Puntos Clave
- El invierno no causa infecciones respiratorias por sí mismo, pero favorece su transmisión: más ambientes cerrados, menor ventilación, más contacto estrecho y mayor circulación de virus como influenza, virus sincicial respiratorio y SARS-CoV-2.
- La influenza estacional produce cada año alrededor de 1.000 millones de infecciones en el mundo, con 3 a 5 millones de casos graves y 290.000 a 650.000 muertes respiratorias anuales, según la Organización Mundial de la Salud.
- La vacunación es la principal medida para reducir enfermedad grave, internación y muerte por influenza. La Organización Panamericana de la Salud recomienda priorizar embarazadas, niños de 6 meses a 5 años, personas mayores, pacientes con enfermedades crónicas y trabajadores de la salud.
- La vacuna antigripal no evita todos los contagios. Su efectividad para prevenir influenza confirmada suele variar según la temporada y la coincidencia entre vacuna y virus circulantes; cuando la coincidencia es adecuada, puede ubicarse aproximadamente entre 40 y 60 % en población general.
- En una revisión publicada en Clinical Microbiology and Infection, la vacunación antigripal mostró una efectividad aproximada de 42 % contra hospitalización asociada a influenza, 36 % contra muerte, 51 % contra neumonía, 52 % contra ingreso a unidad de cuidados intensivos y 55 % contra soporte ventilatorio.
- La ventilación reduce la acumulación de partículas respiratorias en ambientes cerrados. No hay un porcentaje único de protección porque depende del tamaño del ambiente, la cantidad de personas, el tiempo de exposición y el caudal de aire, pero los estudios muestran que puede modificar de manera importante el riesgo.
- En un estudio de más de 10.000 aulas en Italia, las aulas con ventilación mecánica de 10 a 14 litros por segundo por estudiante tuvieron una probabilidad de infección por SARS-CoV-2 aproximadamente 80 % menor que las aulas con ventilación natural solamente. Los autores estimaron una reducción relativa del riesgo de 12 a 15 % por cada litro por segundo adicional por persona.
- En establecimientos de salud, la ventilación requerida es mucho más exigente que en ambientes comunes: la OMS menciona 12 recambios de aire por hora para habitaciones destinadas a precauciones por vía aérea. Para ventilación natural en establecimientos nuevos o grandes renovaciones, recomienda 160 litros por segundo por paciente como promedio horario en habitaciones de precauciones por vía aérea, con un mínimo de 80 litros por segundo por paciente.
- El lavado de manos tiene un efecto modesto, pero real. En una revisión Cochrane de 2023, los programas de higiene de manos redujeron la enfermedad respiratoria alrededor de 11 %: de 200 a 178 episodios por cada 1.000 personas, es decir, unos 22 episodios menos por cada 1.000 personas.
- El barbijo no tiene una protección fija: depende del tipo, ajuste, adherencia, ventilación y tiempo de exposición. En trabajadores de la salud, una revisión publicada en Clinical Infectious Diseases encontró una reducción aproximada de 41 % de enfermedad respiratoria clínica y de 66 % de enfermedad tipo influenza con mascarillas o respiradores.
- En otra revisión publicada en Travel Medicine and Infectious Disease, el uso de mascarilla se asoció con una reducción relativa aproximada de 45 % del riesgo de influenza y de 74 % del riesgo de SARS-CoV-2.
- Los grupos de mayor riesgo frente a infecciones respiratorias incluyen embarazadas, lactantes, niños pequeños, adultos mayores, inmunocomprometidos, pacientes con enfermedad respiratoria crónica, enfermedad cardiovascular, diabetes, obesidad, enfermedad renal crónica, enfermedad hepática crónica, cáncer, trasplante, enfermedad neurológica o neuromuscular, y personas con fragilidad o dependencia funcional.
- En Argentina, la vacuna antigripal está incluida para personal de salud, personas gestantes, puérperas hasta 10 días posteriores al parto si no fueron vacunadas durante el embarazo, niños y niñas de 6 a 24 meses, personas de 65 años o más y personas de 2 a 64 años con factores de riesgo.
- Las señales de alarma en invierno incluyen dificultad respiratoria, dolor torácico, confusión, somnolencia marcada, fiebre persistente o que reaparece, saturación baja, labios azulados, deshidratación, empeoramiento brusco, síncope, convulsiones o descompensación de una enfermedad crónica. En adultos mayores, una infección grave puede presentarse como confusión, caída, deterioro funcional o inapetencia.
- No hace falta indicar suplementos vitamínicos de rutina a toda la población para prevenir infecciones respiratorias. Sí tiene sentido suplementar cuando hay déficit documentado, riesgo nutricional o indicaciones clínicas específicas.
- En un metaanálisis publicado en The BMJ, la vitamina D mostró un beneficio modesto para prevenir infecciones respiratorias agudas, con odds ratio ajustado 0,88 y número necesario a tratar de 33. Pero en CORONAVIT, también publicado en The BMJ, una estrategia poblacional de testeo y suplementación en 6.200 adultos no redujo infecciones respiratorias agudas ni COVID-19.
- El monóxido de carbono es un riesgo central del invierno. Es incoloro, inodoro y puede confundirse con una virosis. Cefalea, mareos, náuseas, somnolencia o síntomas similares en varias personas de una misma casa deben hacer sospechar intoxicación.
- En Argentina, se citan alrededor de 200 muertes anuales por intoxicación por monóxido de carbono y decenas de miles de intoxicaciones, con subregistro probable. La prevención depende de revisar artefactos, mantener ventilaciones, no usar hornallas u hornos para calefaccionar y reconocer síntomas tempranos.
- Dificultad respiratoria, dolor torácico, confusión, fiebre persistente, saturación baja, deshidratación, deterioro marcado, empeoramiento brusco después de una aparente mejoría o sospecha de intoxicación por monóxido de carbono justifican consulta médica urgente.
El invierno: una tormenta perfecta
Cada invierno se repite una escena conocida en consultorios, guardias y salas de internación: fiebre, tos, broncoespasmo, neumonías, descompensaciones de enfermedades crónicas, ausentismo laboral y escolar, adultos mayores que pierden funcionalidad después de una infección respiratoria, y familias enteras atravesando cuadros virales en cadena.
El frío, por sí mismo, no causa gripe, resfrío ni neumonía: las infecciones respiratorias son causadas por virus y bacterias. Pero el invierno sí modifica el escenario epidemiológico y conductual: pasamos más tiempo en interiores, ventilamos menos, compartimos aire durante más tiempo, aumenta la circulación de influenza, virus sincicial respiratorio, SARS-CoV-2 y otros virus respiratorios, y las personas vulnerables quedan más expuestas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año se producen hasta 1.000 millones de casos de influenza estacional en el mundo. De ellos, entre 3 y 5 millones corresponden a enfermedad grave, y entre 290.000 y 650.000 muertes respiratorias se atribuyen anualmente a la influenza estacional.
En regiones templadas, la circulación suele concentrarse durante los meses fríos, aunque el inicio, la intensidad y la duración de cada temporada pueden variar (1).
La carga de la influenza no se limita al cuadro agudo. Una infección respiratoria puede precipitar neumonía, exacerbaciones de enfermedad pulmonar obstructiva crónica, crisis asmáticas, insuficiencia cardíaca, eventos cardiovasculares, deterioro funcional en adultos mayores y descompensación de enfermedades metabólicas o renales.
Por eso, en invierno, la prevención no debe pensarse solo como una forma de “evitar resfríos”, sino como una estrategia para reducir internaciones, complicaciones y mortalidad.
La prevención funciona mejor como una estrategia de capas: vacunas, aire limpio, higiene, quedarse en casa cuando hay síntomas, uso de barbijo en contextos de riesgo, protección de grupos vulnerables, sueño, alimentación, actividad física, consulta oportuna ante señales de alarma y prevención de intoxicaciones por monóxido de carbono.
1. Vacunarse: la medida que más cambia el riesgo de enfermedad grave
La vacunación es la intervención preventiva más importante frente a la influenza y otras infecciones respiratorias inmunoprevenibles. No evita todos los contagios, y esto conviene decirlo con claridad, pero reduce el riesgo de formas graves, internación y muerte, especialmente en adultos mayores, embarazadas, personas con enfermedades crónicas, inmunocomprometidos y personal de salud.
Las vacunas antigripales se usan desde hace décadas, tienen un perfil de seguridad favorable y deben actualizarse anualmente porque los virus influenza cambian con el tiempo y la inmunidad disminuye (1).
En la región de las Américas, la Organización Panamericana de la Salud recomienda que los países prioricen la vacunación contra influenza en embarazadas, niños de 6 meses a 5 años, personas mayores, pacientes con enfermedades crónicas y trabajadores de la salud (2).
La protección de la vacuna antigripal varía según la temporada, la edad, el estado inmune de la persona, el subtipo viral circulante y el grado de coincidencia entre las cepas incluidas en la vacuna y los virus que circulan. En términos generales, cuando la coincidencia antigénica es adecuada, la efectividad para prevenir influenza confirmada suele ubicarse aproximadamente entre 40 y 60 % en la población general. En adultos mayores, la protección contra infección puede ser menor, pero el objetivo central sigue siendo reducir enfermedad grave, internaciones y muerte.
En una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Clinical Microbiology and Infection, Yegorov y colaboradores evaluaron la efectividad de la vacunación antigripal para prevenir desenlaces graves. La efectividad agrupada fue de:
- 42 % contra la hospitalización asociada a influenza.
- 36 % contra la muerte.
- 51 % contra la neumonía.
- 52 % contra el ingreso a unidad de cuidados intensivos.
- 55 % contra la necesidad de soporte ventilatorio.
El mensaje es consistente: aun cuando la vacuna no evita todos los contagios, puede reducir desenlaces graves (3).
La vacuna debe aplicarse en forma oportuna, idealmente antes del momento de mayor circulación viral. Es por eso que en nuestro país la vacuna este año se aplica desde los primeros días de marzo (4).
La necesidad de vacunación anual no es un capricho administrativo. La OMS actualiza periódicamente la composición de las vacunas antigripales porque los virus influenza evolucionan por deriva antigénica. Para el hemisferio sur, la OMS publica recomendaciones específicas de composición viral que orientan a autoridades regulatorias, fabricantes y programas nacionales de inmunización (5).
La vacuna antigripal no es solo “para no engriparse”: es, sobre todo, una herramienta para evitar complicaciones. En pacientes con enfermedad cardiovascular, respiratoria, metabólica o renal, una infección respiratoria puede precipitar internación, insuficiencia cardíaca, exacerbación de enfermedad pulmonar obstructiva crónica, neumonía, deterioro funcional o muerte.
2. Ventilar: “abrir” el aire cuando se cierran las ventanas
Durante años se subestimó el papel del aire compartido en las infecciones respiratorias. Hoy sabemos que muchas infecciones se transmiten por gotas y partículas respiratorias que se acumulan más fácilmente en ambientes cerrados, mal ventilados y con muchas personas. En invierno, ese problema se amplifica: se cierran ventanas, aumenta el tiempo en interiores y se comparte aire durante más minutos u horas.
Ventilar no es un detalle menor: abrir ventanas algunos minutos varias veces al día, favorecer la ventilación cruzada, evitar reuniones prolongadas en espacios cerrados sin renovación de aire y usar filtros cuando estén disponibles son medidas concretas para disminuir la concentración de partículas potencialmente infecciosas.
Un documento técnico publicado por la OMS remarcó que mejorar la ventilación permite diluir contaminantes y reducir el riesgo de transmisión en espacios interiores. Aunque ese documento fue elaborado en el contexto de COVID-19, el principio físico y sanitario es más amplio: en ambientes cerrados, la renovación del aire reduce la acumulación de partículas respiratorias y otros contaminantes (6).
La magnitud del efecto depende del tamaño del ambiente, la cantidad de personas, la actividad que realizan, el tiempo de permanencia, la ventilación disponible y si hay una persona infectada. Por eso no existe un porcentaje único de protección aplicable a todos los escenarios. Pero los estudios permiten dimensionar el impacto.
En un estudio retrospectivo de cohorte realizado en la región italiana de Marche, Ricolfi y colaboradores analizaron más de 10.000 aulas, de las cuales 316 tenían sistemas de ventilación mecánica. En las aulas con ventilación mecánica, el riesgo relativo de infección por SARS-CoV-2 disminuyó a medida que aumentaba el caudal de aire por estudiante. Con una ventilación de 10 a 14 litros por segundo por estudiante, la probabilidad de infección fue aproximadamente 80 % menor que en aulas con ventilación natural solamente. Además, los autores estimaron una reducción relativa del riesgo de 12 a 15 % por cada litro por segundo adicional por persona (7).
Los modelos de transmisión aérea también muestran por qué la ventilación importa. En el modelo de Wells-Riley, usado desde hace décadas para estimar riesgo de infección por vía aérea, el riesgo aumenta con el número de personas susceptibles, la emisión de partículas infecciosas, el tiempo de exposición y la ventilación insuficiente. En términos simples: si una persona infectada permanece mucho tiempo en un ambiente cerrado, la concentración de partículas respiratorias puede aumentar; si el aire se renueva o se filtra, esa concentración baja.
En ambientes sanitarios, las recomendaciones son más exigentes. En una guía publicada por OMS sobre ventilación natural para control de infecciones en establecimientos de salud, se menciona que una habitación destinada a precauciones por vía aérea debe alcanzar al menos 12 recambios de aire por hora. La misma guía recomienda, para ventilación natural en establecimientos nuevos o grandes renovaciones, 160 litros por segundo por paciente como promedio horario para habitaciones de precauciones por vía aérea, con un mínimo de 80 litros por segundo por paciente, y 60 litros por segundo por paciente para salas generales y áreas ambulatorias (8).
Estos números no deben trasladarse mecánicamente a una casa, un aula o una oficina, pero sirven para entender la escala: los espacios donde hay riesgo respiratorio alto necesitan más renovación de aire que un ambiente común.
También muestran algo importante: abrir una ventana ayuda, pero no siempre garantiza una ventilación suficiente. El resultado depende del tamaño de las aberturas, la dirección del viento, la diferencia de temperatura, la ocupación y el tiempo de permanencia.
En la vida cotidiana, no se trata de pasar frío, sino de renovar aire. La ventilación cruzada durante algunos minutos, varias veces al día, puede reducir la acumulación de aerosoles. Esto es especialmente importante en aulas, consultorios, salas de espera, oficinas, hogares con visitas y lugares donde conviven personas vulnerables.
Un recurso simple es mirar el ambiente como si el aire fuera compartido. Cuantas más personas haya, cuanto más chico sea el espacio, cuanto más tiempo dure la reunión y cuanto peor sea la ventilación, mayor será el riesgo. En esos escenarios, abrir ventanas, acortar la permanencia, usar barbijo si hay personas vulnerables y evitar concurrir con síntomas tiene más impacto que confiar en una sola medida.
3. Lavarse las manos: una medida vieja que sigue teniendo lugar
El lavado de manos no resuelve todo: muchos virus respiratorios se transmiten por el aire compartido, y por eso la ventilación y el uso de barbijo en situaciones de riesgo tienen sentido. Pero las manos siguen participando en la transmisión indirecta: tocamos superficies, objetos, celulares, picaportes, pasamanos, pañuelos, y después nos llevamos las manos a la cara.
La higiene de manos es una de las medidas más importantes para reducir infecciones asociadas al cuidado de la salud, y ese principio también tiene valor fuera del ámbito sanitario: manos limpias reducen la transmisión de microorganismos que pueden llegar a mucosas por contacto indirecto (9).
En una revisión Cochrane publicada en 2023 sobre intervenciones físicas para reducir la transmisión de virus respiratorios, Jefferson y colaboradores reunieron 19 ensayos sobre higiene de manos, con 71.210 participantes. El análisis encontró que los programas de higiene de manos se asociaron con una reducción relativa de aproximadamente 11 % de enfermedad respiratoria. En términos absolutos, eso equivale a pasar de 200 episodios por cada 1.000 personas a 178 episodios por cada 1.000 personas, es decir, unos 22 episodios menos por cada 1.000 personas (10).
Lavarse las manos no “blinda” contra los virus respiratorios, pero reduce una parte de la transmisión, especialmente cuando se combina con ventilación, vacunación, reducción de contactos durante la enfermedad y cuidado de los grupos vulnerables.
Los momentos más importantes son conocidos: al llegar a casa, antes de comer, después de ir al baño, después de viajar en transporte público, después de toser, estornudar o sonarse la nariz, antes de tocar a un lactante o adulto mayor, y antes y después de cuidar a una persona enferma.
4. Usar barbijo cuando el contexto lo justifica
El barbijo no tiene que pensarse como una medida permanente ni como una discusión ideológica: es una herramienta sanitaria. Su utilidad depende del contexto, del ajuste, del tipo de barbijo, del tiempo de exposición, de la ventilación del ambiente y del riesgo de las personas involucradas.
Tiene especial sentido en transporte público lleno, salas de espera, guardias, instituciones de salud, geriátricos, espacios cerrados con mucha gente, visitas a personas vulnerables y situaciones en las que una persona con síntomas necesita salir de su casa.
La evidencia sobre barbijos es heterogénea porque no todos los estudios miden lo mismo: algunos evalúan recomendaciones de uso, otros uso real, otros mandatos poblacionales, otros protección individual, y otros protección del personal de salud. Además, el efecto depende mucho de la adherencia y del ajuste. Aun así, los datos permiten ubicar la magnitud del beneficio.
En una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Clinical Infectious Diseases, Offeddu y colaboradores analizaron el uso de distintos tipos de barbijos frente a infecciones respiratorias en trabajadores de la salud. En los ensayos clínicos, el uso de esta medida de protección se asoció con una reducción de:
- 41 % del riesgo de enfermedad respiratoria clínica (riesgo relativo 0.61).
- 66 % del riesgo de enfermedad tipo influenza (riesgo relativo 0.34).
Los respiradores tipo N95 ofrecieron mayor protección frente a enfermedad respiratoria clínica que los barbijos quirúrgicos en algunos análisis (11).
En una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Travel Medicine and Infectious Disease, Liang y colaboradores evaluaron el efecto de los barbijos frente a distintos virus respiratorios. El uso de estos se asoció con una reducción del riesgo de infección por:
- influenza, 45 % (riesgo relativo 0.55).
- SARS-CoV-2, 74 % (riesgo relativo 0.26) (12).
La lectura más prudente es esta: el barbijo no ofrece una protección fija ni universal, pero puede reducir el riesgo de transmisión en escenarios de exposición, sobre todo cuando se usa bien, cubre nariz y boca, ajusta adecuadamente y se combina con ventilación.
En ambientes cerrados, con mala ventilación, mucha gente o presencia de personas vulnerables, sumar una barrera respiratoria puede ser una medida razonable y de bajo costo.
En invierno, el barbijo también cumple una función de cuidado hacia terceros. Una persona joven con tos y fiebre puede cursar una infección leve, pero contagiar a un abuelo, una embarazada, un paciente oncológico o alguien con enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Cuando el riesgo de exposición aumenta o cuando la consecuencia del contagio puede ser grave, sumar una barrera respiratoria tiene sentido.
5. Quedarse en casa cuando hay síntomas: una medida simple, pero difícil de cumplir
Una de las medidas más efectivas para cortar cadenas de transmisión es también una de las más difíciles en la vida real: no ir a trabajar, no mandar al chico al colegio, no visitar familiares vulnerables y no asistir a reuniones durante la fase más contagiosa de una infección respiratoria.
Fiebre, tos, dolor de garganta, rinorrea abundante, mialgias, decaimiento marcado o síntomas respiratorios progresivos deberían activar una conducta de cuidado. No se trata solo de “hacer reposo”; se trata de reducir la exposición de otros.
La conducta individual de no exponerse ni exponer a otros cuando se está sintomático es una medida de salud pública básica (13).
6. Proteger a los grupos de mayor riesgo
No todas las infecciones respiratorias tienen el mismo impacto en todas las personas:
- En un adulto joven sano, un virus respiratorio puede significar 3 a 5 días de fiebre, tos y cansancio.
- En un adulto mayor frágil, un lactante, una embarazada, un paciente con enfermedad pulmonar obstructiva crónica, insuficiencia cardíaca, diabetes, enfermedad renal crónica, cáncer o inmunosupresión, puede ser el inicio de una internación.
Respecto a la gripe, la mayor carga de enfermedad grave se concentra en personas mayores, niños pequeños, embarazadas y personas con enfermedades crónicas. Por eso, la prevención en invierno no puede ser igual para todos: hay grupos en los que una infección respiratoria tiene más probabilidad de terminar en neumonía, hipoxemia, descompensación de enfermedad de base, internación o muerte.
Según la Organización Panamericana de la Salud, los grupos que deben ser priorizados para la vacunación antigripal incluyen embarazadas, niños de 6 meses a 5 años, personas mayores, pacientes con enfermedades crónicas y trabajadores de la salud (2).
En Argentina, el Calendario Nacional de Vacunación incluye la vacuna antigripal para personal de salud, personas gestantes en cualquier trimestre, personas puérperas hasta 10 días posteriores al parto si no fueron vacunadas durante el embarazo, niños y niñas de 6 a 24 meses, personas de 65 años o más y personas de 2 a 64 años con factores de riesgo (4).
Entre esos factores de riesgo se incluyen enfermedades respiratorias crónicas, como asma moderada o grave, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, fibrosis quística o enfermedad intersticial; enfermedades cardíacas, como insuficiencia cardíaca, enfermedad coronaria o cardiopatías congénitas; diabetes; obesidad; enfermedad renal crónica; enfermedad hepática crónica; inmunosupresión por enfermedad o tratamiento; infección por VIH; enfermedades oncohematológicas; trasplante; uso crónico de corticoides o inmunosupresores; enfermedades neurológicas o neuromusculares que comprometen el manejo de secreciones; y condiciones que aumentan el riesgo de aspiración o mala evolución respiratoria.
En lactantes, el riesgo tiene otra lógica. Los menores de 6 meses no pueden recibir vacuna antigripal, y dependen en gran medida de la vacunación materna durante el embarazo, de la protección del entorno y de evitar exposiciones.
En niños pequeños, el virus sincicial respiratorio, influenza y otros virus respiratorios pueden producir bronquiolitis, neumonía, hipoxemia y necesidad de internación, especialmente si hay prematurez, cardiopatía congénita, enfermedad pulmonar crónica o inmunodeficiencia.
En embarazadas, la influenza puede asociarse con mayor riesgo de enfermedad grave, internación y complicaciones obstétricas. La vacunación durante el embarazo protege a la persona gestante y también al recién nacido durante los primeros meses de vida, cuando todavía no puede recibir la vacuna antigripal.
En adultos mayores, el riesgo no se explica sólo por la edad cronológica. Influyen la fragilidad, la sarcopenia, la multimorbilidad, el deterioro cognitivo, la polifarmacia, la enfermedad cardiovascular, la enfermedad pulmonar crónica y la capacidad funcional previa. Una infección respiratoria puede desencadenar delirium, caídas, deshidratación, pérdida de autonomía, insuficiencia cardíaca o neumonía, aun cuando el cuadro haya empezado como una “gripe”.
Las señales de alarma deben estar muy claras. En cualquier persona, pero especialmente en grupos de riesgo, justifican consulta urgente: dificultad para respirar, respiración rápida o con esfuerzo, dolor o presión en el pecho, confusión, somnolencia marcada, fiebre persistente o que reaparece después de una mejoría, saturación baja, labios o dedos azulados, deshidratación, mala tolerancia oral, empeoramiento brusco, decaimiento extremo, hipotensión, síncope, convulsiones o descompensación de una enfermedad crónica.
En lactantes y niños pequeños, las alarmas incluyen rechazo del alimento, pausas respiratorias, quejido, tiraje, aleteo nasal, respiración muy rápida, coloración azulada, somnolencia excesiva, irritabilidad inconsolable, fiebre en menores de 3 meses o signos de deshidratación.
En adultos mayores, las alarmas pueden ser menos típicas: confusión nueva, caídas, deterioro funcional, somnolencia, inapetencia marcada o descompensación de una enfermedad previa pueden ser la forma de presentación de una infección respiratoria grave.
7. Suplementos vitamínicos: cuándo tienen sentido y cuándo no
Cada invierno reaparece la promesa de “subir las defensas”. Vitamina C, vitamina D, zinc, propóleos, megadosis de micronutrientes y múltiples combinaciones comerciales se promocionan como si pudieran reemplazar vacunas, ventilación, descanso o aislamiento cuando hay síntomas. La evidencia no acompaña esa simplificación.
La pregunta no debería ser “¿sirven los suplementos?”, sino “¿en quién, para qué objetivo, en qué dosis y con qué déficit demostrado o probable?”.
En personas con alimentación suficiente y sin déficit documentado, tomar multivitamínicos “por las dudas” no es una estrategia sólida para prevenir infecciones respiratorias. Puede generar una falsa sensación de protección, un gasto innecesario y, en algunos casos, riesgo de toxicidad si se usan dosis altas o combinaciones no controladas.
La vitamina D es un buen ejemplo. Es esencial para la salud ósea y tiene funciones inmunológicas, y debe corregirse cuando hay déficit o riesgo de déficit. Pero su uso poblacional para prevenir infecciones respiratorias tiene resultados heterogéneos.
En un metaanálisis de datos individuales publicado en The BMJ, Martineau y colaboradores analizaron 25 ensayos aleatorizados, con 10.933 participantes, y encontraron que la suplementación con vitamina D se asoció con una reducción modesta del riesgo de infecciones respiratorias agudas de un 12 % (riesgo relativo 0.88). El beneficio fue mayor en personas con niveles basales muy bajos de vitamina D y cuando la suplementación se administró en forma diaria o semanal, no como megadosis intermitentes (14).
Sin embargo, en el ensayo CORONAVIT, publicado en The BMJ, Jolliffe y colaboradores evaluaron una estrategia poblacional de testeo y suplementación con vitamina D en adultos del Reino Unido. Fue un ensayo fase 3, aleatorizado, abierto, con 6.200 personas de 16 años o más que no tomaban suplementos de vitamina D al inicio. La estrategia de testeo y suplementación no se asoció con una reducción del riesgo de infección respiratoria aguda por cualquier causa ni de COVID-19 (15).
La conclusión es razonable: no hace falta indicar suplementos vitamínicos de rutina a toda la población para “pasar mejor el invierno”. Sí tiene sentido evaluar suplementación cuando hay déficit documentado, riesgo nutricional, dietas restrictivas, malabsorción, baja exposición solar, osteoporosis, embarazo, fragilidad, institucionalización, edad avanzada o condiciones clínicas específicas. En esos casos, el objetivo no es “blindarse” contra los virus, sino corregir una carencia real y mejorar salud general.
Con vitamina C y zinc ocurre algo parecido: pueden tener indicaciones puntuales, pero no reemplazan medidas preventivas probadas. Además, dosis altas de vitamina C pueden producir síntomas gastrointestinales y aumentar el riesgo de litiasis en personas predispuestas; el zinc en exceso puede causar náuseas, disgeusia, interferir con el cobre y generar efectos adversos.
Las vitaminas liposolubles, como A, D, E y K, también pueden acumularse si se consumen en dosis altas sin control.
8. Dormir bien, moverse y comer adecuadamente: siempre estrategias válidas
Dormir poco no produce por sí solo una infección, pero puede modificar la susceptibilidad y la recuperación. El sueño participa en la regulación inmune, la inflamación, la respuesta hormonal, el metabolismo y el funcionamiento cardiovascular. En invierno, cuando aumentan las infecciones respiratorias, el descanso adecuado es una medida de salud general que ayuda a sostener la resiliencia del organismo.
Para adultos, una recomendación razonable es intentar sostener horarios regulares, evitar alcohol nocturno, reducir pantallas antes de dormir, tratar el dolor o la tos que interrumpen el sueño y consultar si hay insomnio persistente, ronquidos intensos, pausas respiratorias o somnolencia diurna.
El invierno también favorece el sedentarismo. Hace frío, oscurece antes, se camina menos y aumentan las horas sentados. Esto tiene impacto en salud cardiometabólica, estado de ánimo, sueño, dolor musculoesquelético y fragilidad, especialmente en adultos mayores. Caminar, subir escaleras, hacer ejercicios de fuerza 2 o 3 veces por semana, sostener movilidad articular, evitar estar muchas horas sentado y adaptar la actividad al clima y a las comorbilidades puede ser suficiente para mantener función.
La alimentación también importa. No hay un alimento mágico contra la gripe.
Pero una dieta con proteínas suficientes, frutas, verduras, legumbres, lácteos o alternativas fortificadas, cereales integrales, frutos secos y adecuada hidratación ayuda a sostener masa muscular, micronutrientes y recuperación. En adultos mayores, el invierno puede asociarse con menor ingesta, menos sed, más aislamiento y pérdida de peso no intencional.
9. Monóxido de carbono: el otro riesgo del invierno
El invierno no solo aumenta las infecciones respiratorias. También aumenta el riesgo de intoxicación por monóxido de carbono, un gas incoloro, inodoro, no irritante y potencialmente mortal. Es especialmente peligroso porque no avisa: no se ve, no se huele y puede producir síntomas inespecíficos que se confunden con cuadros virales.
El monóxido de carbono se produce por combustión incompleta de gas, leña, carbón, nafta, kerosene u otros combustibles. Puede originarse en calefones, estufas, hornallas, braseros, hogares, salamandras, grupos electrógenos, motores encendidos en espacios cerrados o artefactos mal instalados, mal ventilados o sin mantenimiento.
El monóxido de carbono se acumula en habitaciones mal ventiladas y, una vez inhalado, se combina con la sangre y disminuye el nivel de oxígeno en la hemoglobina y los tejidos.
Algunos indicios ambientales pueden hacer sospechar su presencia, como la coloración amarilla o anaranjada de la llama de hornallas o estufas, manchas de hollín, tiznado o decoloración de artefactos y conductos de evacuación (16).
En Argentina, la intoxicación por monóxido de carbono causa alrededor de 200 muertes por año y afecta a decenas de miles de personas, con cifras frecuentemente citadas cercanas a 40.000 intoxicaciones anuales, aunque existe subregistro por la inespecificidad clínica y por la falta de confirmación diagnóstica en muchos episodios (17).
El cuadro clínico puede empezar con cefalea, mareos, náuseas, vómitos, debilidad, somnolencia, visión borrosa o confusión.
En exposiciones más graves puede causar síncope, convulsiones, coma, arritmias, isquemia miocárdica y muerte. Una pista importante es la presencia de síntomas similares en varias personas que comparten el mismo ambiente, o síntomas que mejoran al salir del lugar.
Desde el punto de vista fisiopatológico, el monóxido de carbono se une a la hemoglobina con una afinidad mucho mayor que el oxígeno, formando carboxihemoglobina y reduciendo la entrega de oxígeno a los tejidos. Por eso puede producir hipoxia tisular aun cuando la presión parcial de oxígeno no parezca inicialmente tan alterada. Además, la oximetría de pulso convencional puede ser engañosa, porque no distingue adecuadamente oxihemoglobina de carboxihemoglobina.
Se recomienda controlar periódicamente los artefactos con gasistas matriculados, mantener ventilados los ambientes, verificar que la llama sea azul, no usar hornallas ni hornos para calefaccionar, no instalar calefones en baños o espacios cerrados, no dormir con braseros o estufas a querosén encendidas, y no obstruir rejillas ni conductos de ventilación (16,18).
Ante sospecha de intoxicación, la conducta inicial es retirar a la persona del ambiente, ventilar, apagar la fuente si es seguro hacerlo, llamar a emergencias y administrar oxígeno lo antes posible.
La medición de carboxihemoglobina ayuda al diagnóstico, pero no debe demorar el tratamiento si la sospecha es alta.
10. Consultar rápido ante señales de alarma
No todo cuadro respiratorio de invierno es un resfrío. La consulta médica es especialmente importante cuando aparecen dificultad para respirar, dolor torácico, confusión, somnolencia marcada, fiebre persistente, saturación baja, labios azulados, deshidratación, empeoramiento brusco después de una aparente mejoría, caída del estado general o descompensación de una enfermedad crónica.
En lactantes, adultos mayores, embarazadas, inmunocomprometidos y personas con enfermedad cardiopulmonar, el umbral de consulta debe ser más bajo. También conviene consultar si hay fiebre alta sostenida, tos con deterioro progresivo, dolor pleurítico, expectoración purulenta persistente, síncope, hipotensión, mala tolerancia oral o signos de sepsis.
También hay que consultar de inmediato si se sospecha intoxicación por monóxido de carbono. Cefalea intensa, mareos, náuseas, somnolencia, confusión, desmayo o síntomas similares en varias personas de una misma casa deben activar la salida urgente del ambiente y el llamado a emergencias.
En invierno, la evaluación temprana puede cambiar el pronóstico: permite identificar neumonía, hipoxemia, exacerbación de enfermedad pulmonar obstructiva crónica, insuficiencia cardíaca, sepsis, influenza con riesgo de complicaciones, COVID-19 grave, infección respiratoria en inmunocomprometidos o intoxicación por monóxido de carbono.
Las conclusiones: ¿qué nos deja la evidencia?
Los cuidados del invierno no deberían presentarse como una lista de prohibiciones ni como una colección de recetas caseras. La evidencia apunta a una estrategia más simple: reducir la exposición a virus respiratorios, disminuir la concentración de partículas infecciosas en ambientes cerrados, proteger a los grupos vulnerables, sostener la vacunación y consultar a tiempo cuando el cuadro se sale de lo esperable.
La vacunación sigue siendo la herramienta con mayor impacto para prevenir enfermedad grave por influenza y otras infecciones respiratorias inmunoprevenibles.
La ventilación y el aire limpio ganaron un lugar central después de la pandemia, pero su utilidad va más allá del SARS-CoV-2.
El lavado de manos conserva valor, aunque no alcanza si se ignora la transmisión aérea.
El barbijo, usado con criterio, es una herramienta útil en contextos de riesgo. Quedarse en casa cuando hay síntomas es una medida de cuidado individual y comunitario.
El otro mensaje importante es evitar falsas seguridades. Ningún suplemento reemplaza a las vacunas, la ventilación o el aislamiento cuando hay síntomas. La vitamina D puede estar indicada si hay déficit o riesgo de déficit, pero la evidencia no sostiene su uso indiscriminado como escudo universal contra infecciones respiratorias. Lo mismo vale para multivitamínicos, vitamina C o zinc: pueden tener indicaciones puntuales, pero no deben ocupar el lugar de las medidas probadas.
Finalmente, el invierno también exige mirar más allá de los virus. El monóxido de carbono sigue siendo un riesgo prevenible, silencioso y potencialmente fatal. Revisar artefactos, mantener ventilaciones, no usar braseros ni hornallas para calefaccionar y reconocer síntomas compatibles puede salvar vidas.
Para los equipos de salud, el invierno es una oportunidad de prevención: revisar vacunas, identificar pacientes vulnerables, explicar señales de alarma, desalentar intervenciones sin evidencia, reforzar medidas simples y recordar que algunas de las decisiones más importantes ocurren antes de que el paciente llegue a la guardia.
Referencias
- https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/influenza-(seasonal)
- https://www.paho.org/es/vacuna-contra-influenza
- https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1198743X25004744
- https://www.argentina.gob.ar/salud/vacunas/antigripal
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