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Disfunción olfatoria persistente tras la infección por SARS-CoV-2: hallazgos del estudio RECOVER

Un artículo publicado en JAMA Network Open en septiembre 2025 analizó el olfato de más de 3.500 adultos en la cohorte RECOVER-Adult, casi 2 años después de la infección por SARS-CoV-2. Mediante pruebas objetivas, se constató que una proporción significativa de pacientes mantiene déficit olfatorio, incluso sin percibirlo subjetivamente. Además, se encontró asociación con síntomas cognitivos persistentes. Lo resumimos en INFOMED.

Puntos Clave

  • El olfato es un sentido esencial para la nutrición, la seguridad y la calidad de vida.
  • La pandemia multiplicó los casos de disfunción olfatoria en el mundo, con millones de afectados a largo plazo.
  • El estudio RECOVER-Adult evaluó a 3.525 adultos casi 2 años después de la infección.
  • El 79.8% de los que reportaron cambios olfatorios tuvo déficit confirmado.
  • El 66% de los infectados sin síntomas referidos también mostró alteración en la prueba.
  • Incluso un 60% de los no infectados sin síntomas presentó déficit, lo que sugiere causas adicionales.
  • La disfunción olfatoria se asocia con una mayor frecuencia de síntomas cognitivos (“brain fog”).
  • La evaluación olfatoria objetiva debería incorporarse en el seguimiento clínico del Covid-19 prolongado.

El olfato: un sentido subestimado pero esencial

El olfato cumple funciones críticas para la vida diaria:

  • Seguridad.

Nos permite la detección de humo, gas o alimentos en mal estado. En efecto, es el primer control de calidad que aplicamos a lo que ingerimos.

  • Nutrición y placer.

El olfato contribuye a la percepción del sabor y la palatabilidad de los alimentos: el 70% del gusto, depende del olfato.

  • Vínculo emocional y memoria.

Los olores activan áreas límbicas, vinculadas con recuerdos y emociones. Es probablemente el sentido más evocador que tenemos.

La disfunción olfatoria se asocia con deterioro de la calidad de vida, depresión, pérdida de apetito, aislamiento social y mayor riesgo de accidentes domésticos.

Antes de la pandemia, la prevalencia global de pérdida olfatoria crónica era de alrededor del 5% en la población general, aumentando con la edad y con patologías como rinosinusitis crónica, traumatismos craneoencefálicos, exposición a tóxicos y enfermedades neurodegenerativas (Alzheimer, Parkinson).

El impacto del Covid-19 en el olfato

La infección por SARS-CoV-2 introdujo un cambio epidemiológico sin precedentes en la prevalencia de la disfunción olfatoria: en las primeras variantes, entre 60 y 70% de los pacientes reportaron anosmia o hiposmia en la fase aguda. En un momento de la pandemia, el perder el olfato era un signo casi indudable de tener Covid-19.

La mayoría recuperó el sentido en semanas, pero entre un 10 y 20% presentó síntomas prolongados.

Se estima que a nivel mundial más de 27 millones de personas sufren pérdida olfatoria crónica atribuible a Covid-19.

En Argentina, aunque no hay registros nacionales sistemáticos, estudios en hospitales de Buenos Aires y Córdoba reportaron que la pérdida del olfato fue uno de los síntomas persistentes más frecuentes en el Covid-19 prolongado, con prevalencias que oscilaron entre el 12 y el 18% al año de seguimiento.

Una hipótesis biológica para la pérdida de olfato

El SARS-CoV-2 infecta principalmente células de soporte del epitelio olfatorio, que expresan el receptor ACE-2, la “cerradura” que activa el virus para entrar a las células.

Esto desencadena inflamación local, daño de neuronas olfatorias y alteración de la regeneración.

Además, hay evidencia de que el virus puede afectar estructuras centrales del sistema olfatorio y áreas corticales vinculadas a memoria y cognición.

Por este motivo, la pérdida de olfato en Covid-19 no es solo un síntoma periférico, sino un posible marcador de afectación neurológica más amplia. Es decir, estás neuronas olfatorias afectadas ya son parte del sistema nervioso.

El estudio RECOVER-Adult: estudiando los efectos del SARS-CoV-2 en el tiempo

El proyecto RECOVER (Researching COVID to Enhance Recovery) es la mayor iniciativa multicéntrica de Estados Unidos dedicada a investigar el Covid-19 prolongado.

Dentro de él, el subestudio RECOVER-Adult analizó específicamente la función olfatoria. En esta rama participaron 3.525 adultos ≥ 18 años.

En estos aplicaron la Prueba de Identificación de Olores de la Universidad de Pennsylvania (UPSIT), un test estandarizado de 40 olores.

Esta evaluación se hizo en promedio a los 671 días de la infección (≈ 1,8 años).

Los dividieron en grupos:

  • 1.393 individuos infectados con pérdida/cambio olfativo reportado.
  • 1.563 individuos infectados sin reporte de alteraciones.
  • 569 individuos no infectados.

Excluyeron a pacientes con antecedentes de pérdida olfatoria o deterioro cognitivo previos.

La UPSIT permite clasificar a los pacientes en normosmia, microsmia leve, moderada, severa o anosmia, ajustando por edad y sexo.

Los resultados: ¿Qué encontraron en este estudio?

# Disfunción olfatoria.

La prevalencia de la disfunción olfatoria objetiva fue del 79.8% a casi 2 años de la infección aguda, con una pérdida o cambio autorreportado del olfato qué tuvo una alteración en la prueba (1.111/1.393).

El 23% de ellos presentó deterioro severo (microsmia severa o anosmia).

Entre los infectados sin síntomas olfatorios referidos, 66% presentó alteración en las pruebas (1.031/1.563). Esto quiere decir que, aun en forma imperceptible, 2/3 tuvieron una pérdida objetivable del olfato.

Incluso en los no infectados sin reporte de cambios, la prevalencia fue del 60% (336/560).

# Puntuaciones y percentiles.

En los infectados con reporte de síntomas, la mediana en la prueba UPSIT fue de 30 (IQR 26–34).

En los infectados sin reporte, esta fue de 33 (IQR 30–35).

Los percentiles ajustados fueron 16.º versus 23.º, respectivamente.

Las mujeres jóvenes tuvieron puntajes más bajos que lo esperado para su rango etario.

# Patrones de pérdida olfatoria.

Los olores con menor reconocimiento fueron: clavo de olor, pasto, regaliz y sandía.

El análisis de clusters identificó 4 perfiles distintos de alteración, desde pérdidas específicas hasta compromiso difuso.

# Asociación con deterioro cognitivo.

Entre los infectados con cambios olfatorios, 66.1% también reportó problemas de concentración o memoria (“brain fog”), frente a 32.7% de quienes no reportaron cambios.

Las puntuaciones en la escala Neuro-QoL fueron bajas en ambos grupos (≈38 puntos, percentil 12–14), sin diferencias relevantes entre olfato normal y alterado objetivamente.

Este estudio confirma que:

  • La disfunción olfatoria tras Covid-19 puede persistir más allá de los 18 meses, con un impacto importante en la vida cotidiana.
  • El autorreporte es útil, pero subestima la magnitud real: muchos pacientes presentan déficit sin percibirlo.
  • La elevada prevalencia de alteraciones en los controles no infectados obliga a considerar causas adicionales (envejecimiento, polución ambiental, exposiciones ocupacionales).
  • La relación entre déficit olfatorio y síntomas cognitivos refuerza la hipótesis de un mecanismo compartido (inflamación, disfunción neurovascular o daño central).

Las conclusiones: ¿qué nos deja este estudio?

La pérdida del olfato es una secuela frecuente y persistente del Covid-19.

El déficit puede pasar inadvertido sin pruebas objetivas, lo que justifica incluir evaluaciones olfatorias en el seguimiento del Covid-19 prolongado.

La asociación con el deterioro cognitivo plantea preguntas sobre mecanismos comunes y posibles riesgos neurológicos a largo plazo.

Son necesarios estudios longitudinales que determinen si los pacientes con hiposmia persistente tienen mayor riesgo de deterioro cognitivo progresivo.

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