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Dormimos lo justo, pero no dormimos bien: el sueño como nuevo marcador de vulnerabilidad en hombres y mujeres

Dormir 7 horas por noche ya no alcanza para garantizar un descanso reparador. La Encuesta Global del Sueño 2025 de ResMed, realizada en 30.026 adultos de 13 países (Estados Unidos, Brasil, Reino Unido, Francia, Alemania, India, China, Japón, Singapur, Australia, entre otros), muestra que casi la mitad de las noches no son percibidas como de buena calidad y que el estrés y la ansiedad se han convertido en los principales condicionantes del dormir. Además, se observan diferencias consistentes entre hombres y mujeres, tanto en la forma en que se manifiestan los trastornos del sueño como en su detección. En este contexto, el mal dormir deja de ser un síntoma aislado y se consolida como un indicador temprano de vulnerabilidad biopsicosocial. Lo resumimos en INFOMED.

Puntos Clave

  • La Encuesta Global del Sueño 2025 de ResMed, realizada en 30.026 adultos de 13 países, muestra que, aunque el promedio de sueño ronda las 7 horas, solo 4 noches por semana son percibidas como reparadoras, lo que implica que casi la mitad de las noches no se vive como buen descanso (1).
  • Aproximadamente un tercio de la población presenta síntomas frecuentes de insomnio, y más del 20% no consulta, normalizando el problema pese a su impacto funcional (1).
  • El estrés (57%) y la ansiedad (46%) son los principales determinantes reportados del mal dormir, por encima de factores ambientales, lo que refuerza el vínculo entre sueño y salud mental (1).
  • En Argentina, más del 40% de los adultos reporta dificultades frecuentes para dormir o descansar, con mayor prevalencia en mujeres y en personas con factores de riesgo cardiometabólicos, según la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo del Ministerio de Salud.
  • Las mujeres presentan mayor prevalencia de insomnio y peor calidad de sueño, especialmente durante embarazo (44–60%) y menopausia (hasta 70%), según meta-análisis internacionales (5–8).
  • La apnea obstructiva del sueño es más frecuente en varones, pero en mujeres se presenta con síntomas atípicos y se diagnostica menos, lo que retrasa el tratamiento y aumenta el riesgo cardiovascular (9–11).
  • El abordaje del sueño permite impactar simultáneamente en salud cardiovascular, metabólica, cognitiva y emocional, por lo que debería considerarse un eje central de la evaluación clínica integral.

Dormir 7 horas ya no alcanza: cuando la cantidad deja de ser sinónimo de calidad

Las recomendaciones internacionales coinciden en que, en adultos, dormir al menos 7 horas por noche se asocia con menor riesgo cardiovascular, metabólico y neurocognitivo. Estudios prospectivos describen una curva en U entre duración del sueño y mortalidad, con aumento del riesgo tanto por debajo de 6 horas como en duraciones muy prolongadas, lo que sugiere que el problema no es solo dormir poco, sino también dormir mal y con trastornos subyacentes (2,12).

Sin embargo, la Encuesta Global del Sueño 2025 muestra una brecha cada vez más marcada entre tiempo en cama y sensación de descanso real. Aunque el promedio de sueño reportado ronda las 7 horas por noche, los participantes informaron que solo 4 noches por semana son percibidas como de “buen sueño”. En otras palabras, casi el 50% de las noches no resultan reparadoras, aun cuando la duración parecería adecuada (1).

Este desacople obliga a mirar más allá del reloj: la latencia de inicio, la fragmentación nocturna, los despertares precoces y la recuperación diurna adquieren un peso clínico que muchas veces no se explora de forma sistemática.

Insomnio subdiagnosticado: el síntoma que se vuelve parte de la vida cotidiana

La encuesta muestra que:

  • Aproximadamente 1 de cada 3 personas presenta dificultades para conciliar o mantener el sueño al menos 3 veces por semana.
  • Cerca del 30% refiere despertares nocturnos frecuentes con dificultad para volver a dormirse.
  • Alrededor del 22% acepta convivir con mal dormir sin buscar ayuda profesional (1).

Estos números no equivalen a un diagnóstico formal de insomnio, pero describen un fenómeno poblacional claro: síntomas persistentes de mal dormir que no llegan a la consulta, muchas veces normalizados como parte del ritmo cotidiano. La consecuencia es que el sueño aparece relegado frente a otros motivos de consulta, aun cuando influye de manera directa sobre fatiga, rendimiento cognitivo, estado de ánimo y adherencia terapéutica.

Argentina: un problema también visible en los datos nacionales

Aunque no existen encuestas nacionales de sueño con la profundidad de la serie de ResMed, los relevamientos oficiales y estudios locales permiten trazar un escenario preocupante.

Según la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR) del Ministerio de Salud, más del 40% de los adultos argentinos reporta dificultades frecuentes para dormir o descansar adecuadamente, con mayor prevalencia en mujeres y en personas con síntomas de ansiedad y depresión. Además, el insomnio y la somnolencia diurna son más frecuentes en personas con obesidad, hipertensión arterial y diabetes, lo que refuerza la interrelación entre sueño y enfermedad cardiometabólica.

En paralelo, datos de servicios de neumonología y medicina del sueño muestran una alta prevalencia de apnea obstructiva del sueño no diagnosticada, especialmente en población con sobrepeso y en mujeres posmenopáusicas, donde la sospecha clínica suele ser menor.

Este subdiagnóstico implica una oportunidad perdida de intervenir sobre un factor de riesgo modificable para enfermedad cardiovascular, arritmias y deterioro cognitivo.

En conjunto, los datos nacionales coinciden con la tendencia global: el mal dormir no es un problema marginal, sino un componente estructural del perfil de riesgo de la población adulta.

Las verdaderas causas del mal dormir: cuando la noche refleja el peso del día

Cuando se analizan los factores asociados al mal descanso, el informe de ResMed es consistente con la literatura en salud mental y medicina del estrés. Los principales determinantes reportados fueron:

  • Estrés crónico: 57%
  • Ansiedad: 46%
  • Presiones económicas: 31%
  • Conflictos familiares o de pareja
  • Problemas de salud mental (1)

Este patrón refuerza una idea cada vez más clara: en una proporción importante de personas, el insomnio es la manifestación nocturna de sobrecarga emocional sostenida, más que una alteración aislada de la arquitectura del sueño. Desde esta perspectiva, el descanso funciona como una suerte de “termómetro” del malestar acumulado durante el día.

Consecuencias diurnas: impacto clínico y funcional

La mala calidad de sueño se asocia con:

  • Somnolencia diurna
  • Dificultades de concentración y memoria
  • Irritabilidad y labilidad emocional
  • Cefaleas matutinas
  • Disminución del rendimiento cognitivo

Más del 70% de los trabajadores encuestados reconoció haber tenido ausentismo o bajo rendimiento luego de una mala noche de sueño (1). Este dato tiene implicancias no solo económicas, sino también en seguridad laboral y riesgo de errores, especialmente en actividades que requieren atención sostenida y toma rápida de decisiones.

A largo plazo, el déficit crónico de sueño se vincula con mayor riesgo de hipertensión, enfermedad cardiovascular, alteraciones metabólicas y síntomas depresivos, configurando un círculo vicioso entre mal dormir y enfermedad crónica (11,12).

Hombres y mujeres no duermen igual: dos trayectorias distintas de riesgo

Las mujeres: más insomnio y peor calidad de sueño

Las mujeres reportan con mayor frecuencia:

  • Dificultad para conciliar el sueño
  • Despertares nocturnos
  • Sensación de sueño liviano y no reparador (4)

Estas diferencias se intensifican en etapas biológicas específicas:

  1. Embarazo. Meta-análisis estiman que alrededor del 44% de las mujeres presentan síntomas de insomnio, con cifras que superan el 60% en el tercer trimestre (5,6).
  2. Menopausia. Entre 40% y 70% de las mujeres en transición menopáusica reportan trastornos significativos del sueño, asociados a sofocos, sudoración nocturna y cambios del ánimo (7,8).

La fragmentación del descanso, sumada a la ansiedad anticipatoria por no poder dormir, favorece la cronificación del insomnio.

Los varones: menos queja subjetiva, más trastornos respiratorios del sueño

En los hombres, la prevalencia de apnea obstructiva del sueño es mayor, especialmente en presencia de obesidad, cuello corto, hipertensión arterial y ronquidos intensos (10). Esto explica por qué el mal dormir puede expresarse más como cansancio o somnolencia que como queja explícita de insomnio.

La apnea del sueño en mujeres: un diagnóstico que todavía se pierde

En mujeres, la apnea obstructiva del sueño suele presentarse con síntomas menos típicos:

  • Insomnio persistente
  • Cefaleas matutinas
  • Nocturia
  • Fatiga crónica
  • Trastornos del ánimo

La ausencia de ronquidos llamativos o de apneas observadas reduce la sospecha, lo que lleva a confundir el cuadro con insomnio primario o depresión. El resultado es un retraso diagnóstico de varios años, con impacto directo en riesgo cardiovascular y calidad de vida (9,10,11).

Las conclusiones: ¿qué nos deja este escenario?

La Encuesta Global del Sueño 2025 describe una población que duerme lo justo, pero descansa mal, en un contexto dominado por estrés crónico y sobrecarga emocional.

Los datos internacionales y nacionales convergen en un mismo mensaje: el sueño se ha convertido en un determinante central del perfil de riesgo sanitario, y su deterioro antecede muchas veces a la aparición de enfermedad manifiesta.

Evaluar el descanso de manera sistemática, reconocer las diferencias entre hombres y mujeres y considerar trastornos específicos como la apnea permite intervenir sobre múltiples ejes de salud al mismo tiempo, con impacto potencial en prevención cardiovascular, metabólica y en salud mental.

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