaboradores realizaron un ensayo clínico en 24 centros pediátricos, con 937 díadas padre-hijo, evaluando una estrategia escalonada de recomendación presuntiva más entrevista motivacional: primero se hace la indicación como si fuera obvio que el paciente se va a vacunar, y luego, si duda, exploramos dudas, reducimos ambivalencias, acompañamos decisión, y exponemos que dice la evidencia. Aunque los resultados globales fueron heterogéneos, el estudio confirmó que este enfoque es aplicable y más consistente con la evidencia que la confrontación directa (10): puede aumentar la aceptación en un 10-20%.

En conjunto, la literatura sugiere que:

  • La recomendación fuerte aumenta la aceptación.
  • La escucha mejora la adherencia.
  • Y la entrevista motivacional ayuda en el grupo indeciso.

7. Argentina: alta confianza, pero coberturas insuficientes

El caso argentino es particularmente ilustrativo.

El estudio de Bozzoli y colaboradores en Vaccine (2024), basado en encuestas de aproximadamente 7.000 personas por año entre 2019 y 2022, mostró una confianza vacunal elevada pero en descenso respecto a 2019 (11).

Cuando se analizan los datos oficiales, aparece el desacople:

  • Hepatitis B neonatal: 68.1 a 83%.
  • BCG: 73.8 a 87.1%.
  • Quíntuple (6 meses): 68.8 a 78.8%.
  • Triple bacteriana en embarazadas: 62.2 a 72.4%.
  • Vacuna VSR en embarazadas: 67.8%.

A pesar de la mejora, todas estas cifras permanecen por debajo del objetivo del 95%.

Esto sugiere que el problema no es solo ideológico: incluye barreras de acceso, oportunidades perdidas y menor percepción de urgencia.

8. Cómo ordenar el abordaje en la práctica clínica

La evidencia de estos 10 trabajos converge en una estrategia práctica relativamente clara:

  • Recomendar de manera firme y personalizada.
  • Identificar la principal preocupación del paciente.
  • Escuchar antes de corregir.
  • Usar herramientas de entrevista motivacional cuando hay duda.
  • Facilitar la vacunación en el mismo acto.

El enfoque confrontativo, la sobrecarga de información o la descalificación del paciente muestran peores resultados.

9. Las conclusiones: ¿qué nos deja esta década?

La reticencia vacunal es un problema real y dinámico, pero no equivale a rechazo irreversible.

La mayor parte de los pacientes se ubica en una zona intermedia de duda, donde la intervención médica sigue siendo efectiva.

Los estudios de la última década coinciden en que el problema no se resuelve sólo con evidencia biomédica, sino con una combinación de recomendación clara, vínculo de confianza y sistemas de salud que faciliten la acción.

En Argentina, además, la brecha entre confianza y cobertura obliga a pensar la hesitación no sólo como desinformación, sino también como un problema organizativo y de acceso.

En síntesis: la recomendación importa, la relación importa y el sistema también importa.

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