Puntos Clave
- La nueva Comisión EAT-Lancet 2025 amplía el enfoque original de 2019 e incorpora de manera explícita dimensiones de sostenibilidad ambiental, justicia social y resiliencia de los sistemas alimentarios.
- La adopción global de una dieta compatible con la Planetary Health Diet podría evitar aproximadamente 15 millones de muertes anuales, equivalentes al 27% de toda la mortalidad mundial.
- Incluso mejoras más modestas en la calidad de la alimentación podrían evitar alrededor de 7 millones de muertes por año en todo el mundo.
- Los sistemas alimentarios generan aproximadamente 30% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y son responsables de cinco de los seis límites planetarios actualmente sobrepasados.
- La dieta propuesta prioriza cereales integrales, frutas, verduras, legumbres y frutos secos, mientras reduce sustancialmente el consumo de carnes rojas y azúcares agregados.
- Las dietas del 30% más rico de la población mundial generan más del 70% de las presiones ambientales asociadas a la alimentación.
- Solo el 1% de la población mundial vive actualmente dentro de un espacio simultáneamente seguro para el planeta y justo para las personas.
- Los modelos proyectan que para 2050 sería necesario reducir aproximadamente 33% la producción de carne de rumiantes e incrementar alrededor de 63% la producción de frutas, verduras y frutos secos.
- La transformación de los sistemas alimentarios requeriría inversiones de entre 200.000 y 500.000 millones de dólares por año, pero podría generar beneficios económicos cercanos a 5 billones de dólares anuales.
Una humanidad mejor alimentada, pero no necesariamente más sana
A primera vista, la historia alimentaria de las últimas décadas parece un éxito.
La población mundial pasó de aproximadamente 3.700 millones de habitantes en 1970 a más de 8.000 millones en la actualidad. Durante ese mismo período, la producción agrícola creció de manera extraordinaria y permitió sostener el aumento demográfico. Sin embargo, el éxito fue parcial.
El sistema alimentario mundial produce suficientes calorías para alimentar a la población global, pero más de la mitad de la humanidad continúa sin acceso a una alimentación considerada saludable.
Paralelamente, la obesidad sigue aumentando en prácticamente todos los continentes, mientras las enfermedades crónicas relacionadas con la dieta se consolidan entre las principales causas de muerte y discapacidad.
Esta situación refleja una paradoja inédita: por primera vez en la historia conviven a gran escala la desnutrición, la obesidad y la degradación ambiental derivada de la producción de alimentos.
En efecto, la alimentación actual se encuentra en el centro de múltiples crisis simultáneas: sanitaria, climática, ecológica y social.
La misma estructura productiva que permitió generar suficientes alimentos para miles de millones de personas también contribuyó al cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de ecosistemas y el aumento de enfermedades crónicas no transmisibles.
Cuando la alimentación se convierte en un factor mayor de mortalidad
Pocas intervenciones preventivas tienen el potencial sanitario que sugiere esta Comisión.
Los autores actualizaron los análisis epidemiológicos que sustentan la denominada Planetary Health Diet (PHD) utilizando información de grandes cohortes prospectivas con más de 200.000 participantes seguidos durante más de 3 décadas.
Los resultados reforzaron las conclusiones de 2019: la adherencia a patrones alimentarios compatibles con la PHD se asoció con una reducción significativa de la mortalidad total, así como con menor incidencia de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, algunos cánceres y otras enfermedades crónicas relacionadas con la alimentación.
La estimación más impactante surge del análisis global de mortalidad. Según los modelos utilizados por la Comisión, si la población mundial adoptara un patrón alimentario compatible con la PHD podrían evitarse aproximadamente 15 millones de muertes por año, equivalentes al 27% de todas las muertes registradas globalmente.
Incluso escenarios menos ambiciosos muestran beneficios importantes. Una mejora moderada en la calidad de la alimentación, equivalente a un aumento relativamente pequeño en la adherencia al patrón propuesto, podría evitar alrededor de 7 millones de muertes anuales, aproximadamente el 13% de la mortalidad global.
La magnitud de estas cifras coloca a la alimentación entre los determinantes modificables más importantes de salud pública a nivel mundial.
¿Cómo es la dieta de salud planetaria?
Uno de los aspectos más interesantes del documento es que la propuesta no corresponde a una dieta única ni a un modelo alimentario rígido.
La Comisión define un marco general basado en evidencia epidemiológica, dentro del cual pueden coexistir diferentes culturas culinarias, tradiciones regionales y preferencias individuales.
La alimentación propuesta prioriza alimentos vegetales mínimamente procesados.
Para una ingesta promedio cercana a 2.400 kcal diarias, los valores de referencia incluyen aproximadamente:
- 210 gramos diarios de cereales integrales.
- 300 gramos diarios de verduras.
- 200 gramos diarios de frutas.
- 75 gramos diarios de legumbres.
- 50 gramos diarios de frutos secos.
- 40 gramos diarios de aceites vegetales insaturados.
- 250 gramos diarios de lácteos o equivalentes.
Por otro lado, la recomendación para carne vacuna, porcina u ovina es de apenas 15 gramos por día, equivalentes aproximadamente a una porción semanal. El consumo sugerido de pescado ronda los 30 gramos diarios y el de aves otros 30 gramos diarios.
Lejos de representar una dieta estrictamente vegetariana, la propuesta admite alimentos de origen animal, aunque en cantidades considerablemente menores que las observadas actualmente en muchos países occidentales.
En términos prácticos, una comida basada en legumbres, verduras, cereales integrales, aceite de oliva, frutas y una pequeña porción de pescado encaja mejor dentro del modelo propuesto que una alimentación dominada por carnes procesadas, bebidas azucaradas y productos ultraprocesados.
La salud del planeta también depende del plato
La actualización de 2025 incorpora uno de los análisis ambientales más completos realizados hasta la fecha sobre sistemas alimentarios.
Por primera vez, la Comisión cuantificó la contribución de la alimentación a los nueve límites planetarios que definen el espacio operativo seguro para la humanidad.
Los resultados son difíciles de ignorar: los sistemas alimentarios son actualmente el principal impulsor de 5 de los 6 límites planetarios ya sobrepasados, incluyendo cambios en el uso del suelo, pérdida de biodiversidad, alteración de los ciclos del nitrógeno y fósforo y cambios en el uso de agua dulce.
Límites alimentarios: ¿de que estamos hablando?
La Comisión cuantificó por primera vez los llamados límites alimentarios, definidos como la porción de los límites planetarios que puede utilizar el sistema alimentario sin comprometer la estabilidad de la Tierra.
Estos límites abarcan el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la transformación de ecosistemas naturales, el uso de agua dulce, los ciclos del nitrógeno y del fósforo, la acidificación oceánica, la contaminación química, los aerosoles atmosféricos y la protección de la capa de ozono.
La agricultura y la producción de alimentos representan aproximadamente 30% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, una contribución comparable o superior a la de muchos sectores industriales completos.
Los sistemas alimentarios son responsables de prácticamente toda la transgresión global asociada al exceso de nitrógeno y fósforo liberado al ambiente, un fenómeno relacionado con contaminación de aguas, eutrofización y degradación de ecosistemas acuáticos.
Incluso bajo escenarios optimistas de transición energética y reducción del uso de combustibles fósiles, los autores concluyen que será imposible alcanzar los objetivos climáticos globales sin una transformación profunda de la producción y el consumo de alimentos.
El dato más incómodo: quién genera el impacto ambiental
La Comisión incorpora además una dimensión que suele quedar relegada en los debates nutricionales: la desigualdad.
Los resultados muestran que la responsabilidad ambiental vinculada a la alimentación está distribuida de manera profundamente desigual.
Las dietas del 30% más rico de la población mundial generan más del 70% de las presiones ambientales asociadas a los sistemas alimentarios.
Mientras tanto, cientos de millones de personas continúan sin acceso a alimentos suficientes o nutricionalmente adecuados.
Esta desigualdad produce una situación paradójica. Quienes más contribuyen al deterioro ambiental asociado a la alimentación no son necesariamente quienes sufren sus consecuencias más graves.
Apenas 1% de la población mundial vive actualmente dentro de un espacio considerado simultáneamente “seguro y justo”: con acceso adecuado a alimentos saludables y sin ejercer una presión excesiva sobre los límites planetarios.
En otras palabras, el problema alimentario contemporáneo ya no puede entenderse solamente como una cuestión de producción. También es una cuestión de distribución, acceso y equidad.
¿Es posible alimentar a casi 10 mil millones de personas?
Los autores abordaron esta pregunta mediante una comparación de 11 modelos globales independientes.
El escenario de referencia proyecta una población mundial cercana a 9.600 millones de habitantes en 2050, junto con un crecimiento económico sostenido y una continuidad de las tendencias actuales.
Los resultados muestran que una transformación simultánea basada en tres pilares podría modificar sustancialmente la trayectoria futura:
- Adopción de dietas saludables.
- Incremento sostenible de la productividad agrícola.
- Reducción del desperdicio y las pérdidas alimentarias.
La transición propuesta tendría consecuencias profundas sobre qué alimentos se producen y en qué cantidades.
Comparado con los niveles de producción observados en 2020, los modelos proyectan la necesidad de una reducción aproximada del 33% en la producción de carne de rumiantes, acompañada por un incremento cercano al 63% en la producción de frutas, verduras y frutos secos.
Los cambios no son menores: representan una de las mayores transformaciones alimentarias imaginadas para el siglo XXI.
El enorme costo de no hacer nada
La discusión económica ocupa un lugar central en el informe.
La Comisión estima que la transformación de los sistemas alimentarios requerirá inversiones anuales adicionales de entre 200.000 y 500.000 millones de dólares.
El verdadero problema económico es la inacción: actualmente los sistemas alimentarios generan aproximadamente 10 billones de dólares anuales en valor económico, pero producen externalidades negativas estimadas en 15 billones de dólares por año, principalmente relacionadas con enfermedades, contaminación ambiental, pérdida de biodiversidad y cambio climático.
Una transformación exitosa podría generar beneficios económicos cercanos a 5 billones de dólares anuales, superando ampliamente los costos de implementación.
Las conclusiones: ¿qué nos deja este artículo?
La actualización 2025 de la Comisión EAT-Lancet refuerza una idea que durante años pareció exagerada y que hoy cuenta con una base científica cada vez más sólida: la alimentación se ha convertido en uno de los determinantes más importantes de la salud humana y de la estabilidad ambiental del planeta.
La evidencia disponible muestra que los mismos patrones alimentarios asociados con menor mortalidad, menos enfermedad cardiovascular y menor incidencia de diabetes también tienden a ejercer una menor presión sobre los ecosistemas.
Al mismo tiempo, la Comisión introduce una dimensión adicional: ninguna transformación alimentaria será viable si no aborda simultáneamente las profundas desigualdades que caracterizan al sistema actual.
La alimentación deja así de ser una cuestión exclusivamente nutricional. Pasa a convertirse en un tema de salud pública, política ambiental, desarrollo económico y justicia social. Y, según los autores, el tiempo disponible para actuar es cada vez más limitado.









